La violencia doméstica en la Edad Media y Moderna

Violencia domestica Edad Media

En este escrito citaré algunos artículos académicos que no se encuentran disponibles gratuitamente en internet. Cada cita contendrá el nombre del autor y la página, pero la entrada bibliográfica completa aparecerá al final del documento. Aquellos trabajos que se encuentran disponibles de forma gratuita en internet serán citados con el número de la página poco después de señalar el hipervínculo, si estuvieran divididos en páginas. De lo contrario sólo realizaré la cita mediante el hipervínculo.

En anteriores entradas hemos visto que la violencia doméstica, término que utilizaré a partir de ahora para hablar realmente de la violencia marital, no era algo normal y aceptado en el pasado, desde la época romana hasta el siglo XIX. Sin embargo, no hemos desarrollado el vacío existente entre estos dos períodos: la Edad Media y Moderna. El presente texto tratará las distintas estrategias empleadas para abordar este problema durante dichas épocas.

La llamada “música dura”, conocida como charivari en Francia, skimmington en Inglaterra, cencerrada en España y bajo otros nombres en diversos países de Europa, era una intervención de la comunidad para condenar los actos de quienes transgredían las normas sociales de la misma. Esto incluía a personas que se casaban al poco tiempo de enviudar, matrimonios con una gran disparidad de edad, seductores de mujeres jóvenes (especialmente casados), adúlteros, esposas que maltrataban a sus maridos, maridos que maltrataban a sus esposas, crueldad hacia los niños, etc. (p.11).

Generalmente la cencerrada (utilizaré esta palabra a partir de ahora para referirme a las variantes de la “música dura” en todos los países, no sólo en España) consistía en un despliegue difamatorio que intimidaba y humillaba a sus víctimas para que no repitieran dicho comportamiento o, en casos extremos, abandonaran la localidad. Además del ruido provocado por instrumentos domésticos, se quemaban efigies que representaban a las víctimas, se interpretaban sus transgresiones con personas disfrazadas e incluso se les llegaba a castigar paseándolos en un burro, arrojándolos a un lago, etc. Después de la humillación muchas personas de la comunidad se negarían a hacer negocios con las víctimas, prestarles sus servicios e incluso darles trabajo (p. 9).

Esta tradición puede rastrearse desde al menos la Baja Edad Media en Francia hasta el siglo XIX en Europa y América. Fue entonces cuando las cencerradas inglesas dieron un giro para centrarse mayoritariamente en maridos que maltrataban a sus mujeres (p. 12). ¿Por qué? El folclorista E. P. Thompson lo achaca al debilitamiento o ausencia de mecanismos de defensa habituales en la Edad Media y Moderna que habrían desaparecido para entonces, dejando a las cencerradas como una de las pocas soluciones disponibles:

Repito mi anterior advertencia: el incremento de las cencerradas contra los maltratadores podría interpretarse como un incremento de la brutalidad con el que algunas mujeres estaban siendo tratadas, o como su pérdida de [mecanismos de] defensa “tradicionales” en esta situación. Ni siquiera está claro que la “autoridad patriarcal” en las tradiciones antiguas incluyera la aprobación para que los maridos vapulearan a sus mujeres como si nada, puesto que en un código de honor y vergüenza masculino, las mujeres podrían protegerse de esta violencia por la noción de que dichas agresiones “no eran [propias] de hombres”. En las sociedades más tradicionales, la defensa de la mujer maltratada era responsabilidad de sus parientes masculinos, y en primer lugar de sus hermanos. Esta defensa podría ser complementada con la intervención del sacerdote (p. 15).

Thompson explica cómo la movilidad geográfica del siglo XIX podría haber alejado a muchas mujeres de la protección de sus parientes, y cómo el clero inglés no tenía un papel confesional ni pastoral. También afirma que la ley no ofrecía demasiada ayuda en estas situaciones (si bien en 1882 se establece la ley antimaltratadores  o Wife Beaters Act). Esta combinación llevaría a que la comunidad se convirtiera en la última línea de defensa y en consecuencia se multiplicaran las cencerradas para frenar el maltrato.

¿Qué hay de cierto en la hipótesis de Thompson sobre las defensas “tradicionales” de la Edad Media y la Edad Moderna? A continuación expondré los distintos factores que influían en el tratamiento de la violencia marital en Inglaterra durante estos períodos: el honor masculino, la familia, el clero, la comunidad y la ley. Me centro en este país porque cuento con más documentación sobre él, pero también haré referencia a otros.

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La violencia doméstica en la época romana

Actualizado 19/04/14

La Historia de la violencia doméstica, y particularmente la marital, constituye un tema altamente politizado. Tanto, que incluso en el ámbito universitario se tienden a ignorar datos que desafían la narrativa establecida. Según ésta, se trataba de una práctica normalizada que no trascendía el ámbito privado, hasta que el feminismo arrojó luz sobre ella a partir de los años 70 del siglo XX.

Un ejemplo de esta premisa podemos encontrarlo en el artículo de Anna Clark “Domestic Violence, Past and Present”, publicado en 2011 por el Journal of Women’s History, propiedad de la universidad John Hopkins, Estados Unidos. El texto comienza así:

Antes de los [años ] 70, jueces y policía todavía percibían la violencia contra la esposa como una transgresión trivial. La policía le diría a los maridos que se calmaran y a las mujeres que dejaran de molestarlos, y los casos rara vez llegaban a los tribunales.

En una entrada anterior demostramos que esta premisa es absolutamente falsa, al menos en el caso de Estados Unidos, que es justamente donde se publica esta revista. Por tanto, la universidad también es culpable de perpetuar falsas narrativas que ignoran los hechos ya sea por desconocimiento o por motivaciones políticas. Esto me lleva a preguntarme si la historia de la violencia doméstica en otras épocas o lugares ha sufrido también del prejuicio que encontramos en esta narrativa.

Por fortuna no toda la academia se comporta de esta manera, aunque los trabajos que exponen tesis diferentes, por alguna razón, no suelen tener mucha visibilidad. En esta entrada utilizaré algunos de ellos para tratar la violencia doméstica durante la época romana.

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Ataques con ácido en Colombia: las víctimas olvidadas

Recientemente el gobierno colombiano ha dado la voz de alarma sobre el aumento de ataques con ácido a mujeres. El propio presidente Juan Manuel Santos escribió lo siguiente en su cuenta de Twitter (la negrita es mía):

Hemos elevado a $75 millones recompensa a quien denuncie a responsables de ataques con ácido a mujeres. No más violencia contra la mujer.

Podría haber ofrecido dicha recompensa para cualquier ataque con ácido, y haber terminado con un simple “no más violencia”, pero no lo hizo.

Del mismo modo, la prensa nacional e internacional reaccionaron arrojando titulares en los que también se referían al fenómeno como un problema exclusivamente femenino:

  • “Mujeres colombianas amenazadas por ataques de ácido”. Semana
  • “Nuevos ataques con ácido a mujeres” El Economista Colombia
  • “Se multiplican los ataques con ácido a mujeres”. Diario de las Américas
  • “Indignación por constantes ataques con ácido a mujeres en Colombia”. ElDeber.com
  • “Colombia: se enciende la alarma por ataques con ácido a mujeres”. LaRepública
  • “Preocupantes ataques con ácido a mujeres en Colombia”. MDZ Online
  • “Gobierno colombiano analiza controlar venta de ácidos por ataques a mujeres”. El Nacional

Diario el espectador

Y como era de esperar, este tipo de agresiones han sido consideradas parte de la violencia machista:

  • “Ataques con ácido a mujeres, un exceso de la violencia machista”. El Telégrafo
  • “Las víctimas del ácido en el país de machitos.” El hilo de Ariadna

Aunque por supuesto titulares neutrales tampoco evitan que el asunto se trate desde una perspectiva completamente ginocéntrica, como ocurre en la mayoría de los artículos incluyendo éste de El País, donde si la palabra “hombre” aparece, es sólo para hacer referencia al agresor.

Todo esto resulta llamativo porque de los 926 casos de ataques con ácido registrados en el país durante los últimos diez años, entre las víctimas hay 471 mujeres y 455 varones. Es decir, los hombres constituyen el 49% de los agredidos, pero apenas han recibido atención mediática o política.

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