Batidas militares en Colombia: un problema de género

Batidas militares

Imagina que un día te encuentras en la calle esperando el autobús. De repente, un grupo de hombres armados te detiene y te hace subir a un camión, para llevarte a un destino donde podrá retenerte desde días hasta años. Todo nos lleva a pensar que se trataría de un secuestro o, como mínimo, una detención ilegal propia de algún régimen totalitario. Sin embargo, si eres hombre y vives en Colombia, esto puede ser perfectamente legal. Hablamos del fenómeno conocido como “batidas militares”.

El diario La Opinión describió así una de ellas:

Carlos salió a la tienda a las siete de la noche a comprar una gaseosa. Varios minutos después, en vista de que no volvía, su familia se comenzó a preocupar y su hermano recibió una llamada. Era Carlos, que lo llamaba desde un camión en el que lo habían subido en contra de su voluntad.

“Logró conseguir un minuto con otro muchacho que agarraron y me llamó. Yo salí corriendo detrás del camión hasta que lo alcancé, pararon y con las rechiflas e insultos de los vecinos, logramos que lo bajaran del camión”, cuenta Fabio, su hermano.

El relato se asemeja al de un secuestro, en el que, al salir de su casa a la tienda, cualquiera puede ser raptado. Pero no lo es, es una historia que se repite frecuentemente en el país, en Cúcuta, la historia de las llamadas ‘batidas’ que realiza el ejército para incorporar nuevos soldados a sus filas, o para definir su situación militar.

Todo varón colombiano mayor de edad debe definir su situación militar. En caso contrario será considerado “remiso” y puede ser incorporado a filas forzosamente tras una de estas batidas. Mientras tanto, no podrá obtener su tarjeta militar, necesaria para cursar estudios superiores, ejercer cargos públicos u obtener empleo. En el siguiente vídeo, creado por el gobierno para ofrecer una oportunidad de regularización a remisos mayores de 25 años, se explican todos estos detalles.

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Llegamos a las 100.000 visitas

Quizá 100.000 visitas en algo más de año y medio no sean muchas para internet, pero se trata de todo un hito para un modesto blog como éste, del que reconozco no tenía muchas expectativas cuando comencé.

Si todo va bien, para enero abriré una página de Facebook. Mi único temor es que no sé cómo voy a moderar los comentarios allí con el poco tiempo que tengo.

En fin, muchas gracias a todos por visitar y especialmente a quienes comentan en esta página. Sin ustedes la bitácora no sería ni la mitad de lo que es hoy.

Lo que la falsa denuncia de Málaga nos revela sobre el pensamiento feminista

En las últimas semanas se formó un gran revuelo por la puesta en libertad de cinco varones, dos de ellos menores de edad, acusados de violación. Pese a que tanto la juez, como el fiscal e incluso el abogado defensor decidieron cerrar el caso tras el visionado de un video sobre el evento y las declaraciones de cinco testigos, en los círculos feministas hubo un clamor generalizado. Aunque no existieron pruebas para condenar a estos hombres (y de hecho las había para declarar su inocencia), elucubraron múltiples escenarios a fin de justificar que fueran a la cárcel. La única situación que no podían imaginar es que fueran inocentes y la mujer hubiera denunciado falsamente. Ahora ella misma ha declarado que se lo inventó para evitar la difusión del video, y por tanto los acusados no la violaron.

Lo que pocos feministas entendieron en su momento es que no se trataba de lo que ellos piensen que ocurrió. En un Estado de Derecho lo que importa es lo que se puede probar que ocurrió. Porque si nos basamos en emociones y prejuicios (como que una mujer nunca denuncia falsamente) se puede terminar enviando a personas inocentes a la cárcel, como habría ocurrido aquí si el feminismo se hubiera salido con la suya.

En su momento decidí no entrar en este caso, pero publiqué un artículo sobre la Caza de Brujas (y brujos) en la Edad Moderna que ilustraba con datos bastante claros la existencia histórica de un gran número de denuncias falsas en las relaciones interpersonales, a fin de probar que no se trataba de un mito, sino de una realidad con antecedentes fáciles de rastrear. Ahora que el asunto parece finalmente aclarado con la confesión de la denunciante, creo que es un buen momento para mirar atrás y constatar la irresponsabilidad de los medios que pidieron sangre inocente para que la realidad se ajustara a sus dogmas ideológicos.

Comencemos con el que para mí fue el caso más sangrante: el artículo de Lidia Falcón publicado en el diario Público y titulado “Todas hemos sido violadas”. Quizá ahora podríamos crear el titular alternativo “Todos hemos sido falsamente denunciados”. Veamos:

En Málaga, su patria y la de todas las españolas, una muchacha de veinte años ha sido violada una madrugada por cinco hombres, y la jueza, María Luisa Cienfuegos,  que instruye el caso, lo ha archivado por no encontrar pruebas del delito- ¿y por qué me empeñaría yo tanto en que las mujeres pudieran acceder a la carrera judicial?

Ya ven, para Lidia Falcón no hay una “supuesta violación”. Pese a lo que dijera la justicia, la chica había sido violada. Y punto. Los hombres son malos y las mujeres buenas, por lo que si el caso ha sido archivado ha de ser por negligencia o machismo. También resulta curioso que ella se lamenta ahora de haber luchado para que las mujeres fueran juezas. Si no van a impartir “justicia feminista” o lo que a ella le parezca, mejor estarían haciendo otra cosa. Porque la igualdad de oportunidades no era un fin, sino un medio.

En el resto del artículo Falcón utiliza todos los subterfugios posibles para provocar una respuesta emocional en el lector. No voy a desgranarlo punto por punto porque quiero recoger otros artículos de opinión, pero veamos más perlas que nos dejó:

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Los hombres violados en el conflicto colombiano

Buscando información sobre un futuro artículo acerca de las batidas militares, encontré este fantástico (y reciente) reportaje sobre Colombia titulado “El drama de los hombres violados en la guerra“, escrito por Tatiana Escárraga y publicado en El Tiempo. A continuación citaré un extracto:

“Creo que era martes como a las seis de la tarde. Yo tenía 46 años. Fue el 2 de febrero del 2006, eso no se me olvidará. En la escuela había como una granjita, y yo les dije que sí, que pasaran y cogieran las mandarinas. Se sentaron un rato y ahí fue cuando me puse nervioso (…).

Yo le dije que me respetara, que como así, que era un docente con esposa y con hijos, el profesor del pueblo. Que merecía respeto. Me asusté y me puse a llorar. Me dijeron ‘nenita, no llore’, y el más grande me empujó. El tipo me bajó los pantalones y me puso el arma en la cabeza. Grité pero por ahí no hay nada cerca, y ni me salía la voz. Cuando terminó, entró el otro. Me dijeron que cuidado avisaba a alguien, que no hiciera ningún comentario. Sangré mucho, lloré toda la noche, tirado ahí en la cama, solo. Al día siguiente tuve que hacer como si nada y recibir a los niños. A los ocho días me llené de llagas, no aguantaba el dolor, el ano se me inflamó; desesperado le pedí ayuda a una vecina, le dije que me acompañara al médico, que me había bañado con agua sucia.

“El médico que me revisó me preguntó si me habían violado. Yo le dije que no; me daba vergüenza. Le dije que había sido el agua sucia de la vereda. Seguí dos años más en la escuela, pero a esos hombres no los volví a ver. Quizás los mataron porque siempre había enfrentamientos con el ejército. A veces también pasaban por ahí tipos encapuchados. Una vez me puse muy mal y creí que estaba contagiado de sida.

Le conté a una de mis hijas; mi mujer se enteró y ya no me miró igual. Al cabo de un tiempo nos separamos porque ella me rechazó. Veinte años de casados se acabaron por culpa de lo que me sucedió. Imagínese que me acusó de haberlo provocado. ¡Cómo se le ocurre! Aunque sí dudé. ¿Será que ellos creyeron que era homosexual? Yo le dije a mi mujer que si hubiera sido gay no me habría casado con ella ni habríamos tenido hijos. Pobrecita, en el fondo la entiendo; ella no tiene estudios, estas cosas no las comprende. Por eso fue que nunca me apoyó.

“No sé cómo no me he vuelto loco con lo que me pasó. Me la paso tomando pastillas para dormir y para controlar los episodios de angustia. A veces pienso que hubiera sido mejor que me mataran, porque vivir con este trauma es muy duro. Esto no se me olvida. Me sentía chiquitico, con la autoestima destrozada. Vivía aterrado, no podía hablar delante de otros profesores ni de los padres de familia, pensaba que se me iba a notar, que se iban a dar cuenta de que dos tipos me violaron. Qué vergüenza que se enteraran. Ahora estoy mejor, aunque todavía me da miedo que alguien lo sepa, me da miedo que la gente vaya a pensar que soy homosexual, porque no lo soy.

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