El poder femenino en la Guerra de los Cristeros: lecciones para el presente

En el pasado hemos publicado artículos sobre el papel femenino en las guerras, y particularmente el empleo de las expectativas creadas por los roles de género para avergonzar a los hombres y empujarlos a combatir. Esta vez trataremos un ejemplo más: el de la Guerra de los Cristeros, también conocida como “La Cristiada” o Guerra Cristera, ocurrida en México durante los años 1926-1929.

Las llamadas “cristeras” no instigaron a sus hombres al combate por temor a la llegada de un ejército invasor, sino como respuesta a las medidas anticlericales del gobierno de Plutarco Elías Calles.

El escritor Juan Rulfo, cuya familia perdió todo en la guerra, afirmó (minuto 7:42):

Esta rebelión tiene un origen más bien matriarcal. El fenómeno curioso fue que las mujeres fueron quienes hicieron la Revolución Cristera. Porque el decirle a un hermano, a un esposo o a un hijo “no eres hombre si no te vas pelear por Dios, por la causa de Dios”, pues era una ofensa muy grande, ¿no? Entonces se levantaron todos en armas.

El historiador Jean Meyer, uno de los mayores expertos en el tema, confirma el testimonio de Rulfo en su obra La Cristiada. Los Cristeros cuando escribe que:

Ellas eran las que obligaban a los hombres a cargar con sus responsabilidades, avergonzándolos. En efecto, por encima de las apariencias es el sistema matriarcal el que reina en todo el “Bajío Real”, en Jalisco, Zacatecas y Michoacán. En esta tierra de “machos” el hombre casado sigue obedeciendo a su madre y no toca los bienes de su mujer; ¿no será el “machismo” la expresión de este complejo maternal, destinado a contrapesar este estado de infancia eterna?

Existe obediencia efectiva del hombre y no sólo respeto exterior. La peor ofensa es decir a uno que no es un hombre o, lo que es lo mismo, mandarlo a chingar a su madre. Ahora bien, en 1926 la mujer le dice a un hombre que no es un hombre desde el momento que acepta tal atrocidad. La hermana le dice a su hermano de 15 años que no vale lo que “los defensores de la Causa de Dios” y así, no pocos pueblos quedaron prácticamente sin hombres, en tanto que las mujeres trabajaban la tierra para alimentar a los combatientes o los seguían a la montaña. Esta mezcla de fe y de altivez en los dos sexos fue uno de los factores de la explosión (p. 26).

Un ejemplo de cómo las mujeres incitaron a los Cristeros fue esta frase: “Todos los hombres a tomar Atotonilco y sólo las mujeres se quedarán en casa”, que negaba efectivamente la hombría de todos aquellos que no se hubieran lanzado al combate.

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La Organización Mundial de Salud y los hombres: cuando el prejuicio se convierte en política

Hace unos días la revista Mujer Hoy  entrevistó a María Neira, directora del Departamento de Salud Pública y Medio Ambiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), institución dependiente de Naciones Unidas. El siguiente intercambio fue especialmente revelador:

Dicen que las mujeres son el motor del cambio en el Tercer Mundo. ¿Hasta qué punto es así? 

Si me lo preguntas es porque quedan dudas, y no debería quedar ninguna, porque el empoderamiento de las mujeres es una de las medidas más rentables en materia de desarrollo. Si das dinero a una mujer del Tercer Mundo, el 90% irá a la familia, a zapatos para los niños, a comprar semillas para asegurar la cosecha del año siguiente, al bienestar del grupo en general.

Y no pasa lo mismo con los hombres… 

Pues no. Lo vemos en el África subsahariana. Las familias las sustentan las mujeres. Hay un hombre que anda por ahí, pero que aporta muy poco al bienestar familiar.

¿Y cómo podemos ayudar a esas mujeres desde aquí? 

Sin autocomplacencia y con realismo. Sabiendo que lo que quieren es parecerse a las de aquí, tener los mismos derechos, agua corriente, gas, colegio para sus hijos e hijas. Hay muchas ideas falsas respecto de las mujeres del Tercer Mundo. Cuando las conoces a fondo, te das cuenta de que soportan la mutilación sexual por pura supervivencia. Las sacas del contexto de vigilancia masculina y, en pocos meses, te dicen que ya no quieren mutilar a sus hijas ni casarlas antes de tiempo.

La idea de que la ayuda a los países del Tercer Mundo ha de ser dirigida a las mujeres, y administrada por las mismas, no es nueva. Sin embargo, como ya demostramos en este espacio, parte más de premisas ideológicas que de resultados reales. Porcentajes como el ofrecido por Neira cuando afirma “Si das dinero a una mujer del Tercer Mundo, el 90% irá a la familia, a zapatos para los niños, a comprar semillas para asegurar la cosecha del año siguiente, al bienestar del grupo en general” no pueden rastrearse a ninguna fuente, pero se repiten como arma de propaganda para justificar sus políticas. Una declaración tan sexista como decir que si le das dinero a un hombre estará bien empleado porque se identifica como proveedor, mientras que las mujeres se lo gastarán en bolsos, zapatos y cosméticos.

Algo parecido ocurre con su otra afirmación “las familias [en el África Subsahariana] las sustentan las mujeres. Hay un hombre que anda por ahí, pero que aporta muy poco al bienestar familiar ”. Esto es, cuanto menos, una verdad a medias. En muchos de estos países las mujeres se especializan en la agricultura de consumo interno o subsistencia (con la que principalmente se alimenta a la familia)  mientras que los hombres se centran en cultivos comerciales más rentables (lo que llaman en inglés “cash crops”) para cubrir el resto de necesidades: ropa, medicina, etc. Y esto no significa que los hombres estén completamente ausentes en el primer tipo de agricultura, pues tienden a ser los que preparan el suelo y aran la tierra que trabajarán las mujeres, quienes a su vez tendrán un papel predominante en el sembrado, cuidado, cosecha y preparación de la comida. También es frecuente que el hombre no esté presente porque ha migrado para trabajar como temporero o a centros urbanos (p. 1). Pero como siempre, es más fácil torcer una realidad social para vilificar al hombre.

Como ya escribí un extenso y detallado artículo al respecto, no voy a volver a repetir lo dicho, pero basta señalar que esta discriminación de género en las ayudas ha tenido efectos perniciosos en las comunidades donde se implementaron porque no se basaban en quién podía gestionarlas mejor, sino que se distribuían según quién fuera del “sexo bueno” o “sexo malo” (léase mujeres y hombres, en ese orden), ignorando la variabilidad individual. Ante la gran crisis de Andrah Pradesh, por ejemplo, las empresas microfinancieras tuvieron que cambiar su modelo ideológico de sólo prestar a mujeres y dárselo a quien fuera capaz de administrarlo mejor, creando una paridad sexual entre los clientes. Esto debería haber sido de sentido común, pero discursos como los de María Neira perpetúan la idea de que los hombres han de ser discriminados, y facilita que los prejuicios se conviertan en política, con nefastas consecuencias para los pobres, que sirven como ratas de laboratorio para probar sus experimentos sociales.

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Hombres y sentimientos: la verdadera historia

Una de las afirmaciones más sorprendentes que he leído en los últimos tiempos ha sido que el momento histórico actual es responsable de que “por fin los hombres puedan expresar sus sentimientos”. Sorprendente, digo, porque con solo hurgar un poco en la Historia podemos sacar la conclusión opuesta: que es hoy cuando más inhibiciones tenemos para hacerlo, y aun así no son tantas como nos quieren hacer creer. De hecho, la historia del arte y la literatura universal se basan en una sucesión de hombres (y en menor medida, mujeres) expresando sus emociones.

La presente entrada desterrará el mito del hombre que reprime sus sentimientos abordando tres áreas: las lágrimas masculinas, la amistad entre hombres y la expresión del amor.

Las lágrimas masculinas

Pese a que muchos de nosotros hemos oído más de una vez eso de “los hombres no lloran”, lo cierto es que en el pasado era aceptable para un hombre llorar. Quizá no por cualquier cosa, pero sí en un abanico de situaciones mucho más amplio del que existe en la actualidad.

Si echamos un vistazo a obras de la antigüedad clásica, como la Odisea y la Iliada, nos encontramos que sus personajes lloran con inusitada frecuencia. En la obra Tears in the Graeco-Roman World (Lágrimas en el mundo grecorromano) Sabine Föllinger identifica varias ocasiones en las que era aceptable llorar, por ejemplo (p. 17-36):

  • Furia. Aquiles llora cuando Agamenón se lleva a Briseida. Y va a llorarle nada menos que a su madre.
  • Desesperanza. Cuando Agamenón llora a Zeus pidiendo ayuda, quien por cierto se apiada de él.
  • Angustia. Cuando Aquiles llora por la muerte de Patroclo. O cuando Menelao piensa que ha perdido a su hermano.
  • Miedo. Los griegos lloran por miedo a los troyanos. Por miedo a la batalla.
  • Gozo. Cuando Odiseo se encuentra con su hijo, o su padre Laertes después del largo viaje.
  • Anhelo. Cuando Odiseo piensa en su esposa Penélope, o Telémaco en su padre.
  • Derrota en un evento deportivo (¡igual que ahora!). Cuando Diómedes es derrotado en una carrera.

Por supuesto había ocasiones donde no se consideraba apropiado llorar, al menos en público. Odiseo (Ulises), que pasa buena parte de la Odisea llorando, llegó a cubrirse para que no lo vieran los feacios cuando la canción de Demódoco le hizo llorar, y parece que más por decoro que otra cosa. Cuando la canción paró, pudo calmarse y secarse las lágrimas, pero cuando Demódoco volvió a tocarla, Odiseo lloró nuevamente, y esta vez sí fue descubierto por el rey de los feacios, Alcínoo. Este último no pensó nada al respecto y le ayudó en su viaje, pese a las amenazas de Poseidón.

Odiseo, que se pone a llorar por una canción, y se pasa la mayor parte de sus aventuras llorando por otros motivos, no es ni mucho menos descrito como afeminado o débil, pues estamos hablando de un hombre capaz de enfrentarse a un cíclope y ganar la Guerra de Troya. Las lágrimas no estaban reñidas con la masculinidad, al menos no como lo están hoy día.

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