¿Quién conquistó el voto femenino?

A lo largo de los años muchos de nosotros hemos escuchado que el feminismo, y concretamente la “primera ola”, conquistó el voto femenino. De hecho ésta es una de las razones para otorgar legitimidad y respetabilidad a dicha ideología. Sin el feminismo, se nos dice, las mujeres no podrían votar. Pero ¿hasta qué punto es eso cierto? ¿Fue el feminismo quien efectivamente conquistó el derecho al voto femenino?

Este artículo explicará que la identificación de feminismo con sufragismo es una creación posterior que no se corresponde con la realidad histórica, y que las feministas constituían una minoría dentro del movimiento sufragista.

En su obra The grounding of modern feminismo (los cimientos del feminismo moderno), Nancy F. Cott explica que la referencia al movimiento sufragista como “primera ola” tiende a enturbiar la realidad y diversidad de los movimientos femeninos surgidos a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Mientras que el sufragismo había nacido en Estados Unidos en 1848 con la Convención de Seneca Falls, el uso periodístico del término “feminismo” apareció por primera vez en 1906 y existía una cierta confusión sobre su significado, siendo asociado con movimientos considerados radicales como el socialismo, el anarquismo o el comunismo (p. 14-15).

En la publicación neoyorkina American Suffragette apareció un artículo de 1909 titulado “Sufragismo, no feminismo” que decía (p. 15):

El derecho a voto no se basa en contrastes entre los sexos ni en la animadversión de un sexo contra el otro, ni nos refugiamos en teorías perversas” Allí se describía a los feministas como “hombres y mujeres que (…) desean imponer atributos de la mujer en el hombre”. Aseguraba al lector que las sufragistas, por el contrario “no [deseaban] animadversión entre los sexos, sino cooperación voluntaria en un área común: el bienestar de la sociedad.

Cott cita también a una feminista americana de la época diciendo:

“Todas las feministas son sufragistas, pero no todas las sufragistas son feministas.” Para las feministas el voto era una herramienta con el que lograr un fin: “una completa revolución social”.

El término se popularizó a partir de 1913, y algunas importantes líderes como Carrie Chapman Catt adoptaron la etiqueta, pero no se extendió a la mayoría del sufragismo.

Carole Mccann y Seung-kyung Kim, autoras de Feminist Theory Reader: Local and Global Perspectives (Lecturas de teoría feminista: perspectivas globales y locales), añaden que muchos historiadores se preguntan por qué el feminismo “murió” con la decimonovena enmienda. Su respuesta es que no pudo morir porque ni siquiera había nacido, al menos como un movimiento a gran escala en el que se había convertido el sufragismo. Lo que murió fue este último, al haber conseguido sus metas (p. 50):

Una importante faceta de la visión del feminismo de aquella época –que hombres y mujeres eran similares en modos fundamentales y que partiendo de dicha base deberían ser tratados como iguales– era la postura de sólo un pequeño número de mujeres, la mayoría con empleos profesionales o neutrales en términos de género (…). El relativo aislamiento de este tipo de postura feminista permaneció así hasta inicios de los años 60.

Marlene LeGates indica que Canadá albergó un escenario similar al de Estados Unidos en In Their Time: A History of Feminism in Western Society (En su momento: una historia del Feminismo en la sociedad occidental, p. 243):

El ejemplo del movimiento sufragista en Canadá se ha utilizado para afirmar que las sufragistas no eran necesariamente feministas. La historiadora Carol Bacchi ha analizado la “captura” del movimiento a inicios del siglo XX por parte de reformadores blancos y de clase media, particularmente trabajadores de la sobriedad [el movimiento para prohibir el alcohol]. Los reformadores esperaban recrear una comunidad pasada, anclada en la imagen nostálgica de la familia patriarcal como forma de control social. El sufragio femenino, esperaban, doblaría el voto familiar.

Como concluyen Macann y Kim (p. 50):

[Las “olas”] no son la mejor manera de entender el pasado en Estados Unidos. Los diferentes tipos de activismo sobre asuntos de género que han tomado lugar desde los inicios del siglo XIX en este país no pueden ser reducidos a un término: feminismo. Este tipo de reduccionismo ofusca la especificidad histórica del activismo de género en la Historia de Estados Unidos. Nubla las diferencias entre las ideas que motivaron a diferentes grupos de personas a perseguir distintos tipos de metas políticas en diferentes momentos históricos. Por ejemplo llamar al movimiento del Siglo XIX “la primera ola” sugiere una similitud subyacente entre las metas políticas de este movimiento con aquellas de los movimientos que comenzaron a emerger en la década de los años 60 [del Siglo XX].

Pero como Nancy Cott señaló en su innovador libro Los cimientos del feminismo moderno, ni siquiera es apropiado llamar a buena parte del activismo sobre asuntos de género en el Siglo XIX, y particularmente al movimiento sufragista del Siglo XIX, un movimiento “feminista”. Para empezar, aquellos activos en el movimiento no utilizaban el término. De hecho, muchos de los que apoyaron el sufragismo tenían metas políticas más limitadas que quienes comenzaron a utilizar la palabra feminismo a inicios del siglo XX. Muchos de quienes apoyaban el sufragio lo hicieron no sobre la base de una idea de igualdad entre hombres y mujeres, o porque pensaran que las mujeres como individuos eran similares a los hombres –ideas que serían importantes para muchos de quienes comenzaron a llamarse feministas a inicios del siglo XX– sino porque creían, por una variedad de razones, que las mujeres deberían tener el voto.

No he encontrado textos que realicen esta distinción entre sufragismo y feminismo en el Reino Unido. Sin embargo, los movimientos y personalidades de la época empleaban las palabras suffragist y suffragette (dependiendo del radicalismo atribuido a sus acciones) para referirse a sí mismas, mientras que la etiqueta “feminista” es empleada en la mayoría de los casos por autores recientes para referirse a ellos. El término “feminista”, como en Estados Unidos, también existía en aquella época, pero no parece haber sido adoptado por la mayoría de sufragistas.

En este punto alguien podría argüir que aunque las sufragistas no se etiquetaran de esta forma, sus acciones todavía podrían ser llamadas feministas, pues buscaban la igualdad entre el hombre y la mujer. Esta perspectiva, sin embargo, me resulta bastante problemática. Como ya hemos visto, el feminismo y las feministas existieron al mismo tiempo que las sufragistas, y sin embargo la mayoría de estas últimas decidieron no identificarse con ellas. Parece injusto, por tanto, asignarles a posteriori una etiqueta con la que no se identificaban e incluso rechazaban.

Perpetuar la creencia de que las palabras sufragismo y feminismo son intercambiables, o que el primero constituía una “ola” del feminismo, supone reescribir la Historia para servir al presente. El resultado es negar la pluralidad de movimientos no feministas por los derechos de la mujer, que habían conseguido pasar leyes en otras áreas como la propiedad. Al mismo tiempo, se afirma que sólo existe, y sólo ha existido, un movimiento, a quien debemos atribuir todos los méritos y con el que las mujeres tienen una deuda histórica. Deuda que se les recuerda cada vez que osan criticarlo. Y es importante señalarlo porque si la lucha por los derechos de la mujer no comenzó con el feminismo, tampoco tiene que terminar con éste.

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