El papel de las mujeres líderes en el genocidio de Ruanda

Ruanda 2

Suele afirmarse que si la mujer hubiera tenido las mismas oportunidades que el varón a lo largo de la Historia, habría alcanzado similares logros en campos como la ciencia, el arte o la literatura, entre otros. Lo que rara vez se plantea es si también habrían participado de forma similar en los mismos horrores creados por el hombre, cuya máxima expresión se encuentra en el genocidio.

Esta entrada recoge una traducción del artículo de Donna J. Maier “Mujeres líderes en el genocidio de Ruanda. Cuando las mujeres deciden matar“, realizada por Asier García, que rompe con la visión del papel pasivo con el que habitualmente se percibe a la mujer en estos terroríficos episodios.

Todo el mérito es del traductor, y cualquier fallo que encuentren es mío.

Mujeres líderes en el genocidio de Ruanda. Cuando las mujeres deciden matar

Donna J. Maier

Traducido por Asier García

Nota de la autora

Una versión anterior de este trabajo fue leída el 7 de marzo de 2012 ante la Phi Alpha Theta Society del Departamento de Historia de la Universidad del Norte de Iowa, donde la autora es Profesora en el Departamento de Historia. La investigación para el artículo fue financiada en parte por la Escuela de Postgrado de la Universidad del Norte de Iowa. Desde el año 2001 hasta el presente, la autora pasó varios semestres de permiso investigando y observando los juicios del Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR), con sede en Arusha, Tanzania, trabajando como consultora de la Oficina de la Fiscalía del TPIR y leyendo y evaluando declaraciones de testigos.


El papel de las mujeres como perpetradoras en el Genocidio de Ruanda ha sido mucho más documentado que en otros genocidios y crímenes contra la humanidad: más que en el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, que en las masacres de los Indios Mayas de Guatemala en 1982, y más aún que en las atrocidades generalizadas que acompañaron la ruptura de la antigua Yugoslavia, que prácticamente concurrieron con el Genocidio de Ruanda. No está del todo claro el por qué de que haya sido así. Testimonios de mujeres perpetradoras y víctimas fueron recolectados en el período inmediatamente posterior al Genocidio de Ruanda por varios grupos de derechos humanos, de forma más completa por la ONG African Rights de Reino Unido, que publicó sus datos al año del genocidio.[1] Más evidencia ha surgido en los juicios a genocidas en el TPIR, y en los juicios en los tribunales nacionales de Ruanda, Bélgica, y otros países. Estos juicios incluyen la evidencia de mujeres víctimas, pero también los procedimientos judiciales contra mujeres perpetradoras con altos cargos que han resultado en veredictos de culpabilidad.

La violencia de bajo nivel y los saqueos por parte de las mujeres en contra de sus vecinos, lamentablemente, quizá no sean sorprendentes, pero la participación de mujeres líderes en el genocidio de Ruanda (funcionarios de gabinete, monjas, periodistas, enfermeras y maestros) es impactante y está objetivamente bien sustentada. ¿Fueron las mujeres en Ruanda más propensas a ser culpables de violencia genocida que en otros casos de violencia masiva o sólo parece que fue así porque tenemos más evidencia? Independientemente de la respuesta, este ensayo se propone explorar la evidencia que tenemos de dirigentes femeninas perpetradoras y sus motivaciones.

Antecedentes

Aunque el genocidio de Ruanda comenzó en Kigali la noche del 6 de abril de 1994, no se extendió inmediatamente a todas las partes del país, y no llegó a la provincia de Butare, hogar de Genevieuve Mukarutesi, de 32 años, hasta dos semanas después. Genevieuve relató a los entrevistadores de derechos humanos en julio de 1995 lo que le sucedió el 22 de abril:

En esos días la situación deterioró acusadamente en nuestro sector. Los Hutu querían exterminar a los Tutsi. Mi esposo era Tutsi y teníamos cuatro hijos […]. Al igual que otras familias Tutsi, fuimos a la colina Kabuye, donde había muchos de los nuestros, unos 50,000. Al menos 40,000 perecieron en esta colina. El primer ataque fue liderado por Hutu de nuestro distrito dirigidos por una mujer Hutu embarazada que iba armada con una pistola y muchas granadas. Ella es Felicite Semakuba, una antigua gendarme […]. Durante ese ataque, yo misma vi a Mme. Semakuba con una pistola y granadas. Estaba de rodillas disparando contra la multitud de refugiados al tiempo que daba órdenes a su equipo. A menudo se levantaba para lanzar granadas.[2]

Gorette Mukandamage, otra superviviente Hutu con un esposo Tutsi, experimentó la misma escena:

Soy Hutu. Pero como me había casado con un Tutsi, seguí a mi familia a la colina Kabuye, donde eramos tantos que era difícil contar cuántos […]. La señora Semakuba vino a matar casi todos los días. Vi a la señora Semakuba con un arma y muchas granadas. Lanzó granadas como si estuviera sembrando alubias. La vi de rodillas disparando contra nosotros. La vi con mis propios ojos más de cinco veces.[3]

Hoy, en los Estados Unidos, estamos acostumbrados a ver a las mujeres participar como militares y policías y, tal vez, no nos sorprendan demasiado las acciones de Felicite Semakuba. Sin embargo, de las mujeres de la sociedad ruandesa, al igual que de las de otras sociedades tradicionales, se esperaba que fueran sumisas, subordinadas a los hombres, dóciles y arduas agricultoras y amas de casa, pero no guerreras. Sin duda, en la sociedad industrializada, también existe la noción popular de que las mujeres son menos violentas y no pertenecen al frente del combate. Pero en Ruanda las mujeres no pudieron poseer tierras, ni abrir una cuenta bancaria o iniciar un negocio sin el permiso escrito de su marido hasta la década de 1990.[4] Así, las acciones a lo largo del genocidio de mujeres como Felicite Semakuba, y las aún más escalofriantes que se presentan en este ensayo, nos llevan a reflexión, y las tensiones cognitivas que provocan en nosotros merecen investigación.

El Genocidio de Ruanda tuvo lugar desde el 6 de abril hasta mediados de julio de 1994, muy rápida y violentamente, aunque hubo casi dos años de señales de advertencia y preparativos que ahora podemos documentar. Pero en el corto e intenso periodo de la matanza, de aproximadamente 100 días, se estima que unas 800.000 personas[5], la mayoría Tutsi, fueron brutalmente asesinadas por los soldados Hutu y la policía, por la milicia paramilitar Hutu conocida como Interahamwe (que significa “aquellos que luchan/trabajan/atacan juntos”) y por matones y ciudadanos de a pie. Las víctimas casi siempre conocían a sus asesinos, ya como vecinos o como líderes de la comunidad. La matanza no se llevó a cabo como aniquilación a larga distancia a través de bombardeos o ataques de morteros, drones o, ni siquiera, AK-47. Bien al contrario, fue gráfica, grotesca y desde muy cerca. La mayoría de las muertes fueron por machete o palos con clavos conocidos como masu, utilizados para golpear a la gente hasta la muerte, o por disparos a corta distancia y granadas, utilizadas para debilitar a grandes multitudes. A los heridos de muerte se les dejaba agonizar durante días o se les arrojaba a fosas comunes para que se asfixiaran. Hombres, mujeres y niños, todos fueron objetivo. Las masacres, que con frecuencia ocurrían en iglesias y escuelas, donde los refugiados huían con la esperanza de encontrar seguridad, duraban varios días y los asesinos tenían que irse a casa a dormir y comer por la noche, a menudo cortando a las víctimas los tendones de Aquiles, para que no pudieran escapar durante la noche.[6]

El resentimiento étnico entre Hutu y Tutsi tiene raíces históricas. En el siglo XIX la realeza de Ruanda era Tutsi y la clase campesina era Hutu. Se percibían diferencias físicas entre los dos grupos también: los Tutsi se suponía que debían de ser altos, delgados, de piel más clara y con narices largas, mientras que los Hutu se suponía que debían de ser más bajos, de piel más oscura y más chatos. Los funcionarios coloniales belgas, que gobernaban a través de la realeza Tutsi, introdujeron tarjetas de identidad con el origen étnico de marcado en ellas para reforzar el control social. En 1960, en el momento de la independencia, los Hutu eran aproximadamente el 85% de la población y los Tutsi el privilegiado 14%. La gente suele votar a los de su etnia, y la mayoría Hutu lo hizo, ganando todas las elecciones por la independencia por gran diferencia. Tomaron el poder e invirtieron la estructura de gobierno imponiendo vengativamente su autoridad sobre la minoría Tutsi, expulsando a cientos de miles al exilio. Los Tutsi que se quedaron fueron sometidos a cuotas étnicas en puestos de trabajo y escuelas, y las tarjetas de identidad continuaron siendo requeridas. Miles de tarjetas mutiladas en las fosas comunes después del genocidio son un triste recordatorio de que estas se convirtieron en una sentencia de muerte para los Tutsi en 1994.

Sin embargo, la identidad en Ruanda era mucho más compleja. En la mayoría de los casos es muy difícil separar a los grupos: no es posible por la lengua, ya que todos hablan el mismo lenguaje Kinyarwanda. Tampoco por su nombre: todos los ruandeses tenían su propio nombre, recibido en el nacimiento, que no refleja el nombre de la madre o del padre ni el nombre del clan o grupo étnico. Además, los Hutu y los Tutsi a menudo se casaban entre ellos, y aunque el origen étnico era determinado por el origen étnico de los padres, la mezcla genética conllevaba que la identificación física errónea ocurriera a menudo: muchos Hutu altos fueron asesinados y algunos Tutsi bajos sobrevivieron al Genocidio.[7] El problema de los matrimonios mixtos creó elecciones horribles para las familias: una mujer Hutu teniendo que decidir entre si acompañar o no a su marido Tutsi y morir con él y sus hijos, o un marido Hutu viéndose obligado a matar a su esposa Tutsi, o consuegros traicionando a sus propios nietos.

La crisis que condujo al genocidio empezó en 1990. Como la mayoría de los países africanos, Ruanda experimentó un golpe de estado militar en la década de 1970 y en 1990 todavía era gobernada por un gobierno autócrata dominado por Hutus, encabezado por el Presidente Juvenal Habyarimana. Pero con el final de la Guerra Fría en 1989, los gobiernos africanos fueron presionados a adoptar sistemas políticos multi-partido y a liberalizar su economía. La mayoría de los gobiernos africanos, viendo que el clima internacional ya no apoyaría a regímenes no democráticos reforzados por las ayudas de la Guerra Fría, abordaron el problema y llevaron a cabo la reforma. Así, entre 1990 y 2000, 42 de los 47 países del África Subsahariana convocaron elecciones democráticas multi-partido, la mayoría por primera vez en décadas. No fue el caso de Ruanda, cuyo gobierno decidió en cambio aferrarse al poder como fuera, incluso a costa de la eliminación del 15% de su población.

Cuando se empezó a hablar de introducir la democracia multi-partido en 1990 en Rwanda, los Tutsi que vivían en el exilio desde la década de 1960 y que habían huido de las persecuciones a manos del gobierno Hutu, organizaron un movimiento político llamado el Frente Patriota de Ruanda, FPR, dirigido por Paul Kagame. Comenzaron una guerra de guerrillas en el norte de Ruanda. Sus demandas eran una parte del gobierno y el derecho de retorno para el actual millón de Tutsis exiliados. Su éxito en el campo de batalla pronto les ganó un asiento en la mesa de negociación y, en agosto de 1993, se firmó un acuerdo de paz conocido como los Acuerdos de Arusha, confirmando la distribución del poder.

Pero los miembros del ala extrema del gobierno Hutu estaban indignados por este compromiso y empezaron a alimentar un clima de odio racial y miedo con el fin de anular el proceso. Cada vez más después de 1992, las facciones del “Poder Hutu”, como se llamaba a las instituciones políticas y militares de Ruanda, se apresuraron a producir propaganda y discursos inflamatorios, llevaron a cabo asesinatos y matanzas, crearon una estación de radio de propaganda llamada RTLM apodada “la Radio del Odio”, importaron más de un millón y medio de machetes y armamento desde el extranjero, triplicaron el tamaño del ejército y armaron al ala juvenil del partido político gobernante.[8] Los líderes del Poder Hutu también amenazaron y atacaron a políticos Hutu moderados que buscaban una transición pacífica a la democracia, y acosaron y desafiaron a las fuerzas de pacificación de la ONU que se establecieron en Kigali para supervisar las próximas elecciones, que nunca ocurrieron. Como Alison Des Forges, la difunta gran defensora de los derechos humanos y documentadora del genocidio de Ruanda escribió:

Este genocidio no fue un ataque incontrolable de rabia de un pueblo consumido por ‘antiguo odio tribal’. Tampoco fue el resultado inevitable de las fuerzas impersonales de la pobreza y la sobrepoblación. Este genocidio fue el resultado de la elección deliberada de una élite moderna de fomentar el odio y el miedo para mantenerse en el poder.[9]

De 1990 a 1994, los políticos del Poder Hutu también fomentaron deliberadamente un clima de impunidad que permitió a cualquiera atacar a los Tutsi y saquear sus bienes. Peter Uvin, en el resumen de la investigación de los científicos sociales acerca de la psicología anterior al Holocausto y otros ejemplos de asesinatos en masa, identifica la autorización, rutinización y deshumanización por parte de las autoridades como fases que vencen las inhibiciones morales de la población. Señaló que en Ruanda en los años previos al genocidio “fue definido como aceptable culpar a los Tutsi como grupo por todos los males de la sociedad y usar la violencia para lidiar con este ‘problema’ […]. El racismo anti-Tutsi sirvió como estrategia de legitimación de la autoridad deliberadamente mantenida, y se mantuvo vivo en Ruanda a través de una estructura sistemática de discriminación y educación […].”[10] Como declaró un genocida de bajo rango más tarde: “existía la sensación de que podíamos hacer cualquier cosa. En mi área desde 1992 [en]…, matar a un Tutsi no era un crimen…no había castigo.”[11] Esto era cierto también en el caso de los medios de comunicación de prensa y radio. Christopher Taylor ha resumido lo que muchos investigadores del genocidio reconocen: “No existían medidas para hacer cumplir la responsabilidad periodística en la Ruanda pre-genocidio […]. En el clima político de los meses anteriores al genocidio, los periodistas partidarios del gobierno podían decir e imprimir cuanto quisieran sin temor a sanciones legales. Por el otro lado, los políticos y periodistas opositores que hablaban en contra del régimen se arriesgaban a ser asesinados. Muchos pagaron sus comentarios con la vida”.[12] El experto en el genocidio Adam Jones ha planteado que la existencia, en la década de 1980 y principios de 1990, de un gran número de desempleados y hombres sin tierra facilitó el éxito de la propaganda de odio étnico y la búsqueda de chivos expiatorios del gobierno en contra de los Tutsi, o como Uvin lacónicamente comentó “las semillas plantadas desde arriba cayeron en tierra fértil.”[13] En este ambiente de odio y de impunidad, todo lo que se necesitaba era una chispa para encender el genocidio a gran escala.

La noche del 6 de abril de 1994 saltó esa chispa. El avión privado del Presidente Habyarimana que volvía, con él en su interior, de las conversaciones en Tanzania, respecto a la aplicación de los Acuerdos de Arusha, fue derribado sobre Kigali matando al presidente y a todos los demás a bordo. En el plazo de una hora empezaron las matanzas de Tutsi y de políticos Hutu moderados por todas partes en la capital. Nadie ha averiguado quién derribó el avión, pero en un profundo y creíble informe llevado a cabo por jueces franceses, que recientemente publicaron en enero de 2012, se ha constatado, de manera definitiva, que los cohetes que derribaron el avión fueron lanzados desde una base militar controlada por guardias presidenciales del Poder Hutu.[14] Hay alguna evidencia de que se hizo porque ellos no tenían intención de seguir los Acuerdos de Paz y querían precipitar “el apocalipsis”, como el General Bagosora, un arquitecto del Poder Hutu, presuntamente lo llamó.[15] Durante los siguientes cien días, pareció, de hecho, que el apocalipsis había llegado a Ruanda.

Al final, fue el FPR [Frente Patriótico Ruandés, de etnia tutsi] el que detuvo la matanza. Ocupando ya un área del norte de Ruanda, y con un contingente de guarnición en Kigali bajo los términos de los Acuerdos de Arusha, las fuerzas de Kagame tomaron las armas de nuevo el 7 de abril y, gradualmente, avanzaron hacia el resto del país derrotando, a medida que se desplazaban, al gobierno y las milicias del Poder Hutu para, en última instancia, ganar el control de toda Ruanda. A mediados de julio, el gobierno del Poder Hutu había huido junto con 2 millones de refugiados Hutu, muchos de ellos implicados en el genocidio, retirándose al oeste, a la República Democrática del Congo (Zaire en ese momento).

Reparación Judicial

La reconstrucción de Ruanda fue un reto para el FPR. Documentar el genocidio es el reto de los historiadores; y traer un poco de sentido de justicia para las víctimas ha sido un reto para todos. La comunidad internacional hizo poco durante el genocidio para detener la matanza, sin embargo, tras el conflicto, las Naciones Unidas establecieron el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR) para procesar a los principales organizadores. Estos incluían al Primer Ministro provisional de Ruanda y a su gabinete, militares, iglesia y líderes de medios de comunicación. El tribunal sentó su base en Arusha, Tanzania, porque al principio el clima de seguridad de Ruanda se consideró peligroso para los juicios. El lema del tribunal y su objetivo es “poner fin a la impunidad”, es decir, mediante el enjuiciamiento de los orquestadores del genocidio, enviar un mensaje de disuasión a aquellos que pudieran considerar la posibilidad de volver a hacer algo como esto, y un mensaje de, al menos, algún tipo de justicia para las víctimas y sus familias. Desde su inicio en 1996 hasta su cierre en 2012, el tribunal detuvo a 83 altos cargos de los perpetradores del genocidio de Ruanda, mientras que 9 permanecen inculpados y fugados. De los 83, 65 fueron condenados (algunos permanecen en apelación) y 10 absueltos, y 8 o bien murieron antes del juicio o sus casos fueron transferidos a Ruanda.

El Tribunal sólo se centró en juzgar líderes clave. Pero, en 1996, más de 120.000 Hutu habían sido detenidos en Ruanda y puestos en cárceles enormemente hacinadas. Los tribunales ruandeses se vieron desbordados. Sin embargo, al momento de escribirse este documento, cerca de 7000 altos cargos infractores han sido enjuiciados en el sistema oficial de justicia de Ruanda. Unos 60.000 acusados más fueron enviados de vuelta a sus comunidades para ser juzgados por tribunales locales de aldea llamados Gacaca, erigidos en 2001 y clausurados en 2012. Los Gacaca funcionaron como audiencias de verdad y reconciliación donde genocidas de bajo rango testificaron y confesaron (o no) en frente de toda la comunidad y donde los supervivientes acudían a contar sus historias y presentar acusaciones. Miles (12.100) de estos tribunales locales en su día juzgaron o revisaron más de un millón de casos, con una tasa de condena de alrededor del 65%. Los culpables de delitos menores, de ayuda y complicidad pero no de cometer asesinatos múltiples, fueron condenados a servicio comunitario.[16]

Además del Tribunal Internacional, de las cortes nacionales de Ruanda y de los tribunales Gacaca, algunos perpetradores han sido procesados en los tribunales nacionales de otros países a donde huyeron. Los Países que han juzgado a genocidas, a veces no por genocidio sino por delitos migratorios, incluyen a Canadá, Bélgica, Noruega, Suecia, Dinamarca, Finlandia, Nueva Zelanda, Países Bajos, Alemania y los Estados unidos. Varios de estos acusados han sido mujeres, incluyendo a las monjas del Monasterio Sovu en Butare, Ruanda, juzgadas y condenadas en Bélgica, cuyo caso es discutido más abajo.

Algunos observadores estiman que hubo más de un millón de responsables y no sorprende que haya habido un flujo constante de investigación sobre qué puede motivar a tantas personas a matar de formas tan violentas. Esta investigación a menudo examina a Ruanda en el contexto de atrocidades a escala global tales como la de la antigua Yugoslavia, Camboya, e incluso el Holocausto. Se centra en el condicionamiento de la población en los años que precedieron a los homicidios en masa, en los cuales un clima de odio racial, miedo e impunidad se fomentó deliberadamente, generalmente manipulado por miembros extremistas del gobierno y de la intelectualidad. El Genocidio de Ruanda se coloca en este marco analítico y el resto de este documento se centrará en analizar el papel de las mujeres líderes en este contexto.

Posibles Motivaciones de las Mujeres Perpetradoras

La investigación sobre las mujeres en el genocidio es más escasa que el análisis general de las matanzas, aunque no inexistente, y lo que se ha escrito se ha centrado principalmente en las mujeres víctimas, cuyas historias de supervivencia son trágicas y abrumadoras. Sus testimonios refuerzan el chocante hecho de que asesinos y víctimas eran con frecuencia vecinos, pero nos dicen poco de la motivación de los asesinos. Los investigadores que examinaron el clima de planificación general y propaganda anterior al genocidio han documentado una fuerte línea de exhortación centrada en el género así como en la etnia. Así, mientras que en la etnia Tutsi fueron denunciados, tanto antes como durante el genocidio, como inyenzi – cucarachas – e inmundicia, serpientes y caníbales, las mujeres Tutsi eran a menudo especialmente señaladas como zorras, tentadoras y espías que debían ser eliminadas. La percepción de que las mujeres Tutsi eran superiores, más deseables, más hermosas que las mujeres Hutu y también más altivas, era un cliché generalizado de la Ruanda pre-genocidio. Por ejemplo, el periódico de propaganda Kangura, una de las principales fuentes de diatribas anti-Tutsi en la Ruanda pre-genocidio publicó los Diez Mandamientos Hutu en diciembre de 1990, que tenían como primer mandamiento:

1. Todos los Hutu deben saber que una mujer Tutsi, sea quien sea, trabaja para el interés de su grupo étnico Tutsi. Como resultado de ello, deberemos considerar como traidor a todo Hutu que:

  • Se case con una mujer Tutsi
  • Se haga amigo de una mujer Tutsi
  • Emplee a una mujer Tutsi como secretaria o concubina

El tercero decía:

3. Mujeres Hutu, estén atentas y traten de llevar a sus maridos, hermanos e hijos de vuelta a la razón.

Y el séptimo:

7. Las Fuerzas Armadas Ruandesas deben ser exclusivamente Hutu. La experiencia de octubre de 1990 nos ha enseñado una lección. Ningún miembro de las fuerzas armadas deberá casarse con una Tutsi [17]

Además, Kangura, y otras publicaciones Hutu extremas, hicieron un uso bastante frecuente de dibujos pornográficos, que a menudo representaban a las mujeres Tutsi como seductoras traidoras, incluso del General Dallaire, el Canadiense responsable de las fuerzas de paz de la ONU en Kigali, como la Figura 1 a continuación muestra:[18]

Ruanda

Figura 1. El General Dallaire siendo seducido por mujeres Tutsi: Kinyarwanda: “General Dallaire n’ingaboze baguyemu mutego w’ibizungerezi.” Español: “El General Dallaire y su ejército han caído en la trampa de las femmes fatales.”

Así, en los meses previos al genocidio, los Hutu fueron ya animados a pensar en las mujeres Tutsi, al igual que en los hombres, como el enemigo y como objetivos para el asesinato, con el toque añadido de que se alentó a las mujeres Hutu a temer y odiar a las Tutsi. Mientras que esto explica algo de la excesiva violencia sexual, el sadismo, y la mutilación de las mujeres Tutsi perpetrada por hombres que caracterizó al genocidio, y la episódica participación de las mujeres en esta violencia sexual, no creo que sea suficiente para explicar la amplia participación, frecuentemente entusiasta, de las mujeres Hutu, y el rol de liderazgo de algunas de ellas, en la matanza general.

Reiteremos que en la sociedad Ruandesa se esperaba que las mujeres permanecieran sumisas a los hombres y su lugar estaba en casa cosechando, cocinando, cuidando de la casa y los hijos. No se esperaba de ellas ni siquiera que estuvieran en la misma habitación cuando los hombres se sentaban y hablaban sobre asuntos serios.[19] Por supuesto, como en todas las sociedades había excepciones: en la década de 1890, una famosa Reina madre Ruandesa, Kanjogera, ideó un golpe de palacio, organizó el asesinato del heredero legítimo al trono y de sus partidarios y después instaló a su propio hijo como rey en su lugar.[20] En la década de 1990, la esposa Hutu del autoritario Presidente Habyarimana se consideraba que tenía más firmeza que su marido, a veces se la llamaba “Kanjogera” y, aunque huyó a Francia tres días después de que comenzara el genocidio, se la ve a día de hoy como una fuerza importante detrás de la planificación del genocidio.[21] El papel de las Mujeres estaba cambiando en la década de 1990 y muchas mujeres de Ruanda habían recibido educación superior y habían salido de los roles laborales tradicionales. Había enfermeras y maestras, monjas, incluso policías; algunas de ellas eran doctoras, varias fueron parlamentarias, y la Ministra de Justicia y la de la Mujer y Asuntos de la Familia eran ambas mujeres. La más significativa fue la Primer Ministro del gobierno de transición de 1993-1994, Agathe Uwilingiyimana, una Hutu moderada que trató desesperadamente de supervisar una transición suave y pacífica hacia el gobierno compartido convenido en los Acuerdos de Arusha y, a la larga, hacia elecciones. La propaganda del genocidio en esos años nunca dejó de representarla en dibujos como una puta, literalmente desnuda en la cama con otros políticos moderados.[22] Fue salvajemente asesinada y mutilada sexualmente a pocas horas del comienzo del genocidio en la noche del 6 de abril de 1994.[23] El experto en el genocidio Adam Jones sugiere incluso que los cambios y tensiones crecientes en las relaciones de género durante la década de 1990, ya que las mujeres mejoraron sus posibilidades de elección y su posición en la sociedad, “pueden ayudar a explicar no sólo la supresión de los “tabúes” contra el asesinato en masa de mujeres, sino también el alistamiento y la (frecuente) disposición a participar en la matanza de las mujeres Hutu – un reflejo, macabro a su modo, de la mayor independencia lograda por las mujeres en la ecuación social de Ruanda. El elemento añadido de ‘subordinación’ de las mujeres Hutu a las Tutsi fue, sin duda, una poderosa motivación para las atrocidades que estas mujeres Hutu infligieron en otras mujeres”.[24]

Los ejemplos de perpetradoras de actos violentos en este documento procederán principalmente de mujeres que eran líderes y ostentaban posiciones de autoridad durante el genocidio, y que, por tanto, tenían responsabilidad, como superiores, de la masacre, asalto, violación y muerte de miles de personas, perseguidas únicamente por ser de etnia Tutsi. Las fuentes que aquí se presentan son, principalmente, declaraciones y testimonios de testigos visuales dados en los juicios del TPIR y entrevistas a supervivientes hechas por las organizaciones de derechos humanos. Los registros judiciales del TPIR también incluyen resúmenes de testimonios y declaraciones dados en el sistema de Tribunales ruandés, en audiencias Gacaca y en otros tribunales nacionales.

Pauline Nyiramasuhuko, Ministra de Asuntos de la Familia y el Desarrollo de la Mujer

Comencemos con Pauline Nyiramasuhuko, una antigua trabajadora social y Ministra, durante el genocidio, de Asuntos de la Familia y el Desarrollo de la Mujer en el gobierno de Ruanda. Después del genocidio huyó a la República Democrática del Congo y luego a Kenia, donde fue detenida en 1997. Fue juzgada en el TPIR y condenada, en junio 23 de 2011, por genocidio, conspiración para cometer genocidio, exterminio como crimen contra la humanidad, violación como crimen contra la humanidad, persecución como crimen contra la humanidad, actos de violencia contra la vida como crimen de guerra y ultrajes contra la dignidad personal como crimen de guerra. Recibió cadena perpetua.[25] Pauline era de la provincia de Butare, donde está la Universidad Nacional de Ruanda, la única provincia de Ruanda con un Prefet (gobernador) Tutsi y un número significativo de matrimonios mixtos Hutu-Tutsi. Las matanzas del genocidio estaban en marcha desde hacía casi dos semanas en Kigali y en el resto de Ruanda pero en Butare todavía no había habido ninguna cuando, el 19 de abril, regresó Pauline con el Presidente Sindikubwabo y el Primer Ministro Jean Kambanda del gobierno provisional para llamar a la población de Butare a comenzar con “el trabajo” de la matanza de Tutsis. El Prefet local, que había estado tratando de mantener la calma en su provincia, fue despedido y asesinado poco después. Las masacres, a continuación, procedieron según el plan; el Presidente y el Primer Ministro partieron, mientras que Pauline se quedó en su casa de la ciudad y supervisó muchas de las matanzas del genocidio allí:

Aparte de adoctrinar [a las personas] Pauline se encargó de la logística para los milicianos que vinieron de Kigali a prender fuego a Butare. Distribuyó granadas y suministró el combustible para la quema de casas en las zonas rurales y repartió machetes y otros materiales útiles para las matanzas.[26]

El 24 de abril se ordenó a los Tutsi agruparse en el estadio local, donde se les prometió comida y refugio, pero, en lugar de esto, Pauline organizó a los Interahamwe bajo el liderazgo de su hijo Shalome, rodeó el estadio y masacró a miles en su interior, sobre todo a machetazos. La corte encontró culpable a Pauline de ordenar a los milicianos la violación de las mujeres Tutsi antes de matarlas y ella misma apoyó y ayudó en estas violaciones.[27] También ordenó a sus hombres tomar la gasolina de su propio coche para quemar vivas a un grupo de mujeres violadas, de las cuales una sobrevivió y pudo después testificar. Pauline siguió supervisando el progreso del genocidio durante los dos meses siguientes, hasta que llegó el ejército del FPR y liberó Butare. Durante esos meses estableció un control de carretera frente a su casa donde cualquier persona capturada que pareciera Tutsi, o que intentara utilizar un documento de identidad falso fue asesinada. Como en otros lugares en Ruanda, los Tutsi se refugiaron en iglesias, escuelas, hospitales, pantanos, y en la parte superior de las colinas, donde, no obstante, fueron atacados y asesinados por millares. Algunos Tutsi se refugiaron en la oficina del gobierno local en la ciudad de Butare y aquí al principio encontraron protección. Pero Pauline, enojada porque estuvieran protegidos, visitó regularmente la oficina de la prefectura ordenando sacarlos de allí para violar, torturar y asesinar a tantos como cupieran en una camioneta. Uno de los testigos, una mujer Tutsi que había logrado sobrevivir hasta mediados de mayo porque “no parecía Tutsi” relató:

Durante mi breve estancia en [las oficinas de] la prefectura vi a Nyiramasuhuko llevarse Tutsis para matarlos muchas veces. Decía que no eran seres humanos. Al contrario, decía que éramos mugre […]. Venía con un grupo de altos cargos de las milicias Interahamwe. Se quedaba al lado de la camioneta y siempre les daba órdenes.[28]

Pauline negó más tarde que ella tuviera algo que ver con las matanzas, insistiendo a un reportero de la BBC en que “fueron los Tutsi los que masacraron a los Hutu” y apelando a las asunciones tradicionales de género: “estoy dispuesta a hablar con la persona que diga que yo podría haber matado. No puedo matar ni a un pollo. Si hay una persona que dice que una mujer, una madre, mató, entonces, me enfrentaré a esa persona…”[29] Pero la evidencia presentada en el juicio dijo lo contrario. Con respecto a los secuestros nocturnos, violaciones y asesinatos de refugiados de la oficina de la prefectura, los jueces que condenaron a Pauline señalaron que las pruebas estaban “entre las peores encontradas por esta Cámara; pintan un panorama claro de insondable depravación y sadismo.”[30]

Los testigos declararon que ella ordenó a los Interahamwe y al público a través de un megáfono que “era necesario matar a los Inyenzi [incluyendo] fetos o personas mayores.”[31] A mediados de junio, incluso con el FPR ya cerca de Butare, Pauline todavía continuó supervisando las matanzas. Otro testigo declaró:

En la noche del mismo día [a mediados de junio] llegó la famosa Pauline Nyiramasuhuko acompañada por su Interahamwe, incluyendo su hijo Chalome. La furgoneta se detuvo y allí, a la vista de todos estaba Nyiramasuhuko en uniforme negro […]. Yo lo vi todo. Ella permaneció al lado de la camioneta y ordenó a los milicianos que se ‘apresuraran’. Lo dijo en voz alta. Ahí fue cuando los milicianos iniciaron la selección. Tomaron […] a la esposa de Mbasha que [dijo] ‘tened piedad, tened piedad de mis hijos’ y recuerdo claramente a Nyiramasuhuko diciendo: ‘matadla rápidamente.’ […]. También hubo otra chica Tutsi llamada Triphine. Cuando los interahamwe fueron a cogerla gritó en voz alta, ‘sálvadme, sálvadme.’ Nyiramasuhuko dijo ‘haganlo rápido, degüéllenla.’[32]

Agnes Ntamabyariro, Ministra de Justicia

Agnes Ntamabyariro fue una abogada con educación superior y Ministra de Justicia en el gobierno de Ruanda, antes y durante el genocidio. Al mismo tiempo dirigía una ONG que otorgaba microcréditos para las mujeres pobres de Ruanda, aunque Jacqueline Novogratz, que trabajó con ella en esos días, sospechaba que era culpable de malversar fondos.[33] Vino de la prefectura de Kibuye y durante el genocidio organizó allí la milicia, distribuyó armas, elaboró las listas de Tutsi que debían ser aniquilados, y dio incendiarios discursos con el fin de alentar las matanzas. Como Ministra de Justicia, autorizó el asesinato de los Prefet Tutsi de Butare mencionados anteriormente.[34] Se dice que estuvo particularmente determinada a exterminar a las mujeres Tutsi de hombres Hutu en las últimas semanas del genocidio. Los testigos afirmaron que ella exhortó, con discursos al megáfono, a los pueblos de su área a trabajar más duro en la matanza, criticándolos por “contentarse con el asesinato de sólo unas pocas mujeres viejas” y diciéndoles que “Cuando empecéis la exterminación, nada, nadie debe ser perdonado.”[35] ¡Y esto fue en Mayo de 1994, después de que ya hubieran sido asesinados en la provincia un cuarto de millón de Tutsi! Su conductor, Gervais Ngendahayo, testificó en el juicio que, después de la inspección de los cadáveres Tutsi en las barricadas, ella distribuyó recompensas entre los asesinos. Agnes fue finalmente detenida en Zambia, donde había huido.[36] Se le juzgó en Kigali, siendo la única miembro del gobierno del Genocidio que fue juzgado en Ruanda, al resto se los procesó en Arusha. En 2009 recibió una condena de cadena perpetua.

Valerie Bemeriki, periodista de la RTLM

Valerie Bemeriki era una reportera extremista antes del genocidio que escribía para el periódico Interahamwe. En 1993 comenzó a trabajar para la estación de radio del Poder Hutu, la RTLM. Tenía una animada voz radiofónica y era escuchada por Hutus y Tutsis por igual –los primeros, para escuchar la información sobre el progreso del genocidio y las listas, leídas a diario, de los Tutsi prominentes y sus escondites en Kigali, para facilitar su captura y asesinato. Los Tutsi la escuchaban también para saber si su nombre aparecía en la radio, si estaban en la lista de la muerte diaria y, así, cambiar su escondite. En el momento de su detención, en junio de 1999 en los campos de refugiados de Hutu huidos, admitió que era culpable de incitación al genocidio y pidió el perdón de los ciudadanos ruandeses. Pero se echó atrás en los tribunales de Ruanda. Afirmó que los oyentes debían haber “malinterpretado mi entusiasmo […]. Yo solo estaba haciendo mi trabajo como periodista […]. Si pedimos a la gente que se deshiciera de las cucarachas, no quisimos decir que debieran matar a las personas.” [37] Sin embargo, las transcripciones de la RTLM en los archivos del TPIR cuentan una historia diferente. Incluyen a Bemeriki riéndose después de informar de la “pérdida”, es decir, el asesinato, del Primer Ministro Uwingiliyamana la noche del accidente de avión; también exhortando a los oyentes ‘no maten a esas cucarachas con una bala – córtenlos en pedazos con un machete.’[38] En mayo de 1994, incluso proclamó a los oyentes que la Virgen María, que se decía que se aparecía de vez en cuando en la Iglesia Kibeho, en Butare, se le había aparecido a ella, Valerie, y le dijo que los Tutsi estaban ‘pagando por su parte en la matanza de Habyarimana’. La Virgen había declarado que ‘nosotros [los Hutu] saldríamos victoriosos’.[39] En diciembre de 2009 Bemeriki fue condenada a cadena perpetua por un tribunal Gacaca.

La Hermana Gertrude Mukangango y la Hermana Juliana Kizito del Monasterio Sovu

Muchos de los supervivientes hablan con gratitud de monjas y sacerdotes que los escondieron, les dieron de comer, trataron sus heridas, dieron refugio a niños huérfanos y ayudaron a muchos a escapar. Pero muchos otros sacerdotes y varias monjas participaron en el genocidio, facilitando incluso la traición y el asesinato de sus compañeros eclesiásticos. Tanto los arzobispos de la Iglesia Católica Romana como de la Iglesia Anglicana, al principio, promovieron públicamente el apoyo ciudadano a las políticas de genocidio del gobierno.[40] Y el sacerdote de Nyange, Athanase Seromba, autorizó a un bulldozer a demoler su propia iglesia, llena de Tutsi de su propia parroquia, matando a todos en su interior y asegurando a sus feligreses Hutu que no debían preocuparse por la pérdida del edificio, porque él “reconstruiría la iglesia en tres días.”[41]

Del mismo modo, en el convento del monasterio y centro de salud de Sovu, en Butare, la Madre Superiora Gertrude Mukangango y la Hermana Juliana Kizito decidieron que no querían dar refugio a los Tutsi. Pero fueron aún más lejos. “Las acusaciones en contra [de Gertrude y Juliana] son detalladas, convincentes y provienen de diferentes supervivientes y testigos directos – de hombres y mujeres, tanto Tutsi como Hutu.”[42] A finales de abril, a pesar de las puertas cerradas del monasterio, más de 7.000 refugiados Tutsi irrumpieron en los terrenos para refugiarse de las matanzas genocidas en curso. Entre el 21 y el 24 de abril fueron atacados por “todos los policías comunes, militares retirados e interahamwe entrenados, todos ellos bien armados y acompañados por hombres y mujeres [comunes] con armas tradicionales […] [una] gran masa de asesinos”.[43] Miles de personas fueron asesinadas. Una mujer Hutu, Veneranda, casada con un hombre Tutsi, a cuyos cinco hijos se les consideró Tutsi por esto, describe cómo ella no se había escondido con ellos en los campos, pero iba hasta el convento para llevarles comida y se encontró siendo testigo del ataque:

Al principio de la masacre yo no estaba ni entre los asesinos ni entre las víctimas. Solo miraba. Vi a la Hermana Kizito con bidones de 7 litros llenos de gasolina. Los distribuía entre los [interahamwe]. Dado que los refugiados no estaban todos en el patio, sino que algunos se habían encerrado en el interior [de un garaje], vertieron gasolina [sobre el garaje] y le prendieron fuego. La hermana Kizito todavía estaba allí [mirando] y les dio varios bidones de gasolina. Mis hijos fueron asesinados ese día. Mis dos hijas se habían refugiado en el garaje […]. Dejé el lugar en un estado de locura. Quería matarme.”[44]

La masacre continuó durante tres días y el jefe de la milicia local, Emmanuel Rekaraho, confesó más tarde y fue condenado y encarcelado en Ruanda. ‘Tenía buenas relaciones con las hermanas. Estuvimos trabajando como una unidad.’ Declaró que ‘Las dos monjas colaboraron con nosotros en todo lo que hicimos. Compartían nuestro odio por los Tutsi. No hice nada sin consultarlo primero con Kisito y Gertrude. Nos entregaron a personas inocentes sin ser amenazadas de ninguna manera y sin tener que utilizar nosotros la fuerza.’[45]

Después de la masacre todavía quedaban unos 30 padres y familiares de hermanas Tutsi escondidos en el convento. La hermana Gertrude, enfadada porque todavía estuvieran allí, declaró que eran “mugre” y que mancillaban un lugar sagrado. Un trabajador del monasterio relató que “la mañana del 6 de mayo, en la iglesia, después de la oración de Laudes, Gertrude dijo públicamente: “Ante Dios todo-poderoso pido a todas las Hermanas que tienen refugiados en este establecimiento que los echen rápidamente para que los interahamwe no destruyan este convento.'” Una joven novicia, Anunciata Mukagasana, describe lo que siguió: “El monasterio era muy grande y tenía muchos lugares escondidos, pero la Hermana [Juliana] Kisito y la madre superiora nunca fueron misericordiosas. [Incluso] usaron escaleras para comprobar si había gente escondida en los tejados.” Otra joven novicia, Regine Niyonsaba, encontradas de ese modo su madre y sus dos hermanas menores, las siguió por un sendero hasta un platanar, donde un oficial de policía, por 7000 francos Ruandeses, accedió a dispararles en lugar de matarlas a machete. Las mataron frente a ella que, como novicia, fue perdonada. Regresó a su habitación pero, como contó más tarde, ese día “perdí la esperanza en la vida espiritual. Perdí la fe en mi vida como monja”.[46]

Cuando el FPR tomó Butare las monjas de Sovu fueron evacuadas a Bélgica y protegidas por la Iglesia Católica. Pero las acusaciones de las hermanas supervivientes se hicieron tan populares que Sor Gertrude y Sor Kisito fueron arrestadas, juzgadas y declaradas culpables de homicidio y crímenes de guerra en un tribunal Belga en el año 2004. En su defensa alegaron que eran espectadoras aterrorizadas sin “ningún control sobre la situación”. Fueron condenadas a 15 y 12 años respectivamente.[47]

Líderes con cargos menores

Los ejemplos dados aquí son de mujeres con altos cargos, líderes, planificadoras y promotoras, personas que, como muchos cabecillas hombres del genocidio, en realidad nunca tomaron un machete y asesinaron, que “mantuvieron sus manos limpias”. Por supuesto, hubo otras perpetradoras femeninas con cargos más bajos.

Rose Karushara, “La Carnicera de Kimisagara,” una líder local del partido político gobernante en Kigali. Todos la describen como una mujer grande y poderosa que podía dar palizas a los hombres antes de ordenar que los mataran enfrente de su casa. Mantuvo reuniones con los interahamwe, distribuyó armas, y visitó retenes donde decidió quien sería asesinado y quien perdonado. “Al menos cinco mil personas fueron asesinadas, todas arrojadas al río Nyabarongo bajo las órdenes de Karushara […] como se arroja un papel al cubo de la basura.” [48]

Zainabu Mukundufite, que en la acusación de su marido se dice que estuvo “a cargo de un grupo de mujeres de la Interahamwe […]. Este grupo era conocido por torturar sexualmente a las mujeres Tutsi antes de matarlas. El grupo penetraba con barras de hierro los órganos genitales de las mujeres Tutsi. También se pidió a las mujeres Tutsi que, si eran Tutsi, produjeran leche de sus cuerpos […]. Esas mujeres Tutsi fueron torturadas hasta la muerte.”[49]

La Dra. Jeanne-Marie Nduwamariya, médico del Hospital Groupe Scolaire de Butare, que mantuvo reuniones en su casa para elaborar listas y determinar a los Tutsis que debían ser asesinados. Conducía por la ciudad con una pistola a su lado, deteniéndose en los retenes para revisar los nombres de las listas de los Tutsi que iban a ser asesinados, declarando públicamente que todas las mujeres Tutsi que supieran conducir tenían que ser exterminadas y planificando una fiesta para el 1 de julio cuando todos los Tutsis deberían haber sido asesinados. “Se podría decir que estaba orgullosa del hecho de que los Tutsis estuvieran siendo asesinados”. Tenía una particular vendetta con una mujer joven con estudios vecina suya, Chantal, por cuya muerte la Dra. Nduwamariya se afirmó que había ofrecido 100.000 francos de recompensa.[50] La Dra. Nduwamariya huyó de Ruanda ante la victoria del FPR. Fue juzgada en los tribunales Gacaca, encontrada culpable y condenada a cadena perpetua en el recurso de apelación en 2009.[51]

Virginie Mukankusi fue hallada culpable de torturar “psicológicamente” a los Tutsi antes de matarlos en Kigali y fue la única mujer, entre 24 personas, que fue ejecutada públicamente en Ruanda en 1998.[52]

Athanasie Mukabatana, una profesora de la Escuela de Enfermería en Kaduha, que acudió al hospital “con entusiasmo” acompañada del Interahamwe. Como relató un testigo, “Se [podía] ver el entusiasmo que esta chica tenía por terminar con estos Tutsi enfermos. Tenía un machete y entró en el hospital con los otros asesinos. Hacía salir a todos los enfermos Tutsi, a menudo arrastrándolos. Y una vez fuera los mataba con un golpe de machete. Hizo varios viajes, y todos los muertos estaban en el césped del hospital.”[53]

Y después había también simples vecinos, como los vistos por un testigo atrapado en la quema del garaje en el monasterio Sovu que, mirando a través de los agujeros de bala en la pared, vio los rostros de los agresores: “Lo que me sorprendió fue que allí había ciertas niñas participando en el ataque, como Athanie, hija de Thaddee, que llevaba un masu en su mano. La niña ahora canta en el coro de la iglesia Católica de Rugango”.[54]

Más allá de estos ejemplos, sabemos que en las bases comunitarias, grupos de mujeres ululaban a los hombres para que participaran durante las masacres y cantaban sus alabanzas por los éxitos en la matanza, saqueaban las pilas de cadáveres, a menudo rematando a los moribundos, y suministraban cerveza y comida a los Interahamwe en las barricadas y en los lugares de las masacres. Identificaban a vecinos Tutsi para que la Interahamwe los matara y delataban gritando a los niños Tutsi escondidos en los campos de caña de azúcar. De hecho, el experto en el Holocausto Adam Jones sostiene que “el extensivo papel de la mujer en la perpetración del genocidio de Ruanda, aparentemente, no tiene paralelo en los anales de la historia.”[55]

Análisis y Conclusión

Entonces, ¿qué debemos hacer con las mujeres perpetradoras del genocidio? ¿Requiere el fenómeno un análisis diferente más allá del esfuerzo convencional por explicar el horror del genocidio y los asesinatos en masa, tanto en Ruanda como en el resto del mundo? Algunos abogados defensores e incluso jueces ruandeses tienden a insistir en que fue una aberración para las mujeres haber participado en el genocidio. Dado que no se espera que las mujeres y las madres hagan tales cosas, ellas no podían haber hecho tales cosas como mujeres y, por lo tanto, no eran mujeres genuinas sino desviadas. Las mujeres perpetradoras son así representadas como anomalías y monstruos y, de este modo, colocadas fuera de nuestra capacidad de comprender el comportamiento humano, especialmente el de las mujeres. Este es un peligroso enfoque histórico/analítico cuando se piensa en los perpetradores, tanto masculinos como femeninos – aunque a veces se usa (con similares consecuencias ensombrecedoras) en casos de varones extremistas tales como Stalin o Pol Pot. Si demonizamos a las mujeres perpetradoras, considerándolas aberrantes y antinaturales, entonces las separamos y fallamos al confrontar los motivos y el contexto de sus acciones, negándolos o justificándolos y, así, nunca lograremos justicia para las víctimas o desalentar futuras matanzas masivas.

De un modo similar, algunos abogados de la defensa, y los mismos perpetradores, insisten en que las mujeres simplemente no pudieron hacer cosas tan horribles y, por tanto, no las hicieron: las perpetradoras fueron acusadas falsamente, malentendidas, o fueron incapaces de decir que no. Como afirma Sara Brown, observadora del juicio por genocidio y deportación de Beatrice Munyenyezi (hijastra de Pauline Nyiramasuhuko) en los Estados Unidos: “La narrativa de la mujer como madre es, básicamente, una creencia esencialista donde una mujer que es también madre no puede cometer delitos como los acontecidos durante el genocidio,  porque ella es sólo eso: una mujer y una madre […]. La defensa de [Munyenyezi] no alegó ninguna otra razón.”[56] Carrie Sperling ha demostrado magistralmente cómo los informes de prensa alimentaron este discurso a medida que informaban sobre el vestido, el peinado y la apariencia “familiar agradable” de las mujeres perpetradoras, especialmente en el caso de Nyiramasuhuko, a quien, por ejemplo, se la describe como llevando al tribunal un “vestido verde florido un día y una falda y blusa planchadas de color crema al siguiente.”[57] Incluso algunas ONG de mujeres de Ruanda sostienen que “las mujeres tienen una naturaleza diferente a la de los hombres. Ellas no son violentas […]. Si hubiese habido más mujeres en el poder, el genocidio no hubiera ocurrido”.[58] Es un argumento esencialista dado también por algunas teóricas del feminismo de países occidentales que postulan “que los hombres son inherentemente más belicosos que las mujeres […] las guerras que hemos sufrido son el resultado de sistemas políticos y militares dominados por hombres.”[59]

Este esencialismo simplemente no se sostiene frente a las declaraciones de los testigos, los relatos de los supervivientes y la creciente evidencia judicial de que hubo mujeres con autoridad en Ruanda que abusaron de su poder con tanta facilidad como los hombres. Jacqueline Novogratz trabajó con Agnes Ntamabyariro en el desarrollo de la mujer antes del genocidio, y la entrevistó en la cárcel después del genocidio. Angustiada por la total falta de remordimiento de esta antigua Ministra de Justicia y su expresión abierta de un odio étnico persistente, Novogratz comentó:

Muchas personas creen que si las mujeres gobernaran el mundo tendríamos por fin una oportunidad para la paz. Aunque esto puede ser cierto, Agnes constituye un recordatorio de que el poder basa su corrupción en la igualdad de oportunidades.[60]

Novogratz creyó que Agnes se había dejado seducir por un deseo de poder: “Agnes amó las manifestaciones de poder y, cuando todo estaba dicho y hecho, las había cambiado por su integridad y todo lo bueno que había construido.” Por otro lado, Hogg observó que muchas de las mujeres que entrevistó en la cárcel insistían en que no tenían poder para decir que no: “estoy realmente sorprendida de que me pusieran en la primera categoría [de cargos penales], soy una mujer […] yo no tenía ningún poder.”[61] ¿Carecían las mujeres de los ejemplos dados en este documento de poder para decir que no a los hombres? Tal argumento no es diferente al de los hombres agresores, que se quejan en sus juicios de que fueron obligados o forzados en contra de su voluntad a participar en los asesinatos. Cuando se aplica a las mujeres no sólo descarta su inteligencia y habilidades, sino que proporciona un mecanismo para disociar a las mujeres de la responsabilidad personal de la elección y la toma de decisiones. No todas las mujeres Hutu participaron en la violencia del genocidio, ni tampoco todos los hombres. Todos estaban rodeados de presiones y años de socialización propagandística que deshumanizaban a los Tutsi y a cualquier persona que trabase amistad con ellos, sin embargo, muchos optaron por no sucumbir a éstas y por no participar en el genocidio, a pesar de que demasiados de ellos no “vivieron para contarlo”. El primer ministro Hutu moderado Agathe Uwingiliamana, que heroicamente perdió su vida en defensa de la paz y la tolerancia, es el ejemplo más chocante, pero no precisamente el único.

Sin embargo, de forma preocupante y en última instancia no sorprendente, muchas mujeres, tanto humildes como poderosas, eligieron deliberadamente abrazar la ideología genocida de odio y violencia, e incluso decidieron participar con entusiasmo y dedicación. Disculpar o exotizar, incluso sensacionalizar los crímenes genocidas de las mujeres sobre la base de que están fuera de nuestras normas de género de la conducta femenina, o de las de Ruanda, nos desvía de la búsqueda de la explicación, la comprensión, y la prevención de futuras acciones genocidas. Un análisis de las mujeres perpetradoras binarizado y basado en el género refuerza y perpetúa el mito patriarcal de que en el caso de las mujeres, por su propia naturaleza, no es verosímil que sean autoras de atrocidades. Existe abundante evidencia, en cambio, de que cuando a las mujeres se las provee de una atmósfera de incentivos positivos e impunidad similar a la de los hombres, como afirma Jones, “su grado de participación en el genocidio y la violencia, y la crueldad que exhiben, discurre de modo paralelo a la de sus homólogos masculinos” y por motivos similares.[62]

En su reciente libro Becoming Evil, James Waller examina la coacción social y la atmósfera de gobierno que rodea a muchos asesinatos en masa históricos. De forma que inicialmente te convence de que, bajo ciertas condiciones y circunstancias históricas bastante comunes, coger un machete o un arma de fuego y matar a la mujer y a los hijos de tu vecino es un acto racional, del que todos somos capaces. Alison Des Forges, tan cerca como estuvo del genocidio de Ruanda, dijo a un reportero del New York Times que “Este comportamiento [genocida] se encuentra justo bajo la superficie de cualquiera de nosotros.”[63] Pero Waller advierte en contra de generalizaciones reduccionistas y alega que no podemos y no debemos desplazar la responsabilidad de la persona hacía la situación.[64] La gente de Ruanda realizó una elección deliberada al participar, o no, en el genocidio. Los perpetradores, masculinos y femeninos, los líderes y los seguidores, deliberadamente erraron en el ejercicio de su juicio moral. Las mujeres de los ejemplos dados en este documento llevaron deliberadamente a la gente a participar en actos inconcebibles y, como tal, cargan con toda la responsabilidad moral y legal de las atrocidades que han cometido, dirigido y asistido. Y no nos olvidemos: en Rwanda, en 1994, hubo muchas personas, hombres y mujeres, Hutu y Tutsi, que no sucumbieron a la presión o a las circunstancias, que no creyeron que matar a su vecino “parecía lo correcto en ese momento”. Muchas de esas personas, por supuesto, pagaron esa decisión con sus vidas. Ahora debemos seguir afrontando, nosotros y la sociedad, la responsabilidad individual y la pública. No es fácil. Pero las mujeres no están exentas de las consecuencias corruptoras del poder. Una binarización de nuestras investigaciones históricas y judiciales oscurecería esto. Debemos reconocer que hombres y mujeres son igualmente capaces de actos de genocidio, y debemos permanecer alerta ante ello, exponerlo y condenarlo independientemente del género.

Notas

[1]    Ver especialmente African Rights, Rwanda Not So Innocent: When Women Become Killers (London: 1995), y también African Rights, Rwanda: Death Despair and Defiance (London: Rev. ed. 1995), Human Rights Watch, Shattered Lives: Sexual Violence during the Rwandan Genocide and its Aftermath (New York, 1996), y Alison Des Forges, Leave None to Tell the Story: Genocide in Rwanda (HRW New York, 1999).

[2]    Genevieuve Mukarutesi, entrevista en Ndora, Butare, 20 de julio de 1995, African Rights, Rwanda Not So Innocent: when women become killers (London: August 1995), p. 19.

[3]    Gorette Mukundamage, entrevista en Ndora, Butare, el 19 de julio de 1995, Rwanda Not So Innocent, p. 20.

[4]    Ver Human Rights Watch, Shattered Lives: Sexual Violence during the Rwandan Genocide and its Aftermath, (Human Rights Watch, New York, 1996) pp. 19-23 y Jacqueline Novogratz, The Blue Sweater (Rodale, 2010) p. 13.

[5]    La ONU estima que hubo 800.000 muertos. Poco después del genocidio Human Rights Watch estimó que “más de 500.000”. El Gobierno de Ruanda hoy estima 1.071.000. Ver www.survivors-fund.org.uk/resources/rwandan-history/statistics [último acceso 10 de enero de 2013].

[6]    Philip Gourevitch We wish to inform you that tomorrow we will be killed with our families (Picador 1998) es quizás la descripción general más accesible del genocidio de Ruanda. Su frecuentemente citada mención (p. 18) del corte del tendón de Aquiles de las víctimas para que no pudieran escapar al retorno de su atacante al día siguiente en Nyarubuye fue posteriormente confirmado por la evidencia forense excavada en Kibuye por investigadores de la ONU. Ver Clea Koff, the Bone Woman (New York, 2004) p. 35-36 y 103.

[7]    Véase, por ejemplo, la discusión con Alison Des Forges y personas familiarizadas con Pauline Nyiramasuhuko en A Woman’s Work, de Peter Landesman, New York Times (15 de septiembre de 2002) [última consulta electrónica el 10 de enero de 2013]: www.nytimes.com/2002/09/15/magazine/a-woman-s-work.html

[8]    Ver Linda Melvern, A People Betrayed: The Role of the West in Rwanda’s Genocide, (Zed books, 2000) pp.75-80; Des Forges, Leave None to Tell, p. 92, y African Rights, Rwanda: Death Despair and Defiance, (London, Rev. ed. 1995) pp. 19-20.

[9]    Des Forges, Leave None to Tell, p. 6.

[10]  Peter Uvin, “Prejudice, Crisis, and Genocide in Rwanda” African Studies Review (septiembre de 1997) pp. 111-112.

[11]  Cyriaque Sebera, declaración a Dele Olojede, “A People’s Court, Part 3” Newsday (4 May 2004) [consultado electrónicamente el 10 de enero de 2013]: http://www.pulitzer.org/archives/6921

[12]  Christopher Taylor, “A Gendered Genocide: Tutsi Women and Hutu Extremists in the 1994 Rwanda Genocide,” Political and Legal Anthropology Review (1999) 22(1), p. 52.

[13]  Adam Jones, “Gender and genocide in Rwanda”, Journal of Genocide Research (2002) 4 (1) pp. 67-69; y Uvin, “Prejudice” p. 112.

[14]  Conocido como el Trevidic Report, resumenes del contenido e implicaciones de éste se pueden leer en “Paul Kagame cleared of part in 1994 downing of president’s plane,” de Christophe Chatelot, Guardian Weekly (17 de enero de 2012): www.guardian.co.uk/world/2012/jan/17/new-evidence-rwanda-inquiry-kagame [versión electrónica consultada el 10 de enero de 2013]

[15]  El fiscal contra Théoneste Bagosora, Gratien Kabiligi, Aloys Ntabakuze, Anatole Nsengiyumva: “Judgment and Sentence,” International Criminal Tribunal for Rwanda, TPIR-96-7 (18 de diciembre de 2008): pp. 50-53 examina la evidencia de esta famosa declaración. La sala concluyó que la fiscalía no probó, más allá de toda duda razonable, que Bagosora hiciera esta afirmación, como se le atribuyó, porque el testigo se mostró confundido acerca de las fechas, pero la evidencia de que Bagosora contribuyó a socavar los acuerdos de Arusha es abrumadora.

[16]  Phil Clark, The Gacaca Courts, Post-Genocide Justice and Reconciliation in Rwanda (Cambridge: 2010) pp. 3, 55-56, y 175; “Struggling to Survive: Barriers to Justice for Rape Victims in Rwanda,” Human Rights Watch (septiembre de 2004) 16, 10, pp. 13-17 http://www.hrw.org/reports/2004/rwanda0904/rwanda0904.pdf [último acceso 10 de enero de 2013]; Dele Olojede, “A People’s Court” Newsday May 4, 2004 [consultado electrónicamente]: www.pulitzer.org/archives/6921; y “Rwanda closes Gacaca genocide courts,” AlJazeera (19 de junio de 2012) [versión electrónica consultado por última vez el 10 de enero de 2013]: www.aljazeera.com/news/Africa/2012/06/201261951733409260.html

[17]  Los Diez Mandamientos Hutu son fácilmente accesibles en internet, incluyendo Wikipedia: http://en.wikipedia.org/wiki/Hutu_Ten_Commandments y http://www.rwandafile.com/Kangura/k06a.html. Fueron publicados originalmente en francés en Kangura en diciembre de 1990.

[18]  El dibujo fue publicado en Kangura, febrero de 1994, No. 56, p. 15. “The Dialectics of Hate and Desire”, el capítulo 4 de Christopher Taylor en su Sacrifice as Terror: The Rwandan Genocide of 1994 (Berg, Oxford: 1999) es un excelente análisis de este fenómeno, así como en “A Gendered Genocide”. Ver también J.P. Chretien, Rwanda: Les Medias du Genocide (Paris: Karthala, 1995).

[19]  Ver Louise Mushikiwabo, Rwanda Means the Universe (St Martin’s: 2006) p. 78; y Human Rights, Shattered Lives, pp. 19-23.

[20]  Alison Liebhafsky Des Forges, Defeat is the Only Bad News: Rwanda Under Musinga 1896-1931 (U. of Wisconsin: 2011) pp. 14-23.

[21]  Nicole Hogg, “Women’s participation in the Rwandan genocide: mothers or monsters?” en International Review of the Red Cross (marzo 2010) p. 90 – 91. Dado que permaneció en Francia durante el genocidio y nunca fue juzgada hay poca prueba testimonial en cuanto al papel que jugó. Agathe vive actualmente aún en Francia, donde los procedimientos de extradición se han alargado durante años. Ha sido arrestada y liberada varias veces, aunque recientemente un tribunal de apelaciones ordenó que se le diera el estatus de residente permanente. Ver James Karuhanga, The New Times, Kigali, 16 de diciembre de 2012.

[22]  Ver dibujos reproducidos del Kangura de enero y febrero de 1994, en Taylor, Sacrifice, (1999) pp. 166-167.

[23]  Ver declaración de Thomas Kamilindi, en John Berry and Carol Berry, eds. Genocide in Rwanda: A Collective Memory (Howard UP: 1999), p. 14.

[24]  Jones, Gender and Genocide in Rwanda, p. 78.

[25]  La fiscalía contra Pauline Nyiramasuhuko et.al. Summary of Judgement and Sentence, Trial Chamber II, TPIR-98-42-T , 24 junio 2011, pp. 11-12

[26]  Prisca Mukagashugi, entrevistado en Butare 19 de julio de 1995, Rwanda Not so Innocent, p. 50.

[27]  La fiscalía contra Pauline Nyiramasuhuko et.al. Summary of Judgement and Sentence, Trial Chamber II, TPIR-98-42-T ,24 June 2011, p. 7.

[28]  Testimonio de Grace Hagenimana, entrevistada el 19 de julio de 1995, Rwanda Not So Innocent, page 51.

[29]  Entrevista de Nyiramasuhuko por Lindsey Hilsum, BBC, campamento de refugiados de Bukavu, a mediados de agosto de 1994, citada en Rwanda Not so Innocent (1995) pp. 57-58.

[30]  La fiscalía contra Pauline Nyiramasuhuko et.al. Summary Judgement, p. 7.

[31]  Testimonio de Aurelie Nyirazina, entrevistada en Butare, 17 de julio de 1995, Rwanda Not So Innocent, p. 53.

[32]  Testimonio de Marguerite Musabyimana, entrevistada en Butare 17 de julio de 1995, Rwanda Not So Innocent, p. 56.

[33]  Novogoratz, Blue Sweater, p. 166.

[34]  “Agnes Ntamabyariro” vista del juicio [último acceso 9 de enero de 2013] [http://www.trial-ch.org/en/resources/trial-watch/trial-watch/profiles/profile/861/action/show/controller/Profile/tab/fact.html](http://www.trial-ch.org/en/resources/trial-watch/trial-watch/profiles/profile/861/action/show/controller/Profile/tab/fact.html)

[35]  Rwanda Not So Innocent, p. 58.

[36]  “Former Rwandan justice minster sentenced to life imprisonment”, Hirondelle, Kigali, 20.01.09 [último acceso electrónico 10 de enero de 2013]: http://www.hirondellenews.org/ictr-rwanda/409-rwanda-justice/22725-en-en-200109-rwandajustice-genocide-former-rwandan-justice-minister-sentenced-to-life-imprisonment1177611776

[37]  “World: Africa ‘Hate radio’ journalist confesses,” BBC News, 22 de junio de 1999 [consultado electrónicamente 10 de enero de 2013] [http://news.bbc.co.uk/2/hi/africa/375187.stm](http://news.bbc.co.uk/2/hi/africa/375187.stm); Dele Olojede, “When Words Could Kill,” Newsday, 4 mayo 2004 [consultado electrónicamente 9 de enero de 2013] [http://www.pulitzer.org/archives/6922](http://www.pulitzer.org/archives/6922);

[38]  “Rwanda Jails Journalist Valerie Bemeriki for Genocide,” BBC News (14 de diciembre de 2009) [último acceso electrónicamente 10 de enero de 2013] [http://news.bbc.co.uk/2/hi/africa/8412014.stm](http://news.bbc.co.uk/2/hi/africa/8412014.stm)

[39]  DesForges, Leave None to Tell, p. 189; Chretien, Les Medias, p. 329; Dina Temple-Raston, Justice on the Grass: Three Rwandan Journalists, Their Trial for War Crimes (New York: Free Press 2005) p. 131.

[40]  Véase, por ejemplo, African Rights, Death, Despair and Defiance, pp. 895-930.

[41]  La fiscalía contra Athanase Seromba, “Judgement”, International Criminal Tribunal for Rwanda, TPIR-2—1-66-I (diciembre de 2006) pp. 60-72; y African Rights, “Information bulletin No. 2 of African Rights (P-5)” p. 15.

[42]  Rwanda Not So Innocent, p. 84.

[43]  Testimonio de Domatile Mukabanza, entrevista en Butare, 21 de julio de 1995, Rwanda Not so Innocent , p. 88.

[44]  Testimonio de Veneranda Mukankuse, entrevista en Huye, Butare, 22 de julio de 1995, Rwanda Not So Innocent, p. 92.

[45]  Dele Olojede, “Testing Their Faith (part two)”, Newsday, mayo 3, 2004 [último acceso 10 de enero de 2013] [www.pulitzer.org/archives/6919](http://www.pulitzer.org/archives/6919); Jessica Harrah, “Memorandum for the Office of the Prosecutor of the TPIR: Trial of ‘the Butare Four’ in Belgium”, Case Western Reserve School of Law International War Crimes Project (primavera 2003) p. 12, fn. 44.

[46]  Dele Olojede, “Testing Their Faith (part 2)”, Newsday (3 mayo 2004), p. 4 de 6 y p. 2 de 6; testimonio de “a worker at the monastery” en Rwanda Not So Innocent, p. 99.

[47]  Harrah, Memorandum for the Prosecutor, pp. 9-12.

[48]  Rwanda Not so Innocent, pp. 60 y 63, citando, entre otras, la entrevista con Callixte Rwamunyana, Kigali, 2 de agosto de 1995.

[49]  La fiscalía contra Bernard Munyagishari, “Indictment”, International Criminal Tribunal for Rwanda (Case No. TPIR-2005-89-I, septiembre 2005) p. 11.

[50]  Chantal Mukazayire, entrevistada en Tumba, Butare, 29 de julio de 1995, Seraphine Nyiragwize, entrevistada en Tumba, Butare, 28 de julio de 1995, Nsazurwimo, entrevistada en Tumba, Butare, 28 de julio de 1995, y Marie Harerimana, entrevistada en Butare, 22 De Julio De 1995, Rwanda not so innocent, pp. 123-127.

[51]  “Rwanda/Gacaca – Harsher Sentence on Appeal for Woman Doctor”, Hirondelle 30 de octubre de 2009: http://www.hirondellenews.org/ictr-rwanda/411-rwanda-gacaca/23715-en-en-301009-rwandagacaca-harsher-sentence-on-appeal-for-woman-doctor-1276612766 [última consulta el 10 de enero de 2013]:.

[52]  James McKinley Jr., “As Crowds Vent Their Rage, Rwanda Publicly Executes 22,” New York Times (25 de abril de 1998), p. A1. Estas fueron las únicas penas de muerte sentenciadas por el gobierno post-genocidio, que poco después suspendió y, a continuación, abolió la pena de muerte en 2007.

[53]  Testimonio de Bernadette Uwamariya y Pascasie Mukankundiye, entrevistadas en Butare, de 30 de julio de 1995, Rwanda Not So Innocent,p. 27.

[54]  Testimonio de Seraphine Mukamana, entrevistada en Huye, Butare, 21 de julio de 1995, Rwanda Not so Innocent, p. 93.

[55]  Jones, Gender and Genocide in Rwanda, p. 88

[56]  Sara E. Brown, But She Was Pregnant: The Woman-and-Mother Narrative in Genocide, Armenian Weekly (publicado el 2 de Marzo del 2012) www.armenianweekly.com/2012/03/02/woman-and-mother-narrative/

[57]  Carrie Sperling, Mother of Atrocities: Pauline Nyiramasuhuko’s Role in the Rwandan Genocide, Fordham Urban Law Journal (2006) 33, pp. 637 y 651. La sentencia del caso de Butare (fiscalía contra Nyiramasuhuko et.al. Judgement, TPIR-98-42-T, 24 junio 2011) es considerada notable por su imparcial tratamiento de Nyiramasuhuko junto a sus co-demandados masculinos: ver Mark Drumbi, “’She Makes me Ashamed to Be a Woman’: The Genocide Conviction of Pauline Nyiramasuhuko, 2011”, Michigan Journal of International Law (2013).

[58]  Hogg, Women’s participation, p. 90 citando a Judithe Kanakuze, National Coordinator of Reseau des Femmes, Kigali.

[59]  Lisa Sharlach, “Gender and genocide in Rwanda: women as agents and objects of genocide”, Journal of Genocide Research (1999) 1(3), p. 389.

[60]  Novogratz, Blue Sweater, p. 163.

[61]  Hogg, Women’s participation. p. 89

[62]  Jones, Gender and Genocide, p. 88.

[63]  Peter Landesman, A Woman’s Work, New York Times Magazine (15 de septiembre de 2002) p. 16 de 17, [último acceso enero de 2013]: www.nytimes.com/2002/09/15magazine/a=woman-s-work

[64]  James Waller, Becoming Evil: How Ordinary People Commit Genocide and Mass Killing, (Oxford: 2007) p. 269.

4 comentarios sobre “El papel de las mujeres líderes en el genocidio de Ruanda

  1. Me quedo con esta cita: “fue definido como aceptable culpar a los Tutsi como grupo por todos los males de la sociedad y usar la violencia para lidiar con este ‘problema’. Quizá la estoy estirando demasiado, pero me parece similar a la situación de deshumanización de los varones, pero cuando lees las declaraciones de quienes dicen que es mejor tener inocentes en la cárcel que mas victimas, o de las celebres consignas “machete al machote” o “ante la duda tu la viuda” me parece que se sigue ese camino ideológico de que si la sociedad esta mal es por los hombres y hay que hacer lo necesario para cambiarlo, por mucho que sea una minoría, que obviamente incluye mujeres.

    Concuerdo con el análisis final, decir que las mujeres por el hecho de ser mujeres no son capaces de actos tan atroces, es un insulto a la inteligencia de cualquiera, antes que mujeres son humanos, y cualquier humano es capaz de esos actos.

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