Denuncias falsas (I). La perspectiva histórica

0,01%. Éste es el número oficial de denuncias falsas por violencia de género, repetido insistentemente por activistas y medios de comunicación.[1] Mucho se ha dicho y escrito sobre lo poco útil que resulta para estimar el número real de denuncias falsas existente.[2] Entre algunos de los argumentos encontramos que el porcentaje desestima la posibilidad de que haya un número indeterminado de denuncias falsas entre aquellas que se retiran, archivan o terminan en sentencia absolutoria, una suma que supone anualmente entre el 75% y el 80% de todas las denuncias por violencia de género,[3] sin contar los “falsos positivos” de algunas sentencias condenatorias.[4]

También se ha argumentado que el 0,01% no cuenta todas las denuncias falsas, sino únicamente aquellas que son perseguidas de oficio,[5] y que existe poca voluntad en este aspecto incluso cuando existen indicios claros de falsedad.[6] No es sorprendente, pues hay jueces que afirman abiertamente que este tipo de denuncias no existen,[7] o que el varón es “un animal de bellota que no cree en la igualdad”,[8] sin que se cuestione su idoneidad para el puesto. De alguna forma la revelación de que este 0,01% es, siendo generosos, una media verdad, no parece calar entre los medios de comunicación, que con excepciones muy puntuales,[9] han cerrado filas en torno a la cifra.

La validez de este porcentaje como representativo de la denuncia falsa en España es irrelevante para la prensa. El 0,01% pasa de ser un dato a convertirse en un mensaje: las mujeres españolas no mienten sobre este tema. Por tanto, y pese a los incentivos, la ley no se abusa, no perjudica a nadie y queda justificada. El 0,01% supone una necesidad política, y el que sea arropado por la prensa sin cuestionamiento parece invertir la función tradicional del “cuarto poder” para convertirlo en protector de la clase política, al menos en esta área.

El presente artículo, sin embargo, no tratará las denuncias falsas por violencia de género, sino que explorará tres casos históricos para poner en cuestión la narrativa de que las mujeres, al contrario que los hombres, no denuncian en falso incluso cuando existen incentivos económicos para ello o simplemente por enemistad personal.

Denuncias falsas por estupro a fines de la Edad Media (y más allá)

En el período tardomedieval encontramos un fenómeno poco conocido: las denuncias falsas por estupro, entendido como tener relaciones sexuales con una virgen mediante el engaño o la seducción, generalmente empleando la promesa de matrimonio. En un artículo dedicado a él podemos leer:

Así, en el último cuarto del siglo XV el Ayuntamiento de Bilbao se hizo eco de una práctica que se estaba extendiendo: mujeres que habían mantenido relaciones sexuales, y que no se ponían el obligatorio tocado en la cabeza para indicar al resto de su comunidad que ya no eran vírgenes, iniciaban una nueva relación con otro varón y luego lo demandaban judicialmente por una desfloración que había tenido lugar con anterioridad. A su vez en la legislación navarra del siglo XVII se indicaba que se recurría a estas prácticas «con ánimo de escoger maridos a su gusto» o para ser dotadas.[10]

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