La cultura del victimismo y los problemas del varón. ¿Cómo identificar la reivindicación legítima?

Una mujer denuncia haber sido víctima de la trata, otra protesta porque le sirvieron una fanta y a su novio una cerveza cuando pidieron lo contrario. En algunos círculos ambas son víctimas, de distinta gravedad como es obvio, pero víctimas al fin y al cabo. Para la mayoría de nosotros, por el contrario, el segundo escenario es un claro caso de victimismo. Aunque podemos separarlos de forma intuitiva, no existen parámetros que determinen quién puede o no considerarse víctima, pues cada sociedad e incluso grupos dentro ella establecen la línea en un punto diferente.

Este artículo tratará de identificar dónde se encuentra esta separación para la mayoría de nosotros en materia de género, a fin de diferenciar entre las reivindicaciones legítimas y las que emanan del victimismo. Aunque se utilizarán ejemplos referidos al feminismo o a cuestiones raciales por ser los más  abundantes y conocidos, la finalidad es evitar que los reclamos en cuanto a problemas masculinos terminen cometiendo los mismos excesos. Ambos sexos sufren de discriminación y problemas específicos, pero tan perjudicial puede ser el victimismo como rechazar todas las reivindicaciones etiquetándolas de tal forma.

Para sentar las bases de esta entrada me basaré en los artículos de Jason Manning y Bradley Campbell “Microaggression and Moral Cultures” (Microagresión y cultura moral) y “Campus Culture Wars and The Sociology of Morality”(Guerras culturales de los campus universitarios y la sociología de la moralidad), que terminarían expandiéndose en el libro The rise of victimhood culture (El surgimiento de la cultura del victimismo). Lo que leerán aquí será por necesidad una versión simplificada, de modo que recomiendo consultar los artículos originales a quienes deseen una explicación más detallada de los conceptos que aquí se discuten.

Las culturas del honor, la dignidad y el victimismo

Los autores señalan que las sociedades occidentales han pasado de una cultura del honor a una de la dignidad, pero que recientemente está surgiendo un nuevo tipo de cultura para dirimir conflictos: la del victimismo. Veamos en qué consiste cada una:

Las culturas del honor son aquellas donde generalmente se reacciona con violencia ante transgresiones menores para obtener una reputación de agresividad con la que evitar el robo o abuso por parte de otros. Suelen encontrarse en aquellos lugares donde el Estado es débil y por tanto el individuo ha de defenderse por su cuenta o con la ayuda de su grupo familiar. Un factor que no siempre está presente pero que eleva la respuesta violenta es que la riqueza pueda robarse con facilidad, como por ejemplo el ganado o las drogas. El ofendido debe defender su honor sin acudir a las autoridades, en caso de hallarse disponibles, y no vengarse se considera una debilidad moral. Sobre este tipo de culturas ya hablamos en el artículo que trató las deudas de sangre, por lo que no me extenderé, pero en Occidente sólo permanecen en comunidades minoritarias y marginales.

La cultura del honor dio paso a la cultura de la dignidad. Si bien el honor podía perderse fácilmente, la dignidad se considera inalienable en estas sociedades. Se espera que los insultos y las transgresiones menores sean ignoradas o resueltas entre las partes mediante el diálogo. Para transgresiones mayores como el robo, lo esperado es apelar a la justicia en lugar de buscar venganza por cuenta propia. Al contrario que en el caso de las culturas del honor, aquí el Estado tiene un monopolio efectivo de la violencia, lo que influiría en su desarrollo. La mayoría de las sociedades occidentales se rigen por la cultura de la dignidad, en la que nos encontraríamos ahora.

Finalmente, en los últimos años ha emergido lo que los autores denominan “la cultura del victimismo”, que suele desarrollarse en entornos con diversidad cultural y niveles relativamente altos de igualdad bajo una fuerte administración que imparte justicia, razón por la que emergió primero en los campus universitarios (refiriéndose a los estadounidenses) y allí es más prevalente que en cualquier otra parte.

Que la cultura del victimismo florece en aquellos entornos con mayor igualdad es un aspecto clave: sus adalides no se encuentran entre los pobres, sino entre personas de clase media y alta, principalmente en la universidad. Las microagresiones son tratadas con gran interés justamente porque las diferencias entre iguales tienden a magnificarse y se consideran mucho más intolerables, por pequeñas que sean.

Otro elemento de importancia es que ser víctima confiere estatus, por lo que cada vez más personas se identifican como tales, o como quienes están del lado de la víctima, y pueden llegar a exagerar o incluso inventar las agresiones o discriminación en esta búsqueda de estatus, pues como afirmó Daniele Giglioli en Crítica de la víctima:

Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable (…) la posibilidad de declararse tal es una casamata, un fortín, una posición estratégica para ser ocupada a toda costa. La víctima es irresponsable, no responde de nada, no tiene necesidad de justificarse: es el sueño de cualquier tipo de poder.

A fin de impedir que el grupo percibido como agresor pueda también recurrir al estatus de víctima, se desarrolla un lenguaje con definiciones que lo hacen imposible. Por ejemplo, para la mayoría de las personas el racismo es la discriminación por raza, sin importar qué raza sea ésta. En la cultura del victimismo, sin embargo, para tratarse de racismo debe alinearse con el sistema institucional y simbólico del grupo dominante. De esta forma se hace imposible que un blanco en Europa o Estados Unidos pueda ser víctima de racismo, incluso cuando fuera brutalmente golpeado en una agresión racialmente motivada. Y sin embargo, preguntar a un español de origen asiático “¿de dónde eres realmente?” sería una microagresión que podría tildarse de racista sin problema, incluso si proviene de la ignorancia y no tiene la intención de discriminar.

Otra característica a destacar es la apelación a la autoridad. Si en la cultura del honor se reaccionaría a las microagresiones con violencia, y en la de la dignidad podrían ser ignoradas, en la cultura del victimismo se apela a la autoridad para reparar el daño y/o castigar a quien se percibe como el agresor. Si la autoridad no reacciona, se apela a otros grupos a fin de ejercer mayor presión para que termine actuando. Esta microagresión no se evalúa como un hecho aislado, sino como parte un episodio más en un cúmulo de microagresiones que al ser sumadas definirían la experiencia de alguien marginado u oprimido.

Otra forma de magnificar un evento aislado sería la colectivización: cuando una agresión individual se eleva a la categoría de agresión intergrupal o colectiva sin que existiera motivación o intención. El ejemplo más claro lo encontramos cuando se adjudican motivos “de género” a cualquier agresión de un hombre a su pareja o expareja femenina, incluso si dicha agresión es provocada por un problema mental, abuso de sustancias o cualquier otro motivo. Lo interesante para el caso español es que (siguiendo estos parámetros) las instituciones estarían contribuyendo a la cultura del victimismo, como muestra que el Tribunal Supremo sentenciara que no es necesario probar motivación “machista” o “de género” para catalogar como tal cualquier agresión de un hombre hacia su pareja o expareja femenina. Por no mencionar que secciones como Micromachismos en ElDiario.es animan a la denuncia pública de incidentes personales para elevarlos a la categoría de agresión colectiva.

Finalmente, la cultura del victimismo no sería única de la izquierda (aunque allí sea dominante) como muestra la relativa ocurrencia de bulos sobre agresiones o abusos cometidos por inmigrantes que a menudo también se elevan a la categoría de conflicto entre grupos, independientemente de la motivación.

Cómo identificar una reivindicación legítima

Cuando al inicio del artículo afirmé que exploraría dónde se encuentra la línea para la mayoría de nosotros, me refería a la cultura de la dignidad, por lo que estamos delimitando cómo puede una reivindicación permanecer en ella sin pasar a la cultura del victimismo.

La parte más obvia es que el problema en que se base dicha reivindicación sea real, no exagerado, manipulado o fabricado, algo más común en la cultura del victimismo por la búsqueda de estatus que otorga ser víctima. Por otra parte, habría que evitar la colectivización de agresiones o interacciones donde no existe tal motivación o intencionalidad. Por ejemplo los conocidos “manspreading” o “mansplaining” no tienen intención de agredir o mostrar supremacía intergrupal, y el uso de estos términos se enmarca claramente dentro de la cultura del victimismo. En el caso de una agresión física sin intencionalidad machista, es necesario subrayar que el victimismo no estaría en protestar la agresión en sí, sino en transformarla en una agresión colectiva o intergrupal cuando no es el caso.

También resulta de interés para esta sección la respuesta que uno de los autores proporcionó cuando se le preguntó si podría enmarcarse el Movimiento por los derechos civiles de Estados Unidos en la cultura del victimismo: una comparación que se hizo porque el movimiento apelaba a las autoridades e intentaba ganar la simpatía de terceros. La réplica fue negativa, basándose en que estos movimientos buscaban la igualdad, mientras que en la cultura del victimismo se busca protección (por ejemplo espacios seguros). 

Yo matizaría que dicha protección sería exclusiva para un grupo determinado, que es justamente lo que rompe el principio de igualdad. Como he defendido en otros artículos, el intercambio tradicional entre los sexos ha sido el de estatus por protección, y en la actualidad se busca que hombres y mujeres tengan las mismas oportunidades para obtener estatus (lo cual es perfectamente legítimo) o incluso imponer el mismo estatus mediante cuotas (más discutible), pero todavía se quiere mantener una protección especial para la mujer que se niega explícitamente al hombre.

¿Dónde quedarían, pues, las reivindicaciones para los problemas masculinos?

En principio, pedir el fin de la discriminación legal en ciertos ámbitos (integridad genital, trata de personas, servicio militar obligatorio, violencia en la pareja, etc.) sería legítimo, pues dicha discriminación es clara y no se está pidiendo una protección especial.

Si se trata de problemas que afectan abrumadoramente al varón pero no provienen de la discriminación institucional (por ejemplo las muertes laborales, el suicidio, el sinhogarismo, etc.), dependería de si la solución propuesta es exclusiva y por tanto, desigual. Si pedir una mayor inversión en la prevención de riesgos laborales excluyera a la mujer porque las muertes masculinas “son más” (95%) o mediante otra justificación, se estaría cayendo en la cultural del victimismo. Una inversión que incluyera a todos todavía beneficiaría mayoritariamente a los hombres sin suponer una protección especial ni descuidar a ese 5% de mujeres que se encuentra en el mismo barco: todo el mundo gana. Debo recordar que por ejemplo en Aragón se duplicaron las muertes en el trabajo tras disminuir un 60% la inversión en prevención de riesgos laborales para las pymes, por lo que la reivindicación no es artificial.

Finalmente, ¿qué hay de las quejas hacia los cada vez más numerosos artículos en los medios que definen al varón por los actos una minoría criminal o abusiva? ¿O de aquellos que definen la masculinidad sólo por sus rasgos más negativos? Como vimos anteriormente la cultura del victimismo consiste, entre otras cosas, en atribuir intencionalidad donde no la hay. Por desgracia he recogido muchos casos en los medios donde sí existe intencionalidad y se señala negativamente al hombre como grupo. Por ejemplo el artículo de El País titulado “El varón: arma de destrucción masiva”, que es uno de muchos.

En estos casos la denuncia es legítima y no veo razón por la que debería considerarse victimismo, igual que ocurre con las generalizaciones negativas hacia las mujeres por lo que haga una minoría de ellas, siendo  de mayor gravedad cuando dichas generalizaciones provienen de medios de comunicación masivos o instituciones.

Dónde podríamos encontrar entonces el victimismo en los problemas del varón:

  • En la reivindicación de políticas que pidieran una protección o derecho exclusivo para el hombre excluyendo de forma explícita a la mujer. Las únicas excepciones aquí serían aquellas donde la biología hace extremadamente difícil, cuando no imposible, que pueda ser de otra forma. Por ejemplo medidas para el fraude paternal, o en el caso femenino la protección relacionada con el embarazo.
  • Cuando la agresión de una mujer a un hombre se trata como una agresión colectiva. He de señalar que por lo general, cuando personas antifeministas presentan este tipo de noticias en las redes sociales, lo hacen no tanto para hablar de una agresión colectiva como para combatir la narrativa de la superioridad moral femenina (de ahí la sarcástica expresión “seres de luz”, que suele acompañar estas publicaciones).
  • Cuando afirmamos que un hombre ha sido discriminado por serlo sin contar con evidencia suficiente para apuntar que efectivamente así ha sido.

Seguir estos parámetros no nos ofrece una solución definitiva, ya que siempre habrá algo de subjetividad y de escenarios no contemplados en este artículo, pero al menos proporciona un marco útil con el que seguir trabajando y separar con mayor exactitud el grano de la paja.


Nota. Aunque “victimhood culture” podría traducirse como “cultura de la víctima” o “cultura de ser víctima”, lo he traducido como “cultura del victimismo” por la connotación de explotar el hacerse la víctima, más que serlo. El libro de los mismos autores “The rise of victimhood culture” comienza con el relato de varias ofensas que fueron fabricadas para elevar la condición de víctima, propia o de un grupo, por lo que considero adecuada esta traducción.

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10 respuestas a La cultura del victimismo y los problemas del varón. ¿Cómo identificar la reivindicación legítima?

  1. Enric Carbó dijo:

    Me gustaría adjuntar un fragmento del capítulo “El negacionismo SAP como expresión del relativismo postmodernista” que escribí para el libro “Manual del Síndrome de Alienación Parental”:

    Los movimientos de liberación de la mujer no surgieron tanto para deshacer un estado de cosas viciado que hubiera podido ser diferente sino que señaló la aparición un estado de cosas totalmente nuevo que no tenía precedentes. Que antes de esas fechas no hubiera habido ningún movimiento femenino no se explica porque las mujeres tuvieran el cerebro lavado o fueran sumisas, sino porque la liberación de la mujer –entendida por el feminismo clásico en el sentido de la mujer como agente libre- carecía de significado mientras no estuvieran claramente diferenciadas la biosfera de la noosfera. Sólo en ese momento, y no antes, los derechos de las mujeres como agentes libres tenía sentido y deseabilidad. Allá donde surgió la racionalidad pluralista gracias a la Ilustración, el derecho empezó a reemplazar las relaciones sociales basadas en el poder (esclavitud, servidumbre, etc.), las cuales empezaron a verse como problemáticas e intolerables.

    La teoría de la imposición masculina
    Las corrientes feministas que niegan el SAP suelen enfrentarse a una paradoja para la que, desde su perspectiva, carece de solución: La cuestión de por qué tantas mujeres de otros tiempos y lugares han elegido valores ajenos a la liberación, por ejemplo las “Bernarda Alba”, que defienden el tradicionalismo y rechazan unos valores que no encajan con su visión pluralista postmoderna. La elección de estos valores “no-feministas” se atribuye entonces a una fuerza externa opresiva (y no a una elección deliberada co-creada por las mujeres frente a la dificultad de la vida en la biosfera). Postular esta fuerza externa, la teoría de la imposición, define a la mujer como moldeada por el Otro, que les lavó el cerebro y las sometió por la fuerza. Se asumió que este Otro malévolo es el Hombre Genérico y se puso en marcha en los departamentos universitarios de los Gender Studies los miles de Estudios sobre la Opresión con el extraño fin de devolver a las mujeres el poder, definiéndolas, en primer lugar, como impotentes. Estos Gender Studies son los que proporcionan el fundamento intelectual al negacionismo postmoderno del SAP.
    La visión de la historia, según este feminismo, es que la mujer es la Víctima Eterna, y ya es hora de devolverle el poder. Sin embargo, al definirlas como moldeadas por el Otro lo que hacen es disolver su poder. En lugar de estudiar como hombres y mujeres co-crearon la asignación de los roles de género como respuesta adaptativa a las condiciones de la biosfera, rebuscan en la historia una respuesta sólo para mujeres. Como desde su ideología no la encuentran, concluyen que esa falta de respuesta no puede ser lo que las mujeres realmente quieren y se debe adscribir a la opresión masculina, sustrayéndola así de las mujeres. Estos planteamientos, pretendiendo dar poder a las mujeres, por definición las priva de él, y ese feminismo cae en interminables círculos de impotencia intentando recuperar un poder que primero han tenido que ceder. A estas feministas victimistas les cuesta mucho asumir la responsabilidad de su propia historia y elecciones. Se puede comprender que cueste asumir responsabilidad por un pasado -y un presente- de guerras y opresión que aún dista mucho de ser deseable. Pero la cura no reside en la recuperación de un pasado previo al patriarcado presentado a través de una ideología de culpabilidad, sino en apoyar una liberación que aún se resiste. El “enemigo” no es algo que los hombres hicieron ayer a las mujeres, sino algo que una evolución aún insuficiente hizo a ambos.

    Del pluralismo postmoderno a la fragmentación narcisista. La victimitis.
    Estos ejemplos de la teoría de la imposición forman parte de una tendencia favorecida por ciertas corrientes postmodernistas que podríamos calificar de esencialistas o de “políticas de la identidad”. El postmodernismo puso luz en grupos marginados y visiones no tenidas en cuenta anteriormente con el resultado de un pluralismo más abarcador y democrático. Sin embargo éste pluralismo puede degenerar en una regresión etnocéntrica que viene a decir que no se puede hablar de los negros si no eres negro, que hay que ser una mujer para saber cualquier cosa de las mujeres, lo mismo que de los gays o de los emigrantes. En otras palabras, para las políticas de la identidad el formar parte de un grupo es una experiencia que en primer lugar te separa de los que no están en él y sólo te une a sus miembros. En segundo lugar asumes que tus triunfos y fracasos en tu vida son una versión de las luchas de tu grupo –“lo personal es político”-, y en tercer lugar mantienes que tu grupo tiene intereses que han sido dejados de lado o ha sido directamente agredido, por tanto hay que cambiar como se ve el grupo desde fuera. Esta aceptación parece que debe conseguirse condenando y culpando al grupo al cual se busca su aceptación1. Es la emergencia de lo “políticamente correcto” que surgió en los campus norteamericanos donde triunfó el deconstructivismo postmodernista y ha dado la base al negacionismo del SAP.
    Este esencialismo se inscribe en una tendencia aún más amplia de nuestra sociedad que se puede denominar como la cultura de la queja, la excusa del abuso o la victimitis. Consiste en tomar el modelo de las tragedias de las víctimas reales (esclavitud, discriminación sexual, delincuencia, violencia de género…) para aplicarlo al más ligero insulto al hipersensible ego del miembro del grupo. El narcisismo en todo su esplendor. El resultado es vindicar que uno no es responsable de sus propios problemas, ya que es una víctima (aunque si voy a reprochar a otro de mis problemas, ése sí que debe ser responsable de lo que hace, si no, no se puede empezar el juego). El estatus de víctima otorga muchas ventajas, básicamente ser acreedor de derechos especiales, es decir: derechos sin deberes. El problema de ese juego es que si se supera este estatus entonces se pierden esos derechos, con lo cual conviene seguir eternamente en la situación de víctima. La denegación crónica de responsabilidades que practica cierto postmodernismo, lejos de aliviar la baja auto-estima de la víctima, asegura su perpetuación como tal.
    La forma más fácil y rápida de asegurarse derechos especiales es pues la de competir por un estatus encubierto de víctima, porque esto permite al grupo victimizado reclamar compensaciones sin dar previamente (porque ya ha sufrido tanto…), de ahí la gran popularización de la cultura de la queja o la victimitis. Dondequiera que haya víctimas tiene que haber forzosamente victimarios u opresores. Para esta reivindicación gratuita de derechos sin deberes, la provisión de compensaciones sobre todo viene del hombre blanco heterosexual y todos los grupos se ha abastecido de él para declararse víctima de su “privilegio”. La elección de Donald Trump parece ser la respuesta de la clase trabajadora a que la izquierda progresista haya deslizado su eje central hacia las políticas de la identidad.
    La sociedad premoderna solía culpabilizar a la víctima, el postmodernismo extremo la crea. Cuando encuentra cualquier clase de disparidad entre las personas, asume que esas diferencias tienen que haber sido impuestas por alguna fuerza vengativa u opresora. Por supuesto que hay este tipo de fuerzas, pero no toda diferencia es atribuible a una fuerzas opresoras. Este postmodernismo falla en diferenciarlo y por lo tanto no le queda más que recurrir al binomio opresor/víctima para poder explicar la realidad social.
    Aunque el pluralismo postmodernista ha defendido el noble objetivo de valorar las culturas por igual y defender la diversidad, también ha estimulado el nihilismo parasitario que critica todos los discursos como perspectivas (ocultando la suya) y el narcisismo emocional hiperindividualista de “a mi nadie me dice lo que tengo que hacer. Conozco mis derechos, (olvido mis responsabilidades)”. Si toda verdad es relativa y moldeada culturalmente, entonces ninguna es vinculante ni tiene poder sobre nada. Por eso se cuestiona la universalidad de la ciencia y, de paso, la universalidad de los Derechos Humanos. De ahí la invilización de los derechos de los menores: la responsabilidad individual de un maltratador, si es mujer, queda diluida ante la cuestión política del SAP como backlash neomachista

    • Enric Carbó dijo:

      Notas: El libro “Manual del Síndrome de Alienación Parental” està en el editorial Paidos. Algunos paràgrafos del capítulo citado arriba son del pensador Ken Wilber

    • Seven dijo:

      A mi los motivos para la negacion del SAP me recuerdan mucho a las posturas negacionistas del holocausto

      Aquellas personas que se niegan a reconocer lo evidente lo hacen por un interes ideologico

      Pretender poder seguir aferrados a una cosmovision de la sociedad en la cual como la mujer es siempre la victima……….

      la existencia del SAP les plantea casi tantos problemas como la existencia de las camaras de gas a los neonazis negacionistas.

      La existencia del SAP implica que existen mujeres que valiendose de recursos legales y de las instituciones provocan un gran daño tanto a hombres adultos como a niños.

      Es mas. Todos sabemos que son la Ley y el Estado los dos factores con mas fuerza de la sociedad.

      Recientemente en los disturbios de Cataluña alguien ha recordado que el Estado tiene el MONOPOLIO de la fuerza

      Y asi es.

      Por tanto si El Estado y la Ley defienden a la esposa el debil es………

      Y claro. Entonces todo su discurso se tambalea.

      Se tambalea el discurso de los progres, rebeldes, liberales y feministas posmodernos que por la mañana ANIMAN a todo el mundo a ir a denunciar a un hombre por violencia de genero para que lo encarcelen y le pongan una orden de alejamineto, y a la tarde se manifiestan como anarquistas, y acratas exigiendo la disolucion de los cuerpos represisos y el desmantelamiento del sistema peniteciario

      Antes a esa gente se les llamaba julais, cretinos o gilipoyas.

      Ahora pretenden ser los nuevos modelos a imitar por el resto de la sociedad.

      A esa gente les sobra el SAP

      Les sobran los accidentados mortales en el trabajo

      Les sobran los suicidados, los sin techo. Los varones encarcelados.

      Con sus institutos de la mujer, su Estado, y sus medios de propaganda y sus neoliberales partidos feministas les basta y les sobra.

      No estan en investigar la verdad. Prefieren ir a todos lados bien acompañados por otras personas que comparten el mismo interes por proteger y defender la verdad …..oficial.

      Como son laicos y viven en una sociedad secularizada prefieren no ir a misa pero comulgar con todo aquellos que les dictan sus lideres.

      Lideres o lideras

      Y por supuesto, son feministos y feministas

      ¿alguien da mas?

      • ecarbo dijo:

        Sobre los negacionistas del SAP aquí hay otro capítulo del libro donde trato de indagar su fanatismo, dado que no es un negacionismo científico. Propongo dos hipótesis para tal fanatismo, la personal, basada en el trauma no resuelto, cosa que distorsiona la percepción de uno mismo y de los otros (por ejemplo la herida narcisista), y la hipótesis polítics, de la que ésta bitácora de HGyDC aporta tantos datos de buena calidad.
        http://www.asemip.org/system/files/597/original/Carb%C3%B3%20Dos%20hipotesis%20SAP%20mayo%202011.pdf?1343668348

      • ecarbo dijo:

        Adjunto aquí la parte final de otro capítulo del libro donde hablo del victimismo y su relación -en este caso- con el feminismo que niega el Síndrome de Alienación Parental:

        La oposición de ciertos grupos a la admisibilidad del SAP, que lo consideran un ataque a la mujer, es precisamente porque creen que cuestiona su fuente tradicional de poder: la conexión con los hijos. No importa que los investigadores del SAP insistan en que éste no tiene género y que el maltrato lo pueden ejercer tanto mujeres como hombres. Para esos lobbies, la cuestión es otra. Las nuevas medidas legislativas sobre género que antes comentábamos (divorcio, Custodia Compartida, violencia de género, paridad, cuotas, etc.) se justifican en base a esa primera concepción del poder como aquello que las mujeres no han tenido. Es una concepción parcialmente cierta, es bien sabido lo que cuesta alcanzar la igualdad de género. Esta concepción, cuando esos lobbies la absolutizan, pasa a considerar la mujer como la víctima eterna. Esta condición de víctima es la que políticamente la hace acreedora de los derechos especiales que esa legislación asimétrica le otorga.
        Nuestra época postmoderna contempla una gran diversidad de identidades, en contraste con la antigua homogeneización ‐tantas veces a la fuerza‐ de la época moderna y pre‐ moderna. En medio de esta complejidad, acudir al victimismo es un recurso político de muchos grupos para tratar de conseguir derechos especiales, es decir, sin deberes. Ahí vemos esa paradoja tan frecuente en la postmodernidad: en nombre de la diversidad y de la pluralidad, se produce una regresión etnocéntrica de ciertos grupos, otrora marginados, que pretenden absolutizar sus derechos en detrimento de otros, en este caso, de los derechos de la infancia
        La formulación del SAP, al considerar que la mujer, además de víctima puede ser victimaria, es un ataque directo a la concepción de la mujer que esos lobbies construyen. Por eso estos grupos están más preocupados por la problemática genérica de cómo se concibe a la mujer (“el SAP es un constructo neo‐machista, su formulación es un ataque a las mujeres porque las considera malas”) que por la problemática concreta de algunos menores con nombres y apellidos que están sufriendo maltrato psíquico (“daños colaterales”, “coste soportable” en esa lucha feminista). Lo terrible de soslayar esa problemática concreta es que, al olvidar los deberes, ese maltrato concreto sale impune y se perpetúa.
        Por supuesto, al maltratador le va de perlas que una cuestión política ‐”hay un backlash neo‐machista que se opone a los avances de las mujeres”‐ le permita eludir su
        responsabilidad personal ante el derecho a la integridad del menor. Máxime teniendo en cuenta que en este tipo de delitos el maltratador difícilmente suele admitir su responsabilidad, se siente legitimado en sus acciones y tiende a invertir la carga de la prueba, revictimizando a su víctima (ahora no nos referimos al menor sino al progenitor rechazado: “algo habrá hecho para que lo odie, no yo”).
        En otro escrito dijimos que “a los negacionistas se les multiplican las cabezas de su hidra”, igual que a Hércules, que por cada cabeza que le cortaba al monstruo le salían otras tres. Es por eso que ya se están viendo obligados a decir “el SAP u otras denominaciones”. El problema no es la cuestión epistemológica, es decir, que algunos científicos, a partir del fenómeno de la Alienación Parental, lo hayan formulado como un síndrome. El problema para el lobby no es el SAP, sino el que científicamente se describa un maltrato que lo puede ejercer tanto el hombre como la mujer. Por eso se adelantan a negar con lo de “otras denominaciones”, incluso antes de que llegue a ser formulado, cualquier constructo neutro de género que cuestione su dogma fundamental de que la mujer solamente puede ser víctima. Lo llamamos dogma fundamental porque esta es la razón de ser de estos grupos. Sin embargo, si su ser ‐y los réditos políticos y económicos que extraen de ese ser‐ se basa en esa concepción de la mujer como víctima única, el cuestionamiento de esa concepción les lleva a perder lo que de suyo tienen, su esencia. Por eso esa feroz lucha política por preservar su ser y el dogma que lo fundamenta.

    • Gracias Enric. Excelente aportación. ¡No sabía que habías participado en el libro!

  2. Seven dijo:

    En revistas como “Cuerpo Mente” se podia leer que el SAP no existia

    En el periodico Publico lo mismo

    El negacionismo del SAP esta muy extendido

    Exactamente que se niegan que la mayor parte de los homicidios o asesinatos de niños los cometen las madres

    O se niega que en conferencias feministas se ha alentado el odio hacia los hombres

    O se ha negado que famosas feministas participaron en la caza, castraciones y asesinatos de varones negros incitando al linchamiento

    Sencilla y llanamente el Feminismo es la doctrina OFICIAL

    La del sistema que protege a los ricos y a las feministas y que ataca a los pobres y a los hombres que desaucia con ordenes de alejamiento y de manutencion de por vida de sus ex.

    Una sola pregunta

    ¿Que empresa multinacional TOLERARIA que el Estado le impusiera mantener a una ex trabajadora durante 20 años?

    Antes que eso organizarian un golpe de estado.

    Por tanto deduzco que los varones no somos tan violentos como las feministas empresas multinacionales.

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