Deshumanizando al varón (fragmento). La integridad genital

Esta entrada corresponde al capítulo “El hombre y el sexo” del libro Deshumanizando al varón, disponible en Amazon.es y Amazon.com (Latinoamérica).

La circuncisión constituye un microcosmos de las múltiples barreras internas y externas instaladas por la narrativa de género para minimizar y excluir los problemas del varón. Dichas barreras no se basan en el conocimiento, sino en prejuicios fuertemente instalados que se sustentan no sólo en una inclinación a infravalorar el sufrimiento masculino, sino en la desinformación que se filtra desde instituciones internacionales como la Organización Mundial de la Salud hasta el ciudadano por medio del periodismo. El doble estándar en cuanto al rechazo de los cortes masculino y femenino arroja así luz sobre los múltiples obstáculos que a menudo nos encontramos para tratar otros problemas del varón.

Aunque habría sido preferible valorar la circuncisión masculina por sus propias características sin hacer referencia a la femenina, a menudo se utiliza esta última para minimizar o despreciar la primera. Es necesario, por tanto, desterrar algunos mitos que surgen de la comparación entre ambas. A continuación trataré la severidad de ambos cortes, su letalidad, su uso para represión sexual, la supuesta imposición masculina (incluyendo la negativa al matrimonio) y el impacto para la salud, sin olvidar el trato mediático diferenciado que experimentan ambas.[1]

Un problema a la hora de comparar las circuncisiones masculina y femenina es que ninguna de ellas es monolítica. Abu-Sahlieh Aldeeb describió las distintas modalidades para ambos sexos:

Hay cuatro niveles de gravedad en la circuncisión femenina: extirpación del prepucio, extirpación del prepucio y de parte, o de todo, el clítoris, extirpación del prepucio y de parte, o de todo, el clítoris con extirpación parcial o total de los labios menores, extirpación de parte o de la totalidad de los genitales externos con sutura de los mismos y la consiguiente estrechez de la abertura vaginal. Este último grado, llamado infibulación, afecta entre el 15% y el 20% de las mujeres circuncidadas. La circuncisión femenina, en cualquiera de sus cuatro grados, es practicada anualmente en cerca de dos millones de mujeres, fundamentalmente africanas y musulmanas (…).

La circuncisión masculina también se puede dividir en cuatro niveles de gravedad: extirpación parcial o total de la piel del pene que sobresale del glande (llamada prepucio), extirpación del prepucio y del revestimiento interno del mismo (tal y como la practican los judíos), extirpación total de la piel del pene y, a veces, del escroto y del pubis (practicada por algunas tribus de África y Arabia del sur), y abrir el conducto urinario desde el escroto hasta el glande, de modo que se crea una abertura que semeja la vagina femenina. Llamada subincisión, este tipo de circuncisión se practica todavía por los aborígenes australianos. La circuncisión masculina, en cualquiera de sus cuatro variedades, se practica en unos trece millones de niños cada año, fundamentalmente musulmanes y judíos.[2]

Si bien el tipo más extremo de la circuncisión femenina (el menos frecuente, con un 10% de los casos según la OMS)[3] es más atroz que cualquier modalidad masculina, los tipos III y IV de la circuncisión masculina son más graves que los tipos femeninos I y II, aunque también mucho menos prevalentes. Ello no quiere decir, sin embargo, que las modalidades menos agresivas sean necesariamente menos lesivas o letales. Por ejemplo sólo en la Provincia Oriental del Cabo (Sudáfrica) desde 1995 hasta 2015 han muerto 969 varones[4] en rituales de circuncisión que podríamos denominar “clásica” o de tipo II. Según Dr. Dingeman J. Rijken hay otros fallecidos que no recogen las estadísticas, y el número de penes amputados se calcula que dobla al de muertes.[5] No olvidemos también la incluso mayor cantidad de infecciones, que pueden llevar a deformidades del pene.[6]

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