Deshumanizando al varón (fragmento). Revisando los términos “patriarcado” y “machismo”

Esta entrada corresponde al capítulo “Cambiando el paradigma: del patriarcado al sistema de roles de género” del libro Deshumanizando al varón, disponible en Amazon.es y Amazon.com (Latinoamérica).

La palabra “patriarcado” se emplea de tres formas distintas pero complementarias: para definir un sistema que oprime a las mujeres en beneficio de los hombres, donde el poder se encuentra copado mayoritariamente por hombres, y que asigna roles de género a hombres y mujeres.

El primer uso de la palabra, referente a la opresión,[1] debe rechazarse porque como hemos visto y seguiremos viendo a lo largo de estas páginas, no existe un sistema que perjudica a la mujer y beneficia al hombre de forma unidireccional. En realidad el sistema perjudica a ambos sexos de forma diferente en beneficio del grupo, al igual que les otorga ventajas (o privilegios) en distintas áreas. Por lo general el hombre recibe un mayor estatus, y la mujer una mayor protección.

El segundo uso de la palabra, referente a que el poder está ocupado mayoritariamente por hombres, lo rechazo por no corresponderse con la palabra empleada. La catedrática en Estudios de Género Alicia Puleo define el término patriarcado de la siguiente manera:

La antropología ha definido el patriarcado como un sistema de organización social en el que los puestos clave de poder (político, económico, religioso y militar) se encuentran, exclusiva o mayoritariamente, en manos de varones. Ateniéndose a esta caracterización, se ha concluido que todas las sociedades humanas conocidas, del pasado y del presente, son patriarcales.[2]

El término “patriarcado” significa literalmente “gobierno de los padres.” Al contrario de lo que afirma Puleo, ésta ha sido la definición establecida por la antropología desde el siglo XIX hasta finales de los años 70 en el siglo XX, y en la sociología desde Max Weber. No serían estas disciplinas, sino la teoría feminista, quien equiparó el término patriarcado con el dominio del hombre en general (y no necesariamente de los padres), siendo la primera Kate Millet en 1970 con su obra Sexual Politics.[3]

En las sociedades democráticas, sin embargo, ser padre no es un factor significativo para alcanzar o retener poder y puestos de autoridad. De hecho, en el apartado religioso (al menos en la jerarquía católica y muchas ramas budistas), el celibato era un requisito, aunque no siempre se cumpliera. La única excepción en el mundo occidental es posiblemente Estados Unidos, donde el carácter presidencial de su gobierno conlleva una mayor valoración de la vida personal y familiar del candidato. Pero incluso en este caso no sería del todo cierto, pues Estados Unidos tuvo no sólo un presidente que no fue padre como James K. Polk, sino incluso uno que nunca llegó a casarse como James Buchanan.

La poca relevancia de la paternidad y su relación con el poder es más evidente en otros países de nuestro entorno, particularmente aquellos que utilizan un sistema parlamentario. Recordemos por ejemplo la polémica surgida en 2009 en torno a una fotografía aparecida en varios medios donde se mostraba al presidente español José Luis Rodríguez Zapatero con sus hijas. Tanto la Moncloa como la oposición criticaron a los periódicos por publicar dichas imágenes, aduciendo a una separación entre lo público y lo privado.[4] Entre otros ejemplos de presidentes o primeros ministros solteros y sin hijos encontraríamos al holandés Mark Rutte o al filipino Benigno Aquino III. De hecho, incluso en el caso de las presidentas éstas pueden llegar al poder sin haber tenido hijos, como la ucraniana Dalia Grybauskaite o la surcoreana Park Geun-hye. Si bien todos estos casos pueden considerarse excepciones, lo cierto es que ser padre ya no supone una variable más significativa que cualquier otra, y mucho menos un componente esencial para el poder. El presidente o primer ministro ni siquiera puede considerarse simbólicamente “el padre” de la nación.

Por otra parte, la equiparación del monarca con la figura del padre se reduciría progresivamente con las revoluciones liberales hasta desaparecer prácticamente por completo. El lema de la Revolución francesa “igualdad, libertad, fraternidad” implicaba un trato igualitario entre los ciudadanos que se equiparaba al de los hermanos, en lugar de la relación jerárquica establecida con el monarca absoluto que reproducía la de padre e hijo. Este lema fue consagrado en el primer artículo la Declaración Universal de los Derechos Humanos, donde se establece que todos los seres humanos deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. En la actualidad el simbolismo residual de las monarquías parlamentarias difícilmente tiene un efecto visible en las relaciones de género, por lo que un país como España no constituye necesariamente un lugar más o menos “patriarcal” (en el sentido feminista de la palabra) que una república presidencialista de Latinoamérica o cualquier otro lugar. Si del gobierno de los padres se trata, en las monarquías parlamentarias “el rey reina, pero no gobierna.”

En definitiva, si lo que queremos decir con la palabra “patriarcado” equivale a “gobierno de los hombres” (no necesariamente de los padres), sería más adecuado utilizar otra como “androcracia.” El cambio parece difícil debido a que este nuevo término no estaría vinculado con la antropología o la sociología, limitando su credibilidad académica.

Finalmente, el uso de la palabra “patriarcado” para hacer referencia a un sistema que asigna roles de género tampoco es correcto. Los roles de género existieron antes, durante y después de las sociedades patriarcales: por ejemplo en la división sexual del trabajo de las sociedades cazadoras-recolectoras o en el Occidente contemporáneo. Además, la palabra como actualmente se emplea conlleva una carga de negatividad que se asocia invariablemente al sexo masculino por su raíz, cuando en realidad hombres y mujeres impulsaron y perpetuaron dichos roles de género. No fueron, como veremos en el siguiente apartado, una creación única o principalmente masculina.

Con todo esto no pretendo afirmar que el término patriarcado deba desterrarse de los debates de género, sino que debe ser utilizado en el contexto adecuado: para referirse a un sistema de organización familiar centrado en el padre que es apoyado por la ley y la costumbre, como por ejemplo la sociedad romana en la figura del paterfamilias. Es decir, el gobierno de los padres en sus respectivas familias, no el de los hombres en posiciones políticas o de autoridad. También puede emplearse para describir los papeles de liderazgo político o religioso que se asocian simbólicamente con la figura paterna.

Al igual que en el caso del término “patriarcado,” también existe un gran abuso en torno a la palabra “machismo,” que se ha empleado para describir todo tipo de sexismo y hasta para hablar de la división sexual del trabajo, incluso cuando dicha separación no implica necesariamente desprecio hacia la mujer. Un ejemplo podemos encontrarlo en el artículo de El País “No pregunten a Darwin: tres teorías sobre el origen del machismo,” que comenzaba así:

Lo que nos faltaba: también los neandertales dividían las tareas por sexos, según acaba de concluir una investigación sobre sus piezas dentales en Asturias, Francia y Bélgica. El estudio del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) sugiere que machos y hembras tenían iguales herramientas pero se ocupaban de distintas labores y, por ejemplo, eran ellas las costureras.[5]

No es posible determinar si la división sexual del trabajo entre los neandertales implicaba superioridad o discriminación, pero ello no impide el uso de la palabra machismo, e implícitamente describir a los neandertales como machistas, algo tan anacrónico como ridículo. Para evitar excesos como éste, propongo utilizar el término machismo en el sentido que le ofrece la Real Academia Española: “actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres.”[6] De lo contrario estaríamos una vez más utilizando una palabra con una enorme carga de negatividad para culpar a los varones de un sistema que, como vimos en el primer capítulo, emergió para adaptarse al entorno y no como un capricho del varón para dominar a la mujer.

En el siguiente apartado ilustraré por qué es un error utilizar términos negativos que hacen referencia exclusiva al sexo masculino cuando fueron ambos sexos quienes promovieron y perpetuaron los roles de género tradicionales (que también perjudican al hombre), pues deposita toda la responsabilidad en el varón al tiempo que invisibiliza y absuelve a la mujer de su construcción. Finalmente propondremos términos alternativos que reflejen esta inclusividad y promuevan un debate más realista y menos polarizado.

(…)

Achacar los problemas del varón al “patriarcado” o el “machismo,” consigue el efecto de culpar al hombre de su propio sufrimiento, creando una falsa equivalencia moral y de poder entre víctimas y verdugos. Lo perverso de insistir en que los valores tradicionales fueron una creación masculina es que solemos tener menos simpatía hacia quienes consideramos únicos responsables de su propio dolor, algo necesario para dar la espalda a problemas de enorme magnitud mientras se mantiene una conciencia tranquila.

La resistencia al cambio de terminología, si alguna vez hay riesgo de que ocurra, será feroz, y la razón podemos encontrarla en el ensayo de Umberto Eco Construir al enemigo: “Tener un enemigo es importante no sólo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo.”[7]

Que la palabra patriarcado, como se emplea en la actualidad, sólo invoque connotaciones negativas muestra que no se trata de un término científico, sino puramente ideológico que se corresponde con la imagen del enemigo. Al fin y al cabo, siguiendo la definición feminista en que todas las sociedades son patriarcales, se podría atribuir al patriarcado la creación de la democracia, la libertad de expresión, el Estado de derecho, la libertad religiosa, la libertad de prensa, los derechos humanos, infinidad de avances médicos y científicos que han mejorado la vida de millones de personas, o el enorme progreso conseguido en los últimos 200 años con respecto a la reducción de la pobreza extrema, entre otros campos.[8] Sin embargo, el término se encuentra invariablemente empleado en un contexto negativo que sólo contempla la peor cara del sexo masculino, y se considera necesario derribarlo a cualquier precio.

Hablar de un sistema de roles de género apoyado por ambos sexos y que tanto perjudica como beneficia a ambos puede identificar el problema con mayor exactitud, pero difumina al necesario enemigo. De ahí que se prefiera indicar que el apoyo femenino se debe a “mujeres machistas” que han interiorizado los valores patriarcales. Al añadir la etiqueta “machista” a la mujer ésta queda contaminada por la esencia del enemigo, y simultáneamente separada de éste: la mujer machista es aliada o defensora del patriarcado, pero no es el patriarcado per se. También queda separada de las demás mujeres, que no necesitan adjetivo alguno y por tanto se les supone una naturaleza justa e igualitaria, pues no se encuentran contaminadas. En cambio, al hablar de un sistema de género, la mujer forma parte de su entramado tanto como el hombre. No existe un enemigo a batir que podamos identificar con “el otro” (los patriarcas, los hombres y sus aliadas) y nos obliga a todos a examinar estos roles de una forma menos polarizada, en lugar de atribuirlos a la maldad masculina y su deseo de dominio.

Reivindicar significados alternativos para “patriarcado” y “machismo” puede parecer poco viable, pero en realidad se trata de restaurar definiciones anteriores que fueron deformadas para fines políticos. El feminismo no inventó ninguno de los dos términos. De hecho tampoco inventó el concepto de privilegio, acuñado en 1965 por Theodore W. Allen partiendo de las teorías de Du Bois para tratar las disparidades raciales entre blancos y negros.[9] Ni siquiera el concepto de género para definir la dimensión socio-cultural del sexo fue creado por el feminismo, sino por el sexólogo John Money en 1955 durante su trabajo relacionado con pacientes intersexuales.[10] Ninguno de estos términos son propiedad del feminismo, y no hay necesidad de seguir atados a sus definiciones.

Si queremos, en definitiva, establecer un diálogo más justo que reconozca tanto la contribución de ambos sexos al sistema de roles de género como sus problemas, los conceptos “patriarcado” y “machismo” deben ser rescatados de su actual y deformado estado para dar paso a términos más precisos que nos ayuden a avanzar juntos, en lugar de empujarnos a una guerra de sexos.

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[1] Falcón, «La cultura del maltrato».

[2] Alicia Puleo, «El patriarcado: ¿una organización social superada?», Temas para el debate, n.o 133 (diciembre de 2005): 39. [Énfasis en el original]

[3] Kaku Sechiyama, Patriarchy in East Asia: A Comparative Sociology of Gender (Leiden: BRILL, 2013), 8-14.

[4] ElPaís.com, «La Moncloa lamenta la publicación de las fotos de las hijas de Zapatero con Obama», El País, 25 de septiembre de 2009, sec. Actualidad, http://elpais.com/elpais/2009/09/25/actualidad/1253866617_850215.html.

[5] Ricardo De Querol, «No pregunten a Darwin: tres teorías sobre el origen del machismo», Mujeres, 13 de marzo de 2015, http://elpais.com/elpais/2015/03/13/mujeres/1426223100_142622.html.

[6] Real Academia Española, «Machismo», Diccionario de la lengua española (Real Academia Española, 2014), http://dle.rae.es/?id=NnO8B9D.

[7] Umberto Eco, Construir al enemigo, trad. Helena Lozano Miralles (Titivillus, 2011).

[8] Max Roser, «The Short History of Global Living Conditions and Why It Matters That We Know It», Our World in Data, 2017, https://ourworldindata.org/a-history-of-global-living-conditions-in-5-charts.

[9]No sería hasta 1988 cuando Peggy McIntosh establecería un paralelismo entre el privilegio racial de los blancos y las diferencias entre hombres y mujeres para crear el concepto de privilegio masculino. Sin embargo, como hemos visto, McIntosh establece un falso paralelismo, pues mientras el privilegio racial es sin duda unidireccional, el privilegio masculino no lo es, e incluso podría hablarse de uno femenino. Peggy McIntosh, «White Privilege and Male Privilege: A Personal Account of Coming to See Correspondences Through Work in Women Studies» (Wellesley College Center for Research on Women, 1988), http://web.archive.org/web/20150116230345/http://www.iub.edu/~tchsotl/part2/McIntosh%20White%20Privilege.pdf.

[10] John Money, «Hermaphroditism, Gender and Precocity in Hyperadrenocorticism: Psychologic Findings», Bulletin of the Johns Hopkins Hospital 96, n.o 6 (junio de 1955): 253-64.