La infibulación masculina. Del mundo romano a la represión sexual victoriana

La palabra infibulación se asocia hoy día con el procedimiento quirúrgico aplicado a las mujeres en varios países africanos y que la Organización Mundial de la Salud califica como el tercer tipo de mutilación genital femenina. Esta operación tiene a su vez variantes (como la escisión o no del clítoris) pero todas se caracterizan por el cosido de la vagina. El presente artículo, sin embargo, se concentrará en la menos conocida infibulación masculina, que pese a sus variantes se caracterizaba por el pliegue del prepucio alrededor del glande, y el perforado del primero para cerrarlo con un hilo, sellándose mediante un anillo, hebilla o broche.  

En el mundo clásico

La infibulación masculina parece remontarse al Antiguo Egipto,[1] pero el modelo más conocido es el kynodesme (nudo de perro), empleado por los atletas griegos en competiciones deportivas. Tras la perforación del prepucio se pasaba un hilo metálico que era atado a la cintura o a la base del pene. Se empleaba principalmente para evitar que el glande quedara expuesto, algo considerado impúdico, si bien hay autores que señalan como razones la mayor comodidad o protección para competir (pues se competía desnudo).[2] El kynodesme era en cualquier caso voluntario y el hilo podía retirarse después de la competición. En el mundo romano, sin embargo, la infibulación podía ser impuesta. 

Celso en De Medicina describe el procedimiento de la siguiente manera:

Algunos se han acostumbrado a sellar el prepucio de los adolescentes por su voz o por razones de salud. Éste es el método: el prepucio que cubre el glande se estira y se marcan los puntos de perforación a cada lado con tinta. Entonces se suelta. Si las marcas se han dibujado sobre el glande, [entonces] se ha incluido mucho [tejido] y las marcas deben situarse más adelante. Si el glande no las tiene, su posición es adecuada para la perforación. Entonces el prepucio es atravesado por las marcas con hilo de aguja y con los extremos para que el hilo los anude. Cada día el hilo se mueve hasta que los bordes de las perforaciones han cicatrizado. Cuando está asegurado, se retira el hilo y se inserta la fíbula, y cuánto más ligera sea ésta, mejor.[3]

La infibulación no era una práctica socialmente extendida, sino que se limitaba por lo general al mundo del espectáculo: actores, cómicos y sobre todo músicos, a fin de preservar su voz. Algunos autores señalan que también se daba entre los gladiadores con objeto de mantener su fuerza,[4] y si bien he sido incapaz de encontrar fuentes primarias al respecto, no sería en absoluto descabellado puesto que los gladiadores se consideraban parte del mismo grupo que los anteriores: personas dedicadas al espectáculo. Por lo general todos ellos compartían un estatus particularmente bajo, y de hecho la mayoría eran esclavos.[5] 

Estatuilla romana que muestra un citarista infibulado (G. S. Schwarz, «Infibulation, population control, and the medical profession.», Bulletin of the New York Academy of Medicine 46, n.o 11 (noviembre de 1970): 969). 

Resulta interesante comprobar que aunque preservar la voz, la fuerza o la salud constituían los motivos principales de la infibulación, ésta tenía a menudo un efecto secundario: despertaba un intenso deseo sexual entre algunas mujeres romanas. Debido a la creencia de que la eyaculación debilitaba el cuerpo, se consideraba que un hombre privado de sexo por tanto tiempo tendría un gran vigor que, sumándose al deseo acumulado, proporcionaría una pasión incomparable.[6] Retirar la fíbula de uno de estos hombres para mantener relaciones sexuales con él era algo que las mujeres romanas pagaban bien. Juvenal señaló en sus sátiras que “si a ella le gusta la música, de todos los que venden su voz al pretor ninguna hebilla quedará en su sitio,”[7] y en otro pasaje afirmó: “todas del histrión [actor] la hebilla a peso de oro pagan.”[8] Marcial también comentó en sus epigramas: “dime con franqueza, a los comediantes y a los citaristas, fíbula, ¿qué les reportas? – ‘que joden más caro.’”[9]

La infibulación también se empleaba como herramienta para controlar la sexualidad de los esclavos, y pese a lo horrible que nos pueda parecer, era considerado un método “humano” comparado con la alternativa más común: castrar. La infibulación podía emplearse para que los esclavos no tuvieran relaciones sexuales entre ellos, con sus dueños, o incluso para garantizar la exclusividad sexual a un ama celosa. Marcial también recoge un pasaje al respecto:

Tu esclavo se baña contigo, Celia, tapado con un suspensor de bronce. ¿Para qué, pregunto, si no es citarista, ni flautista de coro? No quieres, según creo, verle la picha. ¿Por qué, pues, te bañas con la gente? ¿Es que para ti todos nosotros somos espadones [eunucos]? Entonces, para que no parezcas tener celos, suéltale a tu esclavo la hebilla [fíbula].[10]

Ha habido discusión en torno a los distintos significados de la palabra fíbula, que en ocasiones podía ser también un tipo de funda o cinturón, completado o no con un broche que podía quitarse o ponerse a voluntad. Cuando la fíbula provenía de la imposición, sin embargo, a menudo se trataba de un anillo que sólo podía retirarse con la ayuda de un herrero. En otro pasaje de Marcial podemos leer que: “…si entremedias te tropiezas con un joven sodomita, liberado ya de su pedagogo, y cuyo pene turgente ha desfibulado el herrero, lo llevas contigo.”[11]

La última mención clásica la encontramos con el griego Oribasio (325-403 d.C.), quien además de detallar el procedimiento daba a entender que todavía era común en su época.[12] Por el contrario, las referencias a la infibulación o sus representaciones en el arte son prácticamente inexistentes en Europa durante la Edad Media, reapareciendo sólo durante el siglo XVI, como puede apreciarse en el edificio Kaiserhaus de Hildesheim.

Cantante infibulado en el Kaiserhaus, Alemania, 1587 (D. Schultheiss, J. J. Mattelaer, y F. M. Hodges, «Preputial Infibulation: From Ancient Medicine to Modern Genital Piercing», BJU International 92, n.o 7 (2003): 760). 

También vuelve a encontrarse en los tratados médicos, como las obras de Peter Uffenbach (1566–1635), Johannes Rhodius (1587–1659), Johann Vesling (1598–1649), Jean Riolan (1577–1657) o Pierre Dionis (1650–1718), médico personal de Luis XIV.[13] Aunque quizá el trabajo más completo sería Spermatologia de Martin Schurig, publicado en 1720. En cualquier caso, no parece que las menciones al procedimiento estuvieran relacionadas con prácticas contemporáneas, sino con el redescubrimiento de lo olvidado. La aplicación real de la cirugía masculina reaparecerá definitivamente con el pánico a la masturbación originado a mediados del siglo XVIII en Inglaterra y que se extenderá a otros países como Francia, Alemania y Estados Unidos. 

El pánico masturbatorio

La literatura médica comenzó a atribuir a la masturbación un sinfín de males para la salud, y la infibulación fue una de las medidas empleadas para frenarla, generalmente como alternativa a la circuncisión o los aparatos antimasturbatorios que comenzaron a popularizarse en consecuencia. Gerharts S. Schwarz señaló de hecho que “ningún médico del siglo XVIII habría negado que la masturbación, de no frenarse a tiempo, tenía consecuencias letales,”[14] y aunque en realidad sí hubo doctores críticos a todo este pánico, solían encontrarse en minoría. 

El médico alemán Samuel Gottlieb von Vogel es el primero que propone la infibulación como remedio para la masturbación a finales del siglo XVIII en una guía para padres y profesores,[15] pero es en 1786 cuando encontramos lo que será probablemente el primer caso documentado de la época: J. H. Campe, en su trabajo dedicado a la reforma educativa de Braunschweig, afirma que con la ayuda de un cirujano infibuló a varios de sus estudiantes sin efectos adversos. Campe reportaba los siguientes “beneficios”: hacía que la masturbación fuera imposible, la erección dolorosa y prevenía emisiones nocturnas. También añadió que “lo que más lamento es que este remedio tan bueno sólo se aplica a la mitad de los jóvenes, los chicos, pero no a niños del sexo opuesto.”[16] Esto dejaría de ser cierto más adelante: el pánico a la masturbación alcanzaría a las niñas, quienes también fueron expuestas a la circuncisión y la infibulación. Aunque atendiendo a las referencias, su tardía aparición y las más prontas prohibiciones, sus números parecen haber sido mucho menores.[17] En 1789 Johann Christoph Jaeger también aprobaría el procedimiento afirmando que “todavía es práctico y útil para esos jóvenes (…) puesto que ocasiona poco dolor, puede hacerse en unos momentos y logra excelentes resultados.”[18]

Durante el siglo XIX, cuando el pánico a la masturbación se hallaba en su apogeo, encontramos más ejemplos. Uno de los mejor documentados es el de David Yellowlees en 1887. Cuando era superintendente del Asilo Real de Glasgow presentó en una reunión a doce pacientes que había infibulado con “excelentes resultados.” Su primer paciente llevaba infibulado 18 días.[19] Yellowlees no sólo era partidario de realizar la operación a los pacientes de su asilo: su discurso se dirigía a los padres para que protegieran a los niños del “vicio secreto.”[20] 

La mayor defensa de la infibulación masculina, sin embargo, sería la de Dr. Karl A. Weinhold, realizada en su libro de 1827 La superpoblación de Europa Central y sus consecuencias para las naciones y su civilización. Basándose en las ideas del economista británico Thomas Robert Malthus sobre el control demográfico, pidió la infibulación para todos los varones mayores de 14 años que no fueran reproductivamente aptos, incluyendo criminales, sin techo, hombres con enfermedades crónicas e incluso soldados de bajo rango. La hebilla de esta infibulación mostraría un sello oficial del Estado que sería ilegal quitar, estipulando castigos para quienes lo hicieran. Por fortuna, pese al alcance y discusión de sus ideas, nunca llegó a implementarse.[21]

Aunque los ejemplos ofrecidos provienen en su mayor parte de Inglaterra y Alemania (o lo que sería Alemania), en Francia H. Fournier alabó la infibulación en su libro de 1893 El onanismo.[22] Años atrás, en 1864, la Sociedad de Cirugía de París acogió una presentación del doctor Broca donde explicó cómo utilizaba el procedimiento, siendo allí criticado por otro médico (Déguisé) por no haber empleado técnicas más efectivas contra la masturbación, como el cauterizado.[23] 

En Estados Unidos R. T. Trall recomendó en 1854 una ligadura del prepucio para tratar la masturbación, y en 1878 Louis Bauer recogía un caso en que la demencia (cuya causa se atribuyó a la masturbación) fue curada empleando la infibulación.[24] En 1888 John Harvey Kellogg, creador de los famosos cereales que llevan su apellido y partidario tanto de la circuncisión como de la infibulación para acabar con el “placer solitario,” indicó que esta última operación se había empleado de manera institucional en al menos un centro para niños con discapacidad intelectual: 

Gracias a la cortesía del Dr. Archibald, superintendente del Asilo de Iowa para Niños de Mente Débil, nos hemos familiarizado con un método para tratar este trastorno [la masturbación] que se aplica en casos obstinados, y que hemos empleado con grandes resultados. Consiste en aplicar una o más suturas con hilo de plata a fin de prevenir la erección. El prepucio se estira sobre el glande y una aguja con hilo metálico se pasa de un lado a otro. Después de pasar el hilo, los extremos se unen doblados y se cierran. Así es imposible que ocurra una erección, y la menor irritación que provoca actúa poderosamente para vencer la disposición de recurrir a la práctica.[25]

En 1920 un manual médico de Ohio recomendaba la infibulación para los “masturbadores,”[26] aunque mucho más conocido es el libro de Thomas Washington Shannon sobre la eugenesia, cuya última edición apareció en 1921 y que también la aprobaba.[27] No parece haber más recomendaciones después de esa fecha, aunque el último caso documentado de infibulación masculina lo encontramos en Alemania durante 1929, cuando un paciente infibulado por un médico francés “por razones terapéuticas” decidió revertir el procedimiento al acercarse la fecha de su boda.[28] 

El final de una práctica

Pese a la existencia de casos aislados como el anteriormente mencionado, en Europa la infibulación terminó con la Primera Guerra Mundial, cuando la profesión médica trasladó su atención al tratamiento de heridas y el control de epidemias.[29] En Estados Unidos sobrevivió algunos años más, y finalmente fue abandonada debido al predominio de la circuncisión: ya no había prepucios que atar. 

La infibulación masculina puede parecer un abuso de tiempos remotos, pero el procedimiento opuesto, la circuncisión, continúa recomendándose incluso cuando no hay necesidad médica, y los escasos beneficios hallados a posteriori para justificarla continúan violando la integridad genital de millones de niños en todo el mundo. La condena de una práctica se encuentra a menudo vinculada a su extrañeza. Y mientras la infibulación, incluyendo la todavía vigente para muchas mujeres, nos resulta un fenómeno ajeno, la circuncisión es en muchos países terriblemente familiar. 

Notas   

[1] G. S. Schwarz, «Infibulation, population control, and the medical profession.», Bulletin of the New York Academy of Medicine 46, n.o 11 (noviembre de 1970): 965.

[2] F. M. Hodges, «The Ideal Prepuce in Ancient Greece and Rome: Male Genital Aesthetics and Their Relation to Lipodermos, Circumcision, Foreskin Restoration, and the Kynodesme», Bulletin of the History of Medicine75, n.o 3 (2001): 381-82, https://doi.org/10.1353/bhm.2001.0119.

[3] Celso. De Medicina, 7.25.3 Celsus, De Medicina, trad. Spencer W. G., vol. 3, 3 vols., Loebb Classical Library 336 (Massachussets: Harvard University Press, 1989).

[4] Luis Folgueras Sion, Sátiras de Juvenal: traducidas en verso (Madrid: Imprenta de Doña Catalina Piñuela, 1817), n. 10 en p. 137.

[5] Hartmut Leppin, «Between Marginality and Celebrity: Entertainers and Entertainment in Roman Society», en The Oxford Handbook of Social Relations in the Roman World, ed. Michael Peachin (Oxford and New York: Oxford University Press, 2011), 660-78.

[6] Eric John Dingwall, Male Infibulation, vol. I, Studies in the Sexual Life of Ancient and Medieval People (London: John Bale, Sons & Danielsson, Limited, 1925), 21.

[7] Juvenal. Sátiras, 6.379 en William Barr, ed., The Satires, trad. Niall Rudd, Second Edition (Oxford and New York: Oxford University Press, 1999).

[8] Juvenal. Sátiras, 6.73 trad. Folgueras Sion, Sátiras de Juvenal.

[9] Marcial. Epigramas, 14.215 en José Guillén and Fidel Argudo, trad., Epigramas de Marco Valerio Marcial, Segunda Edición (Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 2003).

[10] Marcial. Epigramas, 11.75 en Guillén y Argudo.

[11] Marcial. Epigramas, 9.27 en Guillén y Argudo.

[12] D. Schultheiss, J. J. Mattelaer, y F. M. Hodges, «Preputial Infibulation: From Ancient Medicine to Modern Genital Piercing», BJU International92, n.o 7 (2003): 758, https://doi.org/10.1046/j.1464-410X.2003.04490.x.

[13] Schultheiss, Mattelaer, y Hodges, 759.

[14] Schwarz, «Infibulation, population control, and the medical profession.», 983.

[15] Schultheiss, Mattelaer, y Hodges, «Preputial Infibulation», 761.

[16] Schwarz, «Infibulation, population control, and the medical profession.», 983.

[17] Lesley A. Hall, «“Sons of Belial”: Contaminated/Contaminating Victorian Male Bodies», en The Male Body in Medicine and Literature, ed. Andrew Mangham y Daniel Lea, First Edition (Liverpool: Liverpool University Press, 2018), 174.

[18] Schwarz, «Infibulation, population control, and the medical profession.», 984.

[19] Schwarz, 986.

[20] Schultheiss, Mattelaer, y Hodges, «Preputial Infibulation», 761-62.

[21] Schultheiss, Mattelaer, y Hodges, 760.

[22] Schwarz, «Infibulation, population control, and the medical profession.», 987.

[23] Sami Abu-Sahlieh Aldeeb, Male and female circumcision. Religious, medical, social and legal debate, 2nd ed. (Ochettaz: Centre of Arab and Islamic Law, 2012), 240.

[24] Schwarz, «Infibulation, population control, and the medical profession.», 988.

[25] John Harvey Kellogg, Plain Facts for Old and Young: Embracing the Natural History and Hygiene of Organic Life (I.F. Segner, 1890), 295-96.

[26] Abu-Sahlieh Aldeeb, Male and female circumcision. Religious, medical, social and legal debate, 240.

[27] Schultheiss, Mattelaer, y Hodges, «Preputial Infibulation», 762.

[28] Schwarz, «Infibulation, population control, and the medical profession.», 988.

[29] Schwarz, 988.