Propaganda y género. El caso de España

Fotografía de Sergio Pérez en «La oda al feminismo de Carmen Calvo», Última Hora, 29 de abril de 2019

“Cuatro periódicos hostiles son más temibles que 1.000 bayonetas”

Atribuida a Napoleón

La palabra propaganda suele invocar imágenes relacionadas con la guerra o con regímenes totalitarios. En este artículo, por el contrario, veremos cómo también es utilizada por gobiernos democráticos durante períodos de paz, empleando como ejemplo el sesgo político y mediático en torno al discurso de género en España. Primero definiré el término y sus principales características, para después explicar cuáles son las técnicas más empleadas, y finalmente el contexto social que la favorece.

¿Qué es la propaganda?

Definir la propaganda no es fácil. Hay casi tantas definiciones como autores,[1] y existe desacuerdo en cuanto a sus matices. Como punto de partida propongo utilizar la ofrecida por el diccionario Merriam-Webster: “la propagación de ideas, información o rumores con el propósito de ayudar o perjudicar a una institución, causa o persona.” 

Como se indica en el documento Técnicas de propaganda, para evitar una definición demasiado amplia, podemos circunscribir la propaganda a cinco rasgos fundamentales:

  1. Es ideológica. Es decir, intenta vender un dogma o sistema de creencias
  2. Utiliza los medios de comunicación de masas.
  3. Oculta información. Ya sea la fuente del comunicado, su objetivo, el otro lado de la historia (especialmente relevante en nuestro caso), las técnicas utilizadas para enviar el mensaje o los resultados de la propaganda, de ser exitosa.
  4. Busca la uniformidad. Pretende establecer creencias, actitudes y/o comportamientos comunes. 
  5. Elude el proceso de razonar. Apela a la emoción, no a la razón.[2]

De esta forma se excluyen por ejemplo la mayoría de anuncios donde se pretende vender un producto, y no necesariamente una idea o sistema de creencias. Si bien como ya se indicó y veremos más adelante, no hay necesariamente acuerdo entre diversos autores, y la Real Academia Española por ejemplo sí incluye la compra y venta en su primera definición.

Partiendo de estos puntos, ¿podemos enmarcar las acciones del feminismo hegemónico (la corriente dominante del movimiento) como propaganda? No cabe duda de que propaga ideas o información para impulsar una causa, sus acciones son decididamente ideológicas, hacen uso de los medios de comunicación masivos (por ejemplo los diarios digitales) y buscan, al menos hasta cierto punto, la uniformidad de pensamiento y comportamiento. Esto último es algo que caracteriza a la mayoría de los sistemas de creencias. Por ello considero más relevante examinar los dos aspectos que nos quedan: si se oculta información o se elude el proceso de razonar.

Sigue leyendo “Propaganda y género. El caso de España”