Hombres y mujeres en la Unión Soviética (II). Del ocaso patriarcal al renacimiento tradicionalista

Vasili Efanov, Un encuentro inolvidable, 37 de 1936, óleo sobre lienzo, 270 x 391cm, 1936-37

Pueden encontrar el primer artículo de la serie, Hombres y mujeres en la Unión Soviética (I). La anarquía sexual, pulsando sobre el enlace.

…durante años en nuestra difícil y heroica historia, no pudimos prestar atención a los derechos y necesidades específicas de las mujeres que surgen de su papel como madre y ama de casa, y su indispensable función educativa con respecto a los niños. Comprometidas en la investigación científica, trabajando en obras de construcción, en la producción, en los servicios y participando en actividades creativas, las mujeres ya no tienen tiempo suficiente para realizar sus tareas cotidianas en el hogar, la crianza de los hijos y la creación de un buen entorno familiar. Hemos descubierto que muchos de nuestros problemas, en el comportamiento de los niños y jóvenes, en nuestra moral, cultura y producción, son en parte causados por el debilitamiento de los lazos familiares y una laxa actitud hacia sus responsabilidades. Constituye un resultado paradójico de nuestro deseo sincero y políticamente justificado de hacer que las mujeres sean iguales a los hombres en todo. Ahora, en el curso de la Perestroika, hemos comenzado a superar esta deficiencia. Por eso mantenemos acalorados debates en la prensa, en las organizaciones públicas, en el trabajo y en el hogar, sobre la cuestión de qué debemos hacer para que las mujeres puedan regresar a su misión puramente femenina.

-Mijaíl Gorbachov, Perestroika.[1]

En la Rusia actual los detractores del aborto han crecido un 33% durante los últimos años, siendo las mujeres mayoría entre quienes consideran que el procedimiento no debería emplearse bajo ninguna circunstancia. La propuesta para excluir del código penal ciertas formas de violencia doméstica fue iniciativa de dos parlamentarias. Un grupo cosacas se manifestó a favor del castigo impuesto a Pussy Riot, y la denuncia de los estudios de género como una herramienta de Occidente para debilitar a la nación también ha sido emitida por mujeres.[2]

Aunque estos episodios no pueden generalizarse a la población del país, incluso la literatura académica admite que el feminismo en Rusia tiene un alcance muy limitado.[3] Las razones habitualmente expuestas son el retrato del feminismo como un movimiento ajeno a la cultura rusa y su asociación con las formas más radicales que pueden encontrarse en Occidente.[4] Y si bien estas explicaciones pueden ser correctas, existen razones más profundas ligadas a la historia de la Unión Soviética que nos ayudan a entender por qué muchas mujeres rusas muestran un rechazo tan intenso.

La alianza entre el Estado y la mujer

La primera entrada de esta serie describió cómo las medidas para instaurar la igualdad entre hombres y mujeres tuvieron efectos tan destructivos que en 1944 El Edicto para la Familia retiró la validez del matrimonio “de hecho”, prohibió las demandas de paternidad (mayoritariamente efectuadas por mujeres), reintrodujo la categoría de ilegitimidad y transfirió el divorcio a los juzgados. Sin embargo, el estatus del hombre como cabeza de familia había terminado, y con la incorporación masiva de la mujer al trabajo asalariado, la realidad de las relaciones de género en la Unión Soviética nunca volvería a ser la misma.

Desde los inicios de la Revolución, el patriarca de la familia fue considerado como un bastión del régimen, un pequeño zar que debía ser destronado y obligado a ceder su poder al Estado.[5] Sin embargo, dado que el alcance de la ley en el ámbito privado podía ser limitado, se estableció lo que Sergei Kukhterin describiría como una alianza entre el Estado y la mujer. El Partido consideraba a ésta como un medio que le permitiría abrir el ámbito privado y poner bajo su control el comportamiento masculino para supeditarlo a sus necesidades. Como afirmó Alexandra Kollontai “la moralidad burguesa exige todo para la persona amada. La moralidad del proletariado exige todo para el colectivo.”[6]

De este modo, comenzó a considerarse una práctica aceptada que las mujeres intentaran controlar a sus esposos, algo que ahora contaba con el apoyo del Partido, descrito en ocasiones como “un oído comprensivo al que podían acudir para denunciar a erráticos maridos.”[7] Las obshchestvennitsy (mujeres activistas, normalmente del “movimiento de esposas”) en la década de 1930 constituyen un buen ejemplo de esta alianza entre mujer y Estado. Sus propósitos incluían la rectificación de comportamientos perniciosos o “incultos” de sus maridos en el trabajo y el hogar, como llegar tarde a su lugar de empleo.[8]

Paralelamente, la exaltación política de la maternidad y el silencio en torno a la paternidad, legitimaba el control de los hijos por parte de la mujer, incluyendo casos de divorcio, mientras socavaba el papel del hombre en el hogar, cuya responsabilidad se redujo al pago de la pensión de alimentos.[9] G. Bragrazyan llegó a acusar a los periodistas de “ensalzar a las mujeres hasta el límite [la empuñadura en el original], casi cantando himnos en su honor y dejando que los padres sean desplazados hacia la periferia.”[10]

El rol del antiguo patriarca sería progresivamente sustituido por los líderes del Partido, convertidos ahora en padres de la nación. Los héroes de la Unión Soviética podían ocupar excepcionalmente un puesto simbólico como padre honorario, pero lo habitual era que los “hijos” no se convirtieran padres, sino que fueran presentados como modelos de comportamiento filial.[11]

Según Ashwin, existen numerosos ejemplos de la apropiación del rol de marido y padre por parte de Joseph Stalin. Uno lo encontraríamos en la película Kolybel’naya (canción de cuna), protagonizada por mujeres que a lo largo de la obra trabajan y juegan con sus hijos. Los padres brillan por su ausencia hasta que al final de la película aparece Stalin, que simboliza al único y verdadero padre. También de interés es el famoso cuadro que ilustra este artículo: “Un encuentro inolvidable” de Vasili Efanov, donde Molotov parece presidir simbólicamente el matrimonio entre Stalin y las masas feminizadas.[12] Una apropiación del papel patriarcal que no pasó desapercibida para muchos hombres soviéticos. Como recoge Kukhterin en un testimonio de la época sobre el matrimonio civil: “Ya han confiscado las propiedades, y ahora quieren apropiarse de nuestras mujeres e hijos.”[13]

En estas circunstancias, la única forma de realización que ofrecía el Partido a los varones era el trabajo, algo que en parte podría explicar que durante la era soviética también existiera una brecha salarial, con las mujeres ganando entre el 65 y el 70% del salario de un hombre.[14] Los hombres no sólo estaban sobrerrepresentados en los puestos de mayor poder e importancia, sino que se otorgó un estatus heroico a algunas profesiones de peligro como la minería. Sin embargo, no puede ignorarse que también hubo muchos hombres que se encontraron en posiciones poco reconocidas y mal remuneradas, con las que su identidad masculina se vio resentida.[15]

Oleksandr Pahiria describiría así el impacto de las políticas soviéticas sobre el varón: “el nuevo sistema de género disolvió gradualmente las responsabilidades de los hombres hacia sus familias, situándolos en una posición marginada y conduciéndolos a una regresión moral.”[16] Y si  bien habrá quienes encuentren discutible hablar de “regresión moral”, no cabe duda de que la nueva posición del hombre lo convirtió en una figura secundaria en el hogar, disminuyendo su motivación para implicarse en las decisiones familiares.

La mujer explotada

El Estado había reforzado la posición y el poder de la mujer en el hogar, pero este liderazgo no estaba exento de problemas, añadiéndole nuevas responsabilidades que no terminaron de reemplazar las tradicionales, como el trabajo doméstico.[17] Debido a que la Unión Soviética dio prioridad a la industria pesada sobre otros sectores como los bienes del hogar, la inmensa mayoría de las viviendas carecían de electrodomésticos, haciendo de las tareas del hogar una labor extenuante.[18] Si a ello unimos viviendas que a menudo consistían de una habitación para toda una familia,[19] largas colas para la compra, el deber de participar en eventos políticos y la obligación por parte del Estado de trabajar a tiempo completo, la situación se volvía insostenible.

Martin van Creveld atribuye a esta combinación de factores los elevadísimos niveles de aborto en la Unión Soviética: unos 9 millones anualmente, cifra que podría alcanzar los 11 millones según las estimaciones que se realicen sobre los abortos realizados de forma ilegal.[20] Dependiendo de la década, podían darse dos abortos por cada nacimiento. Creveld llegó a afirmar que “en los 70 años que duró el comunismo, sus intentos de emancipar a la mujer haciéndola trabajar en las mismas condiciones que a los hombres provocó que se apagara su voluntad de vivir y dar vida.”[21]

Para Cleveld no fue la igualdad lo que abrumó a la mujer, sino las medidas políticas que resultaron en una falsa emancipación. Aunque puede ser tentador culpar a los hombres por no involucrarse más en las tareas domésticas, la situación era más complicada. Mientras que el Estado ensalzaba a la mujer en su rol de madre y trabajadora, para el hombre sólo se alentaba la realización por medio del trabajo, con el Estado apropiándose del rol paternal. También es necesario mencionar que durante la mayor parte de la historia de la Unión Soviética, prácticamente nadie, ni siquiera Alexandra Kollantai, se opuso a la idea de que el trabajo doméstico fuera una responsabilidad femenina.[22] El Estado contribuyó a esta mentalidad centrando las políticas familiares en la mujer en lugar de la pareja (por ejemplo, no haciendo transferible la baja por maternidad), reforzando así la división de roles de género.[23] Finalmente, la expectativa femenina de que el hombre fuera el principal proveedor siempre estuvo presente. Como indicó Ashwin: “…las expectativas tradicionales de las mujeres con respecto al rol masculino actuaron como una forma de autolimitación.”[24]

En estas circunstancias, no es de extrañar que desde los años 50 la presencia femenina en los trabajos de mayor dureza y peligrosidad disminuyera progresivamente,[25] hasta que en 1974 se prohibieron 456 de estas profesiones. Más de una década después el propio Gorvachov respaldaría estas medidas:

Otro problema es el empleo de mujeres en trabajos extenuantes que son peligrosos para su salud. Éste es un legado de la guerra en la que perdimos un gran número de hombres y que nos dejó con una aguda escasez de mano de obra en todas partes, en todas las esferas de producción. Ahora hemos comenzado a abordar este problema seriamente.[26]

La tendencia hacia una división de roles más marcada como respuesta a la explotación femenina continuó durante la Perestroika. El Comité de Mujeres Soviéticas consiguió que se aprobaran propuestas como la extensión de la baja maternal a dos años, la posibilidad de horarios flexibles o de trabajar a tiempo parcial a mujeres con niños menores de ocho años.[27] Y la divergencia entre las preferencias de ambos sexos no haría sino pronunciarse en las décadas posteriores.

La caída de la Unión Soviética y el regreso del tradicionalismo

Si la relación entre la mujer y el Estado ha sido descrita como un matrimonio simbólico, Marina Kiblitskaya describe los cambios sucedidos tras la caída de la Unión Soviética como un divorcio, refiriéndose a las mujeres (principalmente las proveedoras) como “divorciadas del Estado”. Elena, una planificadora de 39 años en una empresa industrial, expresó este sentimiento con las siguientes palabras:

…nuestro Estado me escupió, no le importa cómo vivo, cómo me las arreglo para sobrevivir. No se preocupa por mí en absoluto. Su única preocupación es robarme, llevarse hasta mi último céntimo. Y a cambio no tengo nada que ver con él. Le devuelvo el escupitajo. No estoy interesada en su negocio, sus problemas, etc. No presto atención a su política interior o exterior. Sólo pienso en mi familia. Eso es lo más importante en mi vida. Sé que debo alimentar a mi familia, apoyarla, y estoy haciendo todo lo posible para minimizar el impacto de este maldito Estado en mí y en mi familia.[28]

Como añade Kiblitskaya “las mujeres se sienten abandonadas por el Estado, que ya no les garantiza empleo, no glorifica ni apoya su papel de madres y no les proporciona una red de seguridad.”[29] Los números respaldan sus afirmaciones. Sin el apoyo del Estado (o con uno menguante) entre 1985 y 2009 se redujo a casi la mitad el número de mujeres líderes en todos los sectores: de 11% a 5,6%.[30] Aunque no puede descartarse que el interés femenino en varios ámbitos laborales también disminuyera: entre 2002 y 2011 el número de ingenieras en activo descendió en 30.000, mientras que el de las empleadas en campos de humanidades subió en 5.000.[31] Eliminadas las cuotas de representación política, el número de mujeres en puestos de funcionariado electo también descendió significativamente, algo que la antropóloga Suzanne LaFont atribuye a que la participación política se percibía como una carga (añadida al trabajo y las tareas domésticas) generalmente considerada innecesaria.[32]

Sin una alternativa igualitaria, la retirada del Estado provocó que muchas adoptaran una postura favorable hacia modelos tradicionales. Larissa Lissyutkina afirmaría que “la emancipación de la mujer soviética no se basa en su exigencia de trabajar. Al contrario, la liberación es percibida por muchas como el derecho a no trabajar.”[33] Y la escritora feminista Nina Gabrielyan declaró que las mujeres estaban respondiendo positivamente al reemplazo de la “pseudo-igualitaria mitología socialista” por la “patriarcal.”[34]

Sarah Ashwin señala que muchas mujeres rechazan las ideas de igualdad defendidas por el feminismo al equipararlas con esta pseudo-igualdad experimentada por sus madres durante los años del comunismo.[35] Sin embargo la mayoría de las mujeres rusas no desea convertirse en ama de casa, algo que nunca formó parte de la tradición rusa, cuya población era en su mayoría campesina antes de la Revolución. Atendiendo a las encuestas, desean flexibilidad laboral para dirigir el hogar y un compañero varón más involucrado en las decisiones familiares, pero que no abandona su papel como principal proveedor.[36] Ahora bien, ¿pueden los hombres cumplir estas expectativas?

La desmoralización masculina

Al igual que en el caso de la mujer, la caída de la Unión Soviética trajo al varón una mezcla de problemas y oportunidades. Debido a su mejor posición en el trabajo, la caída del hombre fue más pronunciada.[37] Marina Kiblitskaya indicó que, aunque la brecha vital (mayor esperanza de vida para las mujeres) es común a casi todas las naciones, en Rusia es una de las más altas del mundo, sólo superada por otros países que también se encontraban en la órbita soviética. En el momento de su escrito, los hombres en edad laboral tenían índices de mortalidad cuatro veces superiores a los de las mujeres en todas las causas, siendo cinco veces más proclives a morir por enfermedades cardiovasculares, 4,7 veces más por intoxicación etílica, y siete por suicidio.[38]

El impacto de la transición fue mayor entre los hombres de clase trabajadora, que vieron sus industrias devastadas, salarios reducidos y a menudo pagados con retraso. Las oportunidades fuera del trabajo industrial, donde se concentraba el “trabajo real” asociado con su identidad masculina (trabajo con metal, maquinaria, minería, etc.) eran percibidas con desdén. Como afirmaba un hombre entrevistado por Kiblitskaya: “soy campesino por naturaleza. Trabajaré con hierro y tierra. Pero comprar y vender no es lo mío.”[39] En cualquier caso el nuevo auge de sectores como el comercio no podía absorber todos los empleos destruidos, y muchos hombres terminaron sumergiéndose en actividades autodestructivas, incluyendo el consumo excesivo de alcohol, el crimen o trabajar hasta la extenuación.[40]

Muchas mujeres se mostraron comprensivas con esta nueva situación, aunque también hubo voces críticas como ésta recogida por el periódico semanal Sem’ia (familia):

En cualquier libro o periódico que decidas leer en estos días, todos están escribiendo lo mismo: que nuestros hombres, pobres, están atormentados por el trabajo y las dudas, nadie los ama y nadie los entiende. Y así nos dicen que, en la mejor tradición de las mujeres rusas, debemos cuidarlos y hacer todo lo posible para elevar su espíritu. ¡Basura! No les pasa nada malo ni desafortunado, sólo lo aparentan para poder hacer un poco menos de trabajo. Sí, y descargarlo sobre los hombros de sus esposas.[41]

Con la retirada del Estado como patriarca universal, la llamada a la responsabilidad masculina para ejecutar su rol como proveedores no se hizo esperar, e incluso los medios se unieron a este llamamiento. En la revista Materinstvo encontramos un pasaje que refleja esta tendencia:

Hoy nuestros padres rusos post-soviéticos han obtenido la oportunidad de ocupar un lugar apropiado en la familia. Tan pronto como la economía se orientó al mercado, requirió el desarrollo de las cualidades masculinas tradicionales, y el hombre obtuvo la posibilidad de volver a su papel normal y natural. Su destino está ahora en sus manos … Él puede (si quiere, si se levanta del sofá y hace un esfuerzo) mantener a su familia. Ahora él mismo debe asumir la responsabilidad de los niños y no delegarla a Papá Estado.[42]

En la mayor parte de los casos, las mujeres se anclaron a la idea de que el hombre debía continuar siendo el principal proveedor. Cuando esta expectativa no se cumplía, su estatus como un “hombre de verdad” (muzhik) quedaba en entredicho y ponía en peligro su relación.[43] Algunos testimonios personales ilustran esta dinámica:

Un hombre debería ganar más (…). En la fábrica cuando yo recibía 190, ella recibía 82, pero todo cambió cuando comenzó a recibir la mitad más que yo. Empezó a reprocharme, mientras mi suegra la incitaba, y el resultado fueron diferencias entre nosotros. Todo porque comencé a ganar menos que ella en la fábrica. Reproches continuos. Hasta que nos separamos.[44]

Kiblitskaya se refiere a la incapacidad del hombre para cumplir su papel de proveedor como “castración simbólica”,[45] que podía llevarle al silencio y la sumisión doméstica. Como recoge en otro testimonio:

…y ya no abro la boca. Mi mujer recibe una pensión. Y en la entrada de la casa me pregunta “¿trajiste algo de dinero? Yo respondo “no”, y ella dice “¿cuál es tu problema? ¡Un hombre no vale para nada estos días!”[46]

La autora termina su artículo con una línea de sumo interés: “…[Los hombres tienen] dos opciones: aceptar la subordinación o contraatacar. Trágicamente, sin embargo, el único objetivo en el que tienen posibilidad de conseguir alguna ‘victoria’ son sus esposas.”[47] En ella parece referirse a la violencia doméstica que puede derivarse de esta tensión, pero no hemos de olvidar que muchas veces el hombre dirige esa violencia hacia sí mismo, mediante conductas autodestructivas de las que el suicidio supone la máxima expresión. El hecho de que sólo haya dos opciones: sumisión o lucha, también da a entender que la mujer no desea un arreglo igualitario. En ese sentido Kukhterin afirma que “[para los hombres] recuperar el control de la esfera privada no es nada fácil].”[48] Y dada la situación de la mujer en la historia reciente de muchos países de la antigua Unión Soviética, es fácil entender por qué.

Conclusiones

A lo largo del artículo he descrito cómo el actual rechazo al feminismo en Rusia va más allá de asociarlo con las formas más radicales de Occidente, o de considerarlo un producto extranjero incompatible con los valores nacionales (e incluso destinado a socavarlos). La retórica de la igualdad evoca recuerdos poco agradables entre las mujeres.[49] De la vida de sus madres y abuelas. Recuerdan cómo el Estado sedujo a la mujer con promesas de igualdad que desembocaron en su explotación, y cómo tras el fin de la Unión Soviética se les retiró su red seguridad, dejándolas con hombres a los que se había desmoralizado y que experimentaban dificultades para cubrir ese vacío.

El retorno del tradicionalismo, sin embargo, no es absoluto. La mujer quiere que el hombre sea el principal proveedor, pero no el único. Que se involucre en las decisiones de la familia y que ayude en el hogar, pero no que haga la mitad de las tareas domésticas. En definitiva, las mujeres rusas han encontrado su propio equilibrio y, dada la historia reciente del país, resulta comprensible su recelo hacia un discurso de igualdad que se parece demasiado al que las había encadenado.

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Notas

[1] Mikhail Gorbachev, «Mikhail Gorbachev on Women and the Family», Population and Development Review 13, n.o 4 (diciembre de 1987): 758, https://doi.org/10.2307/1973044.

[2] Nadezhda Azhgikhina, «Why Are Russian Women Opposed to #MeToo?», The Nation, 23 de febrero de 2018, https://www.thenation.com/article/archive/why-are-russian-women-opposed-to-metoo/.

[3] Alexandra V. Orlova, «Russian Politics of Masculinity and the Decay of Feminism: The Role of Dissent in Creating New “Local Norms”», Power and Identity Politics: The Intersections of Marginalization and Social, Economic, and Political Ascension 25, n.o 1 (octubre de 2018): 29.

[4] Orlova, 61-63.

[5] Sarah Ashwin, «”A Woman Is Everything”: The Reproduction of Soviet Ideals of Womanhood in Post-Communist Russia», en Work, Employment and Transition: Restructuring Livelihoods in Post-Communist Eastern Europe, ed. A. Smith, A. Rainnie, y A. Swain (London: Routledge, 2002), 119; Sarah Ashwin, «Introduction», en Gender, State and Society in Soviet and Post-Soviet Russia, ed. Sarah Ashwin (London and New York: Routledge, 2012), 11.

[6] Sergei Kukhterin, «Fathers and Patriarchs in Communist and Post-Communist Russia», en Gender, State and Society in Soviet and Post-Soviet Russia, ed. Sarah Ashwin (London and New York: Routledge, 2012), 77, 71, 84.

[7] Kukhterin, 83, 88.

[8] Ashwin, «Introduction», 12.

[9] Ashwin, 12; Kukhterin, «Fathers and Patriarchs in Communist and Post-Communist Russia», 73.

[10] Ashwin, «Introduction», 16.

[11] Ashwin, 13.

[12] Ashwin, 13.

[13] Kukhterin, «Fathers and Patriarchs in Communist and Post-Communist Russia», 79.

[14] Marina Kiblitskaya, «Russia’s Female Breadwinners. The Changing Subjective Experience», en Gender, State and Society in Soviet and Post-Soviet Russia, ed. Sarah Ashwin (London and New York: Routledge, 2012), 61.

[15] Kukhterin, «Fathers and Patriarchs in Communist and Post-Communist Russia», 84.

[16] Oleksandr Pahiria, «Gender in the USSR», The Ukrainian Week, 18 de abril de 2012, https://ukrainianweek.com/History/46704.

[17] Kukhterin, «Fathers and Patriarchs in Communist and Post-Communist Russia», 78.

[18] Suzanne Lafont, «One Step Forward, Two Steps Back: Women in the Post-Communist States», Communist and Post-Communist Studies 34 (1 de febrero de 2001): 206, https://doi.org/10.1016/S0967-067X(01)00006-X; El término byt se utiliza para describir la monotonía de la rutina diaria, incluyendo permanecer en cola para comprar, cargar con las bolsas, montar en autobuses abarrotados, cuidar de los hijos, cocinar, hacer los platos, limpiar la casa y hacer la compra, e incluso existía un género novelístico conocido como “literatura byt.” Véase Jennifer Harkins, «Portrayal of Abortion in Russian Women’s Literature» (University of Washington, 2016), 2, https://jsis.washington.edu/ellisoncenter/wp-content/uploads/sites/13/2016/05/Harkins_Abortion-in-Russia.pdf.

[19] National Endowment for the Humanities, «Housing in the USSR», Communal Living in Russia, 2008, http://kommunalka.colgate.edu/cfm/essays.cfm?ClipID=376&TourID=900.

[20] L. I. Remennick, «Epidemiology and Determinants of Induced Abortion in the U.S.S.R», Social Science & Medicine 33, n.o 7 (1991): 841, 843, https://doi.org/10.1016/0277-9536(91)90389-t.

[21] Martin Van Creveld, The Privileged Sex, First edition (Mevasseret Zion: DLVC Enterprises, 2013), 92.

[22] Ashwin, «”A Woman Is Everything”», 119.

[23] Rebecca Kay, «Caring for men in contemporary Russia: Gendered constructions of need and hybrid forms of social security», Focaal: Journal of Global and Historical Anthropology, n.o 50 (1 de diciembre de 2007): 54, https://doi.org/10.3167/foc.2007.500105.

[24] Ashwin, «Introduction», 17-18.

[25] William M. Mandel, Soviet Women (Garden City, New York: Anchor Books, 1975), 110.

[26] Gorbachev, «Mikhail Gorbachev on Women and the Family», 758.

[27] Kerry McCuaig, «Effects of “Perestroika” and “Glasnost” on Women», Canadian Woman Studies 10, n.o 4 (1 de enero de 1989): 12.

[28] Kiblitskaya, «Russia’s Female Breadwinners. The Changing Subjective Experience», 66.

[29] Kiblitskaya, 66.

[30] Svetlana V. Barabanova et al., «The Decline of Women in Russian Engineering Education: American Society for Engineering Education» (120th ASEE Annual Conference & Exposition, Atlanta: American Society for Engineering Education, 2013), 3, https://www.asee.org/public/conferences/20/papers/6985/view.

[31] Barabanova et al., 4.

[32] Lafont, «One Step Forward, Two Steps Back», 208.

[33] Ashwin, «”A Woman Is Everything”», 117. [Énfasis añadido]

[34] Ashwin, 117.

[35] Lafont, «One Step Forward, Two Steps Back», 215.

[36] Ashwin, «”A Woman Is Everything”», 121, 123-24, 127-29.

[37] Marina Kiblitskaya, «‘Once We Were Kings’ Male Experiences of Loss of Status at Work in Post-Communist Russia», en Gender, State and Society in Soviet and Post-Soviet Russia, ed. Sarah Ashwin (London and New York: Routledge, 2012), 90.

[38] Kiblitskaya, 95.

[39] Kiblitskaya, 100.

[40] Kay, «Caring for men in contemporary Russia», 52.

[41] Kay, 52.  

[42] Ashwin, «”A Woman Is Everything”», 120.

[43] Kiblitskaya, «‘Once We Were Kings’ Male Experiences of Loss of Status at Work in Post-Communist Russia», 96.

[44] Ashwin, «”A Woman Is Everything”», 128.

[45] Kiblitskaya, «‘Once We Were Kings’ Male Experiences of Loss of Status at Work in Post-Communist Russia», 103.

[46] Kiblitskaya, 97.

[47] Kiblitskaya, 103.

[48] Kukhterin, «Fathers and Patriarchs in Communist and Post-Communist Russia», 85.

[49] Lafont, «One Step Forward, Two Steps Back», 215.

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