La opresión de la mujer nativa en el discurso colonial europeo

¿[Acaso] no eres bonita? ¡Desvélate!” Cartel colonial francés distribuido durante la Guerra de Argelia (1958)

En el programa colonial, era la mujer a quien se otorgaba la misión histórica de agitar al hombre argelino. Convirtiendo a la mujer, ganando su adhesión a los valores extranjeros, liberándola de su estatus, se conseguía al mismo tiempo obtener poder real sobre el hombre y adquirir medios prácticos y efectivos para desestructurar la cultura argelina.[1]

Frantz Fanon

En un artículo anterior sobre la Unión Soviética describí lo que Sergei Kukhterin llamó “la alianza entre el Estado y la mujer”: una forma en que el Estado abrió el espacio doméstico para poner bajo su control el comportamiento masculino y supeditarlo a sus intereses.[2] Aunque la maniobra parecía inusual, lo cierto es que no era completamente nueva. Los imperios coloniales emplearon el discurso de la liberación femenina para desestabilizar y controlar los territorios colonizados, además de justificar su dominio. En este artículo nos centraremos en tres casos: Argelia bajo la ocupación francesa y Egipto e India bajo el gobierno británico.

Desvelando Argelia

Frantz Fanon, uno de los líderes del Frente de Liberación Nacional, resumió la doctrina política colonial francesa con estas palabras: “Si queremos destruir la estructura de la sociedad argelina, su capacidad de resistencia, lo primero que debemos hacer es conquistar a sus mujeres. Debemos ir y encontrarlas tras los velos en que esconden y en las casas donde los hombres las mantienen fuera de vista.”[3]

Para Fanon, la estrategia no habría sido fruto de un repentino interés en los derechos de la mujer, sino de un trabajo coordinado entre los departamentos árabes, los sociólogos y los etnólogos de lo que se llamó “asuntos nativos”, tras descubrir que bajo un aparente patriarcado se escondía una importante esencia “matriarcal.”[4] También hubo otras consideraciones, como por ejemplo que el vecino Túnez había avanzado en cuanto a los derechos de la mujer una vez terminada su etapa colonial, haciendo que el papel “civilizador” de Francia pareciera cada vez más cuestionable.[5]

El gobierno de ocupación francés comenzó así una campaña que describía a las mujeres argelinas como humilladas, degradadas y deshumanizadas por sus hombres a fin de “confinar al argelino en un círculo de culpabilidad,”[6] mientras se presentaba como su salvador frente a la barbarie nativa a través de una campaña de propaganda en la que participaron trabajadores sociales y organizaciones caritativas. Se invitó así a las mujeres argelinas a tener un papel crucial para transformar su destino, y las pocas que accedieron a hacerlo fueron tratadas como pequeñas celebridades en la metrópoli, empleándolas como símbolos que justificaban el dominio francés.[7]

La “liberación” de la mujer se identificó con la eliminación del velo, término que también se empleó para designar muchos tipos de pañuelos islámicos.[8] Llegaron incluso a existir ceremonias de desvelamiento, donde las mujeres (en su mayoría sirvientas bajo amenaza de despido, prostitutas o mujeres pobres llevadas contra su voluntad) eran desveladas bajo el grito de “¡Viva la Argelia francesa!”[9]

Fanon, claro está, no era un observador neutral del conflicto argelino. Sin embargo su descripción es consistente con el relato de historiadores posteriores. Elizabeth Perego, por ejemplo, describe cómo en 1958 la argelina Monique Améziane se dirigió a una multitud para hablar de su deseo de emancipación, quitándose públicamente el velo en un intento de convencer a las mujeres argelinas de que debían seguirla para liberarse. Aunque por supuesto, bajo la tutela francesa. Lo que también describe Perego es cómo esta mujer lo hizo contra su voluntad. Tras intentar sin éxito que otras argelinas declararan públicamente su lealtad al gobierno francés mediante el gesto simbólico de desvelarse, las autoridades francesas amenazaron a Améziane con ejecutar a su hermano de no cumplir con su petición.[10]

Y por supuesto no podemos olvidar las torturas y violaciones cometidas por soldados franceses a mujeres argelinas. Torturas que tenían connotaciones “modernizadoras”: desde la electrocución, hasta violar empleando una botella de Coca-Cola, pasando por utilizar los velos para atar a las mujeres. Paralelamente a estos horrores, el gobierno francés emitió una película propagandística sobre la opresión de la mujer argelina. Matthew Connely señaló al respecto que “si hay un villano en la obra no es específicamente el Frente de Liberación Nacional, que ni siquiera se menciona, sino “muchos musulmanes” (…) que insisten en el control total y la obediencia absoluta, cuyas mujeres son tratadas poco mejor que el ganado.”[11] Como indica Perego, esta contradicción (o hipocresía) se podía encontrar en el entonces coronel Jacques Massu y su esposa Suzanne. Mientras el primero supervisaba la tortura y violación de las argelinas, su esposa participó en la fundación del Movimiento de Solidaridad Femenina para ayudarlas.[12]

El mayor problema para el discurso francés sería sin duda la aparición de luchadoras argelinas en el FLN, particularmente cuando manipularon el prejuicio del velo, quitándoselo para burlar la vigilancia francesa y realizar actividades logísticas sin levantar sospechas.[13] Se calcula que durante el conflicto, al menos 11.000 mujeres participaron activamente en la guerra.[14] Sin embargo, una vez terminado, fueron confinadas al hogar y el nuevo gobierno argelino no realizó reformas significativas en cuanto a sus derechos. Quizá porque como afirmó Fanon “vemos una general actitud de rechazo hacia los valores del colonizador, incluso cuando estos valores son objetivamente merecedores de ser elegidos.”[15]

Egipto bajo el “protectorado velado”

La descripción del islam como una religión especialmente opresiva para la mujer, con el velo como su mayor símbolo, también se utilizó en Egipto, esta vez por parte de los colonizadores británicos. Al igual que en Argelia, el discurso de liberación femenina no emergió de una preocupación genuina, sino que se utilizó para justificar su dominio colonial. El caso más claro lo podemos encontrar en las decisiones personales de Evelyn Baring, generalmente conocido como Lord Cromer, que desempeñó el cargo de cónsul general en Egipto entre 1883 y 1907.

Pese a que durante su mandato defendió elevar la posición de la mujer egipcia, una vez terminado regresó al Reino Unido para convertirse en miembro fundador y presidente de la Liga de Hombres en Oposición al Sufragio Femenino. Como describió Leila Ahmed: “El feminismo en la metrópoli y dirigido hacia los hombres blancos debía ser resistido y suprimido; en su lugar, debía llevarse al extranjero y dirigirlo contra las culturas de los pueblos colonizados.”[16]

Cromer consideraba que el islam había fracasado como sistema social, situando a la cabeza de sus fallos el tratamiento de la mujer. Para reafirmarlo utilizó esta cita del orientalista británico Stanley Lane-Poole: “la degradación de la mujer en Oriente es una úlcera que comienza su destructivo trabajo en la infancia, y se ha extendido a todo el islam.” Una degradación que identificaba con el velo y la segregación sexual.[17]

El discurso de Cromer era apoyado por buena parte de los misioneros, y particularmente las misioneras. Una de ellas escribió que las mujeres musulmanas debían ser rescatadas por sus hermanas cristianas. Consideraban que el matrimonio en el islam se basaba en la sensualidad y no el amor, enterrando a las mujeres en vida tras el velo y convirtiéndolas en esclavas, en lugar de compañeras.[18]

Al igual que en el caso de Cromer, sin embargo, esta liberación no era desinteresada: la única forma de ser rescatada era convertirse al cristianismo. De hecho, la mujer se consideraba una vía para dinamitar al islam. Como propuso otra misionera, la misión evangelizadora debía concentrarse en la mujer musulmana porque ellas moldeaban a los niños. Era necesario influenciarlos desde pequeños para que cuando llegaran a la edad adulta pudieran denunciar directamente los males del islam. La misionera de hecho comparó este proceso con colocar un “barril de pólvora (…) en el corazón del islam.”[19]

También existieron voces egipcias alineadas con los poderes coloniales que defendieron su modelo. La más conocida es la de Qassim Amin, quien en su obra Tahrir Al-Mar’a (La liberación de la mujer) afirmó que para seguir el camino de éxito de la civilización Occidental era necesario cambiar a las mujeres, pues “el hombre adulto no es sino aquel a quien su madre moldeó en su infancia.”[20] Amin era partidario de eliminar el velo y la segregación sexual. Sin embargo, los cambios que apoyaba no se originaban una simpatía hacia la figura femenina. Como escribe en su obra:

La mayoría de las mujeres egipcias no tiene la costumbre de peinarse todos los días (…) ni se baña más de una vez por semana. No saben cómo usar un cepillo de dientes y no tienen interés por la ropa atractiva, pese a que su atractivo y limpieza influyen fuertemente en las inclinaciones de los hombres. No saben cómo despertar el deseo en su esposo, ni cómo retenerlo o aumentarlo (…). Esto se debe a que la mujer ignorante no comprende los sentimientos internos ni los impulsos de atracción y aversión. (…) Si intenta despertar el interés de un hombre, generalmente tendrá el efecto contrario.[21]

Para Amin las mujeres sólo sabían si su esposo era “alto o bajo, blanco o negro” mientras que se le escapaban sus cualidades intelectuales y emocionales.[22] Escribe que las mujeres egipcias:

…alaban a los hombres con los que varones honorables no se darían la mano, y odian a quienes honramos. Esto se debe a que juzgan según sus mentes ignorantes. El mejor hombre en su opinión es el que juega con ella todo el día y toda la noche (…) y tiene dinero (…) y le compra ropa y cosas bonitas. Y el peor de los hombres es el que pasa su tiempo trabajando en su oficina; cada vez que lo ve (…) leyendo (…) [ella] maldice los libros y maldice el conocimiento.[23]

Al mismo tiempo que describe a las mujeres como ignorantes en cuanto a sus maridos, las acusa de obsesionarse con su comportamiento:

Nuestras mujeres no hacen ninguna de las tareas domésticas, y no trabajan ni en arte ni oficio, ni se dedican a la búsqueda del conocimiento, y no leen ni adoran a Dios, entonces, ¿qué hacen? Te diré, y tú sabes, como yo, que lo que ocupa a la esposa del hombre rico y pobre, el erudito y el ignorante, el amo y el sirviente, es una cosa (…) que toma muchas formas, y es su relación con su esposo. A veces ella se imagina que él la odia y luego que la ama. A veces lo compara con los esposos de sus vecinas. (…) A veces se pone a buscar una manera de cambiar lo que siente por sus parientes (…). Tampoco deja de supervisar su conducta con las sirvientas y observa cómo se ve cuando las mujeres visitan (…) no tolerará a ninguna criada a menos que ésta sea horrible. (…) La ves con vecinas y amigas (…) alzando la voz y relatando todo lo que ocurre entre ella y su esposo, y los parientes y amigos de su esposo, sus penas y alegrías, y todos sus secretos, revelando lo que hay en su corazón hasta que no haya ningún secreto —incluso asuntos del dormitorio.[24]

Por su adulación a la cultura occidental, que consideraba una cura para el atraso femenino y masculino, se cree que Amin escribió el libro a petición de Cromer.[25] En cualquier caso, el discurso de Amin provenía de una clase media-alta alineada con los poderes coloniales, cuyo estilo de vida comenzaba a adoptar, por lo que según autores como Leyla Ahmed, tenía una dimensión clasista y se convertía así en un ataque contra las costumbres de las clases medias y bajas.[26] Un clasismo que también se dio en otros países de mayoría musulmana como Irán antes de la Revolución y que hizo del velo un símbolo de atraso.

El discurso de liberación femenina, sin embargo, no se reflejaba en las medidas introducidas por los británicos. Por ejemplo en 1881 el 70% de los estudiantes (chicos y chicas) en escuelas gubernamentales recibía ayudas para la matrícula, ropa y libros. Once años después de que llegaran los británicos, el 73% se hacía cargo de todos sus gastos. Estos recortes afectaron más a las chicas, pues ante dificultades económicas las familias otorgaban prioridad a la educación de los varones.[27] En una medida más directa, la Escuela de Hakimas, que había formado a enfermeras y doctoras desde 1832, fue reducida a formar matronas.[28] La batalla simbólica del velo era más rentable que reformas significativas en los terrenos educativo y laboral.

En definitiva, el discurso de liberación femenina esgrimido por las autoridades británicas, sus aliados egipcios y los misioneros cristianos no era realmente genuino, sino que se trataba de un medio para otros fines. Y su obsesión con eliminar el velo terminó convirtiéndolo en símbolo de resistencia y rechazo a la cultura colonizadora en Egipto y otros países.

El discurso colonial en India

Aunque India no constituye un caso tan claro como los anteriores, todavía existieron discursos de liberación femenina exportados desde la metrópoli. Sin embargo estuvieron encabezados no tanto por las autoridades coloniales, sino por miembros de los movimientos de mujeres (principalmente las sufragistas), aunque existieran otros actores como los misioneros.

Según Antoinette Burton, “como en sus argumentos para la emancipación femenina alistaron al imperio y sus valores de una forma tan apasionada y articulada, las feministas británicas también deben incluirse entre quienes moldearon la retórica e ideología imperial de este período.”[29] Para las feministas británicas (término que diversos autores emplean para realmente referirse a los movimientos de mujeres), la emancipación femenina no era necesaria sólo por ser justa, sino porque representaba el interés nacional y el cumplimiento de su destino histórico.[30]

Aunque las británicas creían realmente en los beneficios de la liberación femenina para los pueblos colonizados, las autoridades vieron con buenos ojos este discurso para justificar su dominio. Un ejemplo lo encontraríamos en Lord Curzon, virrey de India, que al terminar su mandato alabó públicamente el trabajo de su esposa para elevar la posición de la mujer nativa, y posteriormente sustituyó a Lord Cromer como presidente de la Liga Contra el Sufragio Femenino.[31] Porque como apunta Burton, existía el temor de que la estabilidad imperial peligrara si las mujeres lograban el voto, y de que las razas nativas se rebelaran al tomarlo como una señal de debilidad o fracaso de la metrópoli.[32]

Sin embargo, la situación de la mujer nativa se utilizaba con frecuencia como “una vara útil con la que golpear a indios nacionalistas y protonacionalistas.”[33] De hecho el proyecto de ley de 1882, que habría dado jurisdicción criminal a los funcionarios indios para juzgar a residentes británicos, fue rechazado bajo el pretexto de que la condición de la mujer nativa hacía que los indios no estuvieran preparados para obtener concesiones de igualdad política o legal.[34]

Curiosamente, la mayor polémica en torno a la situación de la mujer india no se originaría en las declaraciones de las autoridades británicas, sino en la obra de una escritora estadounidense: Katherine Mayo, autora de Mother India (Madre India).

En su obra, Mayo denuncia numerosos males de la sociedad india. Aunque se centra en los relacionados con la mujer, particularmente el matrimonio infantil, también incluye el tratamiento de los intocables y otros temas. Su diagnóstico era que la desbordada sexualidad del varón indio, sancionada por el hinduismo, era responsable de que abundaran las violaciones, la prostitución, el matrimonio infantil, la maternidad prematura y otras injusticias que recaían sobre las mujeres.[35] Rechazaba así la postura de superioridad espiritual que esgrimía el movimiento nacionalista indio y defendió que el mejor camino era continuar bajo dominio británico.

Como era de esperar, Mother India generó una de las mayores polémicas de la época: se llegaron a escribir más de 50 libros para refutarlo, se pidió su prohibición e incluso fue criticado por figuras prominentes como Mahatma Ghandi.[36]

La gran pregunta fue hasta qué punto estuvieron implicadas las autoridades británicas. El gobierno colonial declaró que sólo proporcionó a Mayo las mismas facilidades que a cualquier viajero durante los tres meses que estuvo en India para documentar su libro, y negó haber estado involucrado. Sin embargo, según Mrinalini Sinha, la autora cometió el error de reconocer públicamente “su tremenda deuda con el gobierno británico, sin cuya ayuda admitió no haber podido escribir su libro.”[37] Este error “avergonzó a los oficiales británicos y le costó su cooperación para su siguiente libro sobre India.”[38] Una cooperación que sólo recuperó cuando Hugh McGregor, responsable del departamento de información en la Oficina de India en Londres, aleccionó a Mayo sobre su error y obtuvo de ella la promesa de que en el futuro no mencionaría la ayuda por parte de fuentes oficiales.[39]

Pese a que el apoyo recibido nunca fue oficial, no cabe duda de que existió, y Sinha señala que la autora estaba constantemente en contacto con numerosos oficiales, a quienes declaró que su objetivo era “apoyar la causa británica en India a través de su libro en cualquier manera que consideraran oportuna.”[40] De hecho, aunque inicialmente Mayo iba a centrarse en el cólera, recibió la idea de tratar el matrimonio infantil y la maternidad prematura de J.H. Adams, un oficial británico de la División Central de Inteligencia en India.[41]

Aún sin la propuesta de Adams, es posible que Mayo hubiera abordado el mismo tema, atendiendo a sus tres obras sobre la policía estatal, particularmente la de Pennsylvania. En su elogio al cuerpo policial invocaba el temor a las “hordas” de inmigrantes y negros que amenazaban a las indefensas mujeres anglosajonas, necesitadas de una protección masculina dotada de autocontrol, que era representada por la policía.[42]

En definitiva, aunque las autoridades británicas en India no fueron tan explícitas en cuanto al discurso de la liberación de la mujer nativa para justificar su poder, éste continuó permeando las relaciones entre colonizadores y colonizados, constituyendo un recurso al que se acudió en momentos determinados para mantener el statu quo. A modo de conclusión, me gustaría citar esta frase de Joanna Liddle y Rama Joshi, que aunque describe el caso de India bien podría aplicarse a Argelia y Egipto: “los colonizadores tanto mejoraron como empeoraron la posición de la mujer de distintas maneras, pero sus acciones no estaban dictadas por una preocupación por las mujeres, sino por el deseo de mantener intereses financieros y poder político en un país extranjero.”[43] Discursos y políticas para mejorar la situación de la mujer pueden provenir de las más puras intenciones, pero como en el caso de la Unión Soviética y las potencias coloniales, la Historia nos demuestra que también pueden originarse en un deseo de controlar la sociedad y justificar el propio poder.


Notas

[1] Frantz Fanon, «Algeria Unveiled», en Decolonization. Perspectives from Now and Then, ed. Prasenjit Duara (London and New York: Routledge, 2003), 45.

[2] Sergei Kukhterin, «Fathers and Patriarchs in Communist and Post-Communist Russia», en Gender, State and Society in Soviet and Post-Soviet Russia, ed. Sarah Ashwin (London and New York: Routledge, 2012), 71, 77, 84.

[3] Fanon, «Algeria Unveiled», 44.

[4] Fanon, 44.

[5] Elizabeth Perego, «The Veil or a Brother’s Life: French Manipulations of Muslim Women’s Images during the Algerian War, 1954–62», The Journal of North African Studies 20, n.o 3 (27 de mayo de 2015): 353, 355, https://doi.org/10.1080/13629387.2015.1013942.

[6] Fanon, «Algeria Unveiled», 44.

[7] Fanon, 47.

[8] Perego, «The Veil or a Brother’s Life», 360.

[9] Fanon, «Algeria Unveiled», 54.

[10] Perego, «The Veil or a Brother’s Life», 349-50.

[11] Matthew J. Connelly, A Diplomatic Revolution: Algeria’s Fight for Independence and the Origins of the Post-Cold War Era (Oxford: Oxford University Press, USA, 2003), 2016.

[12] Perego, «The Veil or a Brother’s Life», 366-67.

[13] Fanon, «Algeria Unveiled», 53.

[14] Adrienne Leonhardt, «Between Two Jailers: Women’s Experience During Colonialism, War, and Independence in Algeria», Anthós 5, n.o 1 (1 de enero de 2013): 49, https://doi.org/10.15760/anthos.2013.43.

[15] Fanon, «Algeria Unveiled», 54.

[16] Leila Ahmed, Women and Gender in Islam: Historical Roots of a Modern Debate (New Haven and London: Yale University Press, 1992), 153.

[17] Ahmed, 152-53.

[18] Ahmed, 154.

[19] Ahmed, 154.

[20] Ahmed, 156.

[21] Ahmed, 157.

[22] Ahmed, 157.

[23] Ahmed, 157-58.

[24] Ahmed, 158.

[25] Ahmed, 159.

[26] Ahmed, 162.

[27] Ahmed, 137.

[28] Ahmed, 153.

[29] Antoinette M. Burton, Burdens of History: British Feminists, Indian Women, and Imperial Culture, 1865-1915 (Chapel Hill and London: Univ of North Carolina Press, 1994), 5.

[30] Burton, 6.

[31] Deepa Kumar, «Imperialist Feminism», International Socialist Review, accedido 1 de julio de 2020, https://isreview.org/issue/102/imperialist-feminism.

[32] Burton, Burdens of History, 14.

[33] Mrinalini Sinha, «Introduction», en Mother India, de Katherine Mayo (Ann Arbor: University of Michigan Press, 2000), 29, https://www.press.umich.edu/10490/mother_india.

[34] Mrinalini Sinha, «“Chathams, Pitts, and Gladstones in Petticoats”: The Politics of Gender and Race in the Ilbert Bill Controversy, 1883-1884», en Western Women and Imperialism: Complicity and Resistance, ed. Nupur Chaudhuri y Margaret Strobel (Bloomington and Indianapolis: Indiana University Press, 1992), 100.

[35] Sinha, «Introduction», 4.

[36] Sinha, 2.

[37] Sinha, 19.

[38] Sinha, 19-20.

[39] Sinha, 20.

[40] Sinha, 21.

[41] Sinha, 24.

[42] Sinha, 10.

[43] Joanna Liddle y Rama Joshi, «Gender and Imperialism in British India», Economic and Political Weekly 20, n.o 43 (1985): 72.

2 comentarios sobre “La opresión de la mujer nativa en el discurso colonial europeo

  1. Queda en evidencia que el feminismo es una herramienta ideológica de acuerdo al interés del poder en turno.

  2. ” …adquirir medios prácticos y efectivos para desestructurar la cultura argelina”
    Lo mismo que se pretende con el feminazismo, desestructurar y destruir la cohesión social.
    ¿Qui prodest?
    Gobiernos traidores y gente engañada que trabaja a favor de su enemigo

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