La promesa vacía de la deconstrucción masculina

Aclaraciones preliminares

Hace unas semanas indiqué en las redes sociales que el 90% de las víctimas de las desapariciones forzadas entre 1980 y 2019 fueron varones (pp. 28-33), dato que apoya el modelo del intercambio de estatus por protección que he defendido en esta bitácora. A ello, un comentarista respondió en tono condescendiente que la solución al problema, además de otros como la violencia, el suicidio y las muertes laborales, consistía en cambiar el modelo de masculinidad hegemónica: deconstruir al varón para que adopte una nueva masculinidad.

Por supuesto es dudoso que adoptar una nueva masculinidad te haga invulnerable a las desapariciones forzadas de una dictadura o a la violencia criminal. Y si incluimos en este nuevo modelo a potenciales dictadores y delincuentes, todo podría reducirse a que los problemas se solucionarían si todos nos comportáramos bien con el prójimo. Sin embargo, como suele ser una respuesta cada vez más habitual cuando trato problemas masculinos no relacionados con el feminismo, decidí crear esta entrada para llevar ese argumento hasta sus últimas consecuencias y así exponer las dudas que me plantea.

Antes de empezar, quiero indicar lo que esta entrada NO es: una crítica a modelos alternativos de masculinidad en defensa de uno tradicional. Siempre he estado a favor de una mayor flexibilidad y libertad en ese sentido: que el hombre no sea socialmente penalizado por competir en un torneo de artes marciales mixtas o trabajar en una guardería, por poner ejemplos de áreas habitualmente asociadas a lo masculino y femenino, que tampoco tienen por qué ser herméticas. Así pues, no realizaré una crítica a las preferencias personales, sino a la idea de que deconstruir la masculinidad para adoptar una variante más feminizada supondría el fin de la violencia y los problemas masculinos que de ella se derivan. Y pongo el foco en la violencia porque ésta es la gran preocupación de las nuevas masculinidades, como pueden ver por ejemplo la imagen que sitúo abajo.

Finalmente, también matizar que esta mayor flexibilidad o libertad no debe identificarse con las nuevas masculinidades, pues si bien estas últimas proponen modelos alternativos de masculinidad, terminan oponiéndolos a los tradicionales y asignándoles una posición moral superior, postura que no comparto.

Habiendo clarificado todo esto, ahora sí, comenzamos el artículo propiamente dicho.

Portada de la revista Masculinidades. He añadido las flechas para resaltar el interés por la violencia.

La deconstrucción masculina como solución a la violencia

En la entrada “Masculinidad: el nuevo origen del mal” señalé que se identifica el modelo de masculinidad tradicional únicamente con sus excesos, trazando hasta él todo tipo de males: desde el la violencia hasta el imperialismo, pasando por el racismo e incluso la corrupción. Eliminando esta fuente de problemas, se podría teóricamente construir un mundo más justo y mejor donde los hombres no sufrieran la violencia que ellos mismos generan, o el desgaste mental que conlleva el culto a la virilidad. Éste es, en suma, el argumento que suelo encontrar, con pequeñas variantes.

Sigue leyendo “La promesa vacía de la deconstrucción masculina”

La situación de los varones afganos

Imagen de The Independent

En este artículo voy a intentar tratar el futuro que le espera a los varones afganos tras la caída de Kabul a manos de los talibanes, puesto que gran parte de lo escrito desde una perspectiva de género se ha centrado en mujeres y niñas. Mi intención no es comparar ni minimizar el sufrimiento de ninguno de los dos sexos, sino explorar un ángulo al que rara vez se presta atención. Hay especialistas que podrían hacerlo mejor que yo, pero por el momento no he encontrado artículos dedicados sobre este tema, de modo que espero que, pese a sus faltas, este texto pueda al menos comenzar la conversación. 

¿Qué le espera a los varones afganos?

Vamos a comenzar con lo más obvio: los disidentes y aquellos que colaboraron con la coalición internacional corren un alto riesgo de ser torturados y/o ejecutados. Aunque las mujeres no escapan a las represalias, la mayor participación de los varones en el espacio público conllevará inevitablemente a que caigan abrumadoramente sobre ellos. 

Como ya vimos en esta misma bitácora, entre las víctimas civiles en Afganistán, los varones adultos constituyen la mayor parte de las muertes (el 69,6% la última vez que comprobé, en 2015). Esto se debe a que no se les considera civiles “neutros” con la misma frecuencia que a mujeres y niños, sino potenciales enemigos o activos a reclutar. Aunque el artículo “Género, reclutamiento y protección”, publicado por la Revista de Migraciones Forzadas, trata sobre el conflicto sirio y no afgano, explica bastante bien esta dinámica para quienes quieran saber más.

Las reglas para los hombres no son tan numerosas como las de las mujeres, pero también las hay. Sobre apariencia, dejarse barba será obligatorio, al igual que llevar el sombrero o turbante. Luego están las relativas a la segregación sexual, como por ejemplo no poder dirigirse a una mujer sin que la haya presentado primero uno de sus parientes masculinos. En este sentido se suele olvidar que los hombres también son condenados a morir lapidados por infidelidad conyugal, como describí en un artículo anterior.

Por otra parte, la segregación sexual también es un entorno en el que pueden abundar abusos y agresiones sexuales, como el caso de una red escolar en la que profesores y otros adultos pudieron haber abusado de más de 500 niños varones

Fuente: The Guardian

Los matrimonios de varones menores de edad (como los de las chicas) volverán a ser sancionados. No afirmo que volverán a ocurrir porque, como algunas de las cosas que he señalado y señalaré en este artículo, nunca dejaron hacerse incluso bajo la ocupación. La condena es tanto al retorno como a la continuidad. En el artículo “Boys with brides” se describe el caso de un niño de 12 años que tuvo que casarse con una mujer de 24 años para que sus tíos no se quedaran con la herencia de sus hermanas. Desde luego es más habitual ver a niñas menores con hombres mayores que a la inversa, pero más frecuentes aún son los matrimonios entre dos menores.  

Sigue leyendo “La situación de los varones afganos”

Amos del lenguaje. Amos del discurso de género

…pero, en todo caso, lo que demuestra es que hay trescientos sesenta y cuatro días para recibir regalos de incumpleaños…

-Desde luego -asintió Alicia.

-¡Y sólo uno para regalos de cumpleaños! Ya ves. ¡Te has cubierto de gloria!

-No sé qué quiere decir con eso de la “gloria” -observó Alicia.

Humpty Dumpty sonrió despectivamente.

-Pues claro que no…, y no lo sabrás hasta que te lo diga yo. Quiere decir que “ahí te he dado con un argumento que te ha dejado bien aplastada”.

-Pero “gloria” no significa “un argumento que deja bien aplastado” -objetó Alicia.

Cuando yo uso una palabra -insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

-La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

-La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda…, eso es todo.

Fragmento de A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (1871)

Introducción

Patriarcado, violencia estructural, feminicidio, violencia machista, masculinidad tóxica… En el debate público actual encontramos numerosos términos que anteriormente se limitaban a discusiones internas dentro del feminismo. Algunas palabras son de nuevo cuño, otras existían ya en trabajos académicos o eran de uso común pero se empleaban con un sentido distinto. Las hay que se definen de forma estricta, como por ejemplo “el feminismo es igualdad”; algunas cuyo significado es elástico, como emplear machismo para describir desde la discriminación legal hasta la división sexual del trabajo; y finalmente otras cuyo vago significado rara vez es cuestionado, como el término violencia estructural

¿A qué se debe toda esta proliferación de términos que han dominado los debates de género durante la última década?

El cambio de paradigma

Desde la tradición aristotélica se consideraba que la idea u objeto (significado) existía de forma independiente y era expresado por el hablante a través de la palabra (significante). Esta premisa sería cuestionada en un proceso que comenzó con Ferdinand de Saussure y culminó con Jacques Derrida: si los objetos o ideas existían fuera de los significantes, debía haber traducciones exactas entre distintas lenguas. Sin embargo, las traducciones a menudo se topan con palabras sin equivalencia en la lengua traducida, o que pueden ser similares pero no iguales, por lo que a menudo se recurre a aproximaciones. La unión entre el significado y el significante no correspondería así a una realidad independiente, sino a la convención social. No obstante, ha de clarificarse que no se niega la realidad misma, sino el acceso que tendríamos a ella a través del lenguaje y las limitaciones resultantes.

La importancia de estas conclusiones en cuanto al debate cultural en asuntos de género (entre otros) son significativas: si nuestro acceso a la realidad se produce a través del lenguaje, controlar y manipular el lenguaje puede transformar la forma en que entendemos la realidad. Se lograría así no sólo la victoria en la guerra cultural, sino también en el sistema de reglas donde impacto del lenguaje es más poderoso: la ley. 

En este artículo presentaré algunos de estos términos y cómo se emplean para limitar nuestra forma de entender la realidad.

Sigue leyendo “Amos del lenguaje. Amos del discurso de género”

La opresión de la mujer nativa en el discurso colonial europeo

¿[Acaso] no eres bonita? ¡Desvélate!” Cartel colonial francés distribuido durante la Guerra de Argelia (1958)

En el programa colonial, era la mujer a quien se otorgaba la misión histórica de agitar al hombre argelino. Convirtiendo a la mujer, ganando su adhesión a los valores extranjeros, liberándola de su estatus, se conseguía al mismo tiempo obtener poder real sobre el hombre y adquirir medios prácticos y efectivos para desestructurar la cultura argelina.[1]

Frantz Fanon

En un artículo anterior sobre la Unión Soviética describí lo que Sergei Kukhterin llamó “la alianza entre el Estado y la mujer”: una forma en que el Estado abrió el espacio doméstico para poner bajo su control el comportamiento masculino y supeditarlo a sus intereses.[2] Aunque la maniobra parecía inusual, lo cierto es que no era completamente nueva. Los imperios coloniales emplearon el discurso de la liberación femenina para desestabilizar y controlar los territorios colonizados, además de justificar su dominio. En este artículo nos centraremos en tres casos: Argelia bajo la ocupación francesa y Egipto e India bajo el gobierno británico.

Desvelando Argelia

Frantz Fanon, uno de los líderes del Frente de Liberación Nacional, resumió la doctrina política colonial francesa con estas palabras: “Si queremos destruir la estructura de la sociedad argelina, su capacidad de resistencia, lo primero que debemos hacer es conquistar a sus mujeres. Debemos ir y encontrarlas tras los velos en que esconden y en las casas donde los hombres las mantienen fuera de vista.”[3]

Para Fanon, la estrategia no habría sido fruto de un repentino interés en los derechos de la mujer, sino de un trabajo coordinado entre los departamentos árabes, los sociólogos y los etnólogos de lo que se llamó “asuntos nativos”, tras descubrir que bajo un aparente patriarcado se escondía una importante esencia “matriarcal.”[4] También hubo otras consideraciones, como por ejemplo que el vecino Túnez había avanzado en cuanto a los derechos de la mujer una vez terminada su etapa colonial, haciendo que el papel “civilizador” de Francia pareciera cada vez más cuestionable.[5]

El gobierno de ocupación francés comenzó así una campaña que describía a las mujeres argelinas como humilladas, degradadas y deshumanizadas por sus hombres a fin de “confinar al argelino en un círculo de culpabilidad,”[6] mientras se presentaba como su salvador frente a la barbarie nativa a través de una campaña de propaganda en la que participaron trabajadores sociales y organizaciones caritativas. Se invitó así a las mujeres argelinas a tener un papel crucial para transformar su destino, y las pocas que accedieron a hacerlo fueron tratadas como pequeñas celebridades en la metrópoli, empleándolas como símbolos que justificaban el dominio francés.[7]

La “liberación” de la mujer se identificó con la eliminación del velo, término que también se empleó para designar muchos tipos de pañuelos islámicos.[8] Llegaron incluso a existir ceremonias de desvelamiento, donde las mujeres (en su mayoría sirvientas bajo amenaza de despido, prostitutas o mujeres pobres llevadas contra su voluntad) eran desveladas bajo el grito de “¡Viva la Argelia francesa!”[9]

Fanon, claro está, no era un observador neutral del conflicto argelino. Sin embargo su descripción es consistente con el relato de historiadores posteriores. Elizabeth Perego, por ejemplo, describe cómo en 1958 la argelina Monique Améziane se dirigió a una multitud para hablar de su deseo de emancipación, quitándose públicamente el velo en un intento de convencer a las mujeres argelinas de que debían seguirla para liberarse. Aunque por supuesto, bajo la tutela francesa. Lo que también describe Perego es cómo esta mujer lo hizo contra su voluntad. Tras intentar sin éxito que otras argelinas declararan públicamente su lealtad al gobierno francés mediante el gesto simbólico de desvelarse, las autoridades francesas amenazaron a Améziane con ejecutar a su hermano de no cumplir con su petición.[10]

Y por supuesto no podemos olvidar las torturas y violaciones cometidas por soldados franceses a mujeres argelinas. Torturas que tenían connotaciones “modernizadoras”: desde la electrocución, hasta violar empleando una botella de Coca-Cola, pasando por utilizar los velos para atar a las mujeres. Paralelamente a estos horrores, el gobierno francés emitió una película propagandística sobre la opresión de la mujer argelina. Matthew Connely señaló al respecto que “si hay un villano en la obra no es específicamente el Frente de Liberación Nacional, que ni siquiera se menciona, sino “muchos musulmanes” (…) que insisten en el control total y la obediencia absoluta, cuyas mujeres son tratadas poco mejor que el ganado.”[11] Como indica Perego, esta contradicción (o hipocresía) se podía encontrar en el entonces coronel Jacques Massu y su esposa Suzanne. Mientras el primero supervisaba la tortura y violación de las argelinas, su esposa participó en la fundación del Movimiento de Solidaridad Femenina para ayudarlas.[12]

El mayor problema para el discurso francés sería sin duda la aparición de luchadoras argelinas en el FLN, particularmente cuando manipularon el prejuicio del velo, quitándoselo para burlar la vigilancia francesa y realizar actividades logísticas sin levantar sospechas.[13] Se calcula que durante el conflicto, al menos 11.000 mujeres participaron activamente en la guerra.[14] Sin embargo, una vez terminado, fueron confinadas al hogar y el nuevo gobierno argelino no realizó reformas significativas en cuanto a sus derechos. Quizá porque como afirmó Fanon “vemos una general actitud de rechazo hacia los valores del colonizador, incluso cuando estos valores son objetivamente merecedores de ser elegidos.”[15]

Sigue leyendo “La opresión de la mujer nativa en el discurso colonial europeo”

Violencia marital contra los hombres en países islámicos. Los casos de Irán y Arabia Saudí

Imagen de Visual.ly

La violencia hacia la pareja masculina es un área que está recibiendo cada vez más atención en los países occidentales, llegando incluso a existir casas de acogida que aceptan a hombres maltratados[1] y líneas telefónicas especializadas.[2] En los países de mayoría musulmana, por el contrario, la información en cuanto a hombres maltratados es escasa, en contraste con la literatura académica sobre violencia contra la mujer.

Existen razones para explicar la disparidad: al contrario que en Occidente, donde los cónyuges son iguales ante la ley, en ciertos países como Irán o Arabia Saudí el estatus legal de cada sexo es diferente, las leyes que rigen el matrimonio tampoco son igualitarias y la expectativa cultural de sumisión femenina es marcada. Como se indicó en artículos anteriores, esto no significa que la situación del varón sea envidiable ni mucho menos, pero su posición de autoridad en las relaciones conyugales puede otorgar legitimidad a determinadas formas de violencia, algo que no ocurriría a la inversa.

Expuestas varias de las razones por las que una forma de violencia recibe más atención, es necesario indicar que la violencia conyugal contra el hombre en países islámicos no deja de existir por ello. Recordemos que también la encontramos en Europa y Estados Unidos en el pasado, donde igualmente el cabeza de familia esgrimía una mayor autoridad sobre aquellos que se encontraban bajo su protección e incluso podía contar con el derecho de corrección. En algunos países se humillaba al agredido sentándolo alrevés en un burro, o a la agresora con una cencerrada, entre otros ejemplos.[3]

Sobre el por qué de la violencia en la pareja, Soledad Murillo de la Vega escribió que:

Sabemos bien que las interacciones sentimentales son extraordinariamente complejas, pero no siempre los desacuerdos recurren a la palabra y menos aún a pactos en los que se explicite lo que cada persona espera de la otra. Todo lo contrario, la pareja también es un escenario de poder. Un poder que no se muestra públicamente, se reproduce en la intimidad de una relación sentimental, se justifica en nombre del amor y requiere de una sistemática expropiación de la identidad. Además, contiene una firme desautorización de todo rasgo de individualidad, recurriendo desde los agravios, hasta los golpes.[4]

Aunque de la Vega utilizó este argumento con la agresión masculina en mente para apoyar la Ley Integral contra la Violencia de Género en España, lo cierto es que me resulta más ilustrativo para explicar la violencia femenina. Por ejemplo la pareja como escenario de poder, y particularmente el hogar, en disputa por la autoridad masculina y el poder femenino de facto en dicha área; o que el poder se muestre y dispute en la intimidad, mientras que en público se haga deferencia a la autoridad masculina, como explicó la antropóloga Susan Carol Rogers;[5] o la expropiación de la identidad y desautorización de los rasgos de individualidad para reducir al otro a su rol de género, como también se mostró en los artículos sobre la figura de la incitadora en la guerra y las deudas de sangre.[6] En definitiva: las normas sociales pueden saltar por los aires en la intimidad del hogar o utilizarse para justificar la agresión y el maltrato.

Aunque no pretendo reducir un fenómeno tan complejo como la violencia en la pareja a una disputa de poder o a la maldad individual, en ocasiones tiende a confundirse el estatus subordinado o de víctima con el de superioridad moral. Sin embargo, deteniéndonos por ejemplo en el trato de algunas mujeres saudíes a sus empleadas domésticas, casi siempre inmigrantes, podemos comprobar cómo la subordinación a la autoridad masculina no implica en absoluto incapacidad para la violencia y el maltrato.[7]

A fin de explicar la violencia marital o de pareja en países no occidentales, se ha recurrido a tres modelos: la teoría del patriarcado (o teoría feminista), la hipótesis de vigilancia de la pareja (mate-guarding, derivada de la psicología evolucionista) y la hipótesis del rol social defendida por John Archer. Sólo esta última, como explicaremos más adelante, tiene en cuenta la violencia de las mujeres hacia sus parejas masculinas, y por tanto los datos encontrados en la elaboración de este artículo se inclinan hacia ella. 

Sigue leyendo “Violencia marital contra los hombres en países islámicos. Los casos de Irán y Arabia Saudí”