¿Crisis de la masculinidad o devaluación de la utilidad masculina?

Masculinidades en crisis 2

La expresión “crisis de la masculinidad” ha sido empleada para referirse a las transformaciones experimentadas por el hombre ante los cambios sociales ocurridos en las últimas décadas. Suele retratarse de forma simplista como el resultado de una batalla entre los sexos donde la mujer resultó vencedora, despojando al hombre de su liderazgo como cabeza de familia y sumiéndolo en un estado de confusión. Ritxar Bacete, autor en el área de las nuevas masculinidades, lo describe así:

Los hombres estamos en crisis. La idea obsoleta que tenemos de lo que significa ser hombre se está resquebrajando cuestionada por un cambio positivo, el de la liberación y el empoderamiento de las mujeres. En un proceso de revolución pacífica, ellas han logrado ponernos delante el espejo y esto nos ha hecho dudar de lo que somos realmente. Y de lo que queremos llegar a ser.[1]

…Son ellas, las mujeres, los movimientos feministas, las que han socavado los cimientos del sistema patriarcal, las que han cambiado las relaciones, las que han señalado críticamente esta “masculinidad hegemónica dominante” en la que se ha basado la sociedad y aunque siguen quedando demasiados vestigios, el viejo tablero ya no sirve.[2]

Luis Bonino, otro conocido autor en este campo, también retrata la adaptación masculina a los cambios recientes como un proceso mental interno provocado por la nueva realidad de las relaciones de género:

Lo que sí es verdad es que actualmente hay una gran crisis, pero de legitimación del modelo social de masculinidad tradicional. Dicha crisis quita validación a muchas “verdades” masculinas, entre ellas la de la “naturalidad” de la subordinación de la mujer, lo que genera no una crisis pero sí inquietud y desconcierto a muchos varones.[3]

El profesor de la Universidad Complutense Antonio Agustín García García intenta dotar a esta “crisis” de mayor profundidad histórica, pero termina describiéndola principalmente como una evolución interna.[4] Incluso un artículo publicado en Harvard Business Review no entra a valorar causas externas más allá de la emancipación femenina.[5]

Cuando la “crisis de la masculinidad” es retratada por la prensa, no sólo se describe con triunfalismo como una victoria de la mujer sobre el hombre, sino que se jacta de la torpeza de este último para enfrentarse a los nuevos retos. Como se afirmó en el artículo “Masculinidades en crisis” publicado por el diario El País: “Ellas se incorporan a los ámbitos y clichés ocupados tradicionalmente por hombres; ellos son incapaces de asemejarse a lo que las mujeres representan.”[6]

¿Pero nos encontramos realmente ante una “crisis de la masculinidad”?

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Más allá de la misoginia: el rechazo de los hombres a contraer matrimonio en la literatura antigua y medieval

-¡A cuántas mujeres podemos ver, y tú conoces algunas querida Cristina, que por culpa de la crueldad de un marido desgastan sus vidas en la desgracia, encadenadas a un matrimonio donde reciben peor tratamiento que las esclavas de los moros! ¡Dios mío cómo les pegan, a todas horas y sin razón! ¡Cuántas humillaciones, ataques, ofensas, injurias tienen que aguantar mujeres leales, sin gritar siquiera para pedir ayuda! Piensa en todas esas mujeres que pasan hambre y se mueren de pena en unas casas llenas de hijos, mientras sus maridos se enfrascan y andan vagando por todos los burdeles y tabernas de la ciudad. Y todavía, cuando ellos vuelven, ellas pueden recibir como cena unos buenos golpes. Dime si miento o si no es el caso de algunas vecinas tuyas.

Con este famoso pasaje, Cristina de Pizán (1365-1430 d.C.) protestó el trato recibido por muchas mujeres dentro del matrimonio, presentando un diálogo entre ella misma y Razón en su obra La ciudad de las damas. Cuando leemos a autoras medievales como ella describiendo a maridos maltratadores y derrochadores, no tenemos reparos en aceptar que este tipo de personas existían antes como existen ahora. La protesta de Pizán, quien por supuesto no la aplicaba a todos los hombres, era una legítima.

Por el contrario, cuando autores masculinos premodernos protestan el trato recibido por muchos hombres dentro del matrimonio, son simplemente tildados de misóginos. Desde luego muchos de estos textos contienen un grado importante de odio y desprecio hacia el sexo femenino, al extender las cualidades de algunas mujeres a todas ellas (como en Las lamentaciones de Mateolo, 1295 d.C.), y en ocasiones exagerando con el propósito de hacer sátira. Sin embargo, ¿no podemos aceptar que, al igual que Cristina de Pizán, estos autores estaban refiriéndose a casos que conocían? ¿Podría ser que los textos, pese a sus exageraciones y generalizaciones, resonaban con otros oyentes porque se basaban en una realidad?

Nuestra entrada se centrará principalmente en dos escritos: la Sátira VI de Juvenal (siglo II d.C.) y el poema anónimo “De coniuge non ducenda” (no tomes esposa) compuesto en el siglo XIII. Ambos textos comparten un tema común: el rechazo a contraer matrimonio. Sin embargo, según la ideología de género dominante ésta es una institución que beneficia al varón para explotar a la mujer (tanto en el pasado como en el presente). ¿Qué podría llevar, pues, a los autores a rechazarlo? Lo que ambos textos nos indican es que la dinámica de poder en el matrimonio no siempre era una de subordinación de la mujer al hombre, y que en muchos casos ocurría justo lo contrario. Leamos lo que ambos dicen. El resaltado es mío, y con él no indicaré los aspectos de maltrato, sino aquellos que muestran una relación inversa de subordinación dentro del matrimonio.

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