Hombres y mujeres en la Unión Soviética (I). La anarquía sexual

Madres, no abandonen a sus hijos. Acudan a los soviets de servicios sociales (1925). Imagen de Wikimedia Commons

Introducción

En lugar de decir: aún somos demasiado indigentes y demasiado incultos para establecer relaciones socialistas entre los hombres: nuestros hijos lo harán, los jefes del régimen recogen los trastos rotos de la familia e imponen, bajo la amenaza de los peores rigores, el dogma de la familia, fundamento sagrado del “socialismo triunfante.” Se mide con pena la profundidad de este retroceso.[1]

─Leon Trotsky. La Revolución Traicionada.

Cuando imaginamos a la mujer soviética es inevitable evocar imágenes de aquellas valientes que mataron y murieron desempeñando una variedad de roles de combate en la Segunda Guerra Mundial: desde aviación hasta artillería e infantería. Sin embargo, tras esta apariencia de igualdad ya se fraguaba un proceso que León Trotsky denunció en 1937: la restitución de la familia como núcleo de la sociedad, con la mujer como su principal pilar.

La igualdad entre los sexos había tenido un lugar especial en la Unión Soviética. La Constitución de 1918 otorgó el voto a la mujer y la consideró ciudadana a todos los efectos. El Código Familiar promulgado ese mismo año fue una de las herramientas empleadas para que dicha igualdad fuera efectiva, incluyendo la posibilidad de obtener el divorcio a voluntad. Una liberación implementada desde la cima que tendría consecuencias desastrosas para innumerables mujeres, quienes abandonadas por sus maridos terminaron en la miseria y abocadas a la prostitución.

Aunque no existen cifras oficiales, algunos autores elevan el número de mujeres desamparadas y empobrecidas a millones.[2] Sea como fuere, constituyó un problema de tal magnitud que el idealismo inicial hubo de dar marcha atrás. Para entender los hechos que propiciaron el giro conservador de Joseph Stalin, nos concentraremos en los tumultuosos años comprendidos entre 1917 y 1936, sin los que no puede entenderse el posterior Edicto para la Familia de 1944.

La infibulación masculina. Del mundo romano a la represión sexual victoriana

La palabra infibulación se asocia hoy día con el procedimiento quirúrgico aplicado a las mujeres en varios países africanos y que la Organización Mundial de la Salud califica como el tercer tipo de mutilación genital femenina. Esta operación tiene a su vez variantes (como la escisión o no del clítoris) pero todas se caracterizan por el cosido de la vagina. El presente artículo, sin embargo, se concentrará en la menos conocida infibulación masculina, que pese a sus variantes se caracterizaba por el pliegue del prepucio alrededor del glande, y el perforado del primero para cerrarlo con un hilo, sellándose mediante un anillo, hebilla o broche.  

En el mundo clásico

La infibulación masculina parece remontarse al Antiguo Egipto,[1] pero el modelo más conocido es el kynodesme (nudo de perro), empleado por los atletas griegos en competiciones deportivas. Tras la perforación del prepucio se pasaba un hilo metálico que era atado a la cintura o a la base del pene. Se empleaba principalmente para evitar que el glande quedara expuesto, algo considerado impúdico, si bien hay autores que señalan como razones la mayor comodidad o protección para competir (pues se competía desnudo).[2] El kynodesme era en cualquier caso voluntario y el hilo podía retirarse después de la competición. En el mundo romano, sin embargo, la infibulación podía ser impuesta. 

Celso en De Medicina describe el procedimiento de la siguiente manera:

Algunos se han acostumbrado a sellar el prepucio de los adolescentes por su voz o por razones de salud. Éste es el método: el prepucio que cubre el glande se estira y se marcan los puntos de perforación a cada lado con tinta. Entonces se suelta. Si las marcas se han dibujado sobre el glande, [entonces] se ha incluido mucho [tejido] y las marcas deben situarse más adelante. Si el glande no las tiene, su posición es adecuada para la perforación. Entonces el prepucio es atravesado por las marcas con hilo de aguja y con los extremos para que el hilo los anude. Cada día el hilo se mueve hasta que los bordes de las perforaciones han cicatrizado. Cuando está asegurado, se retira el hilo y se inserta la fíbula, y cuánto más ligera sea ésta, mejor.[3]

La infibulación no era una práctica socialmente extendida, sino que se limitaba por lo general al mundo del espectáculo: actores, cómicos y sobre todo músicos, a fin de preservar su voz. Algunos autores señalan que también se daba entre los gladiadores con objeto de mantener su fuerza,[4] y si bien he sido incapaz de encontrar fuentes primarias al respecto, no sería en absoluto descabellado puesto que los gladiadores se consideraban parte del mismo grupo que los anteriores: personas dedicadas al espectáculo. Por lo general todos ellos compartían un estatus particularmente bajo, y de hecho la mayoría eran esclavos.[5] 

Estatuilla romana que muestra un citarista infibulado (G. S. Schwarz, «Infibulation, population control, and the medical profession.», Bulletin of the New York Academy of Medicine 46, n.o 11 (noviembre de 1970): 969). 

Resulta interesante comprobar que aunque preservar la voz, la fuerza o la salud constituían los motivos principales de la infibulación, ésta tenía a menudo un efecto secundario: despertaba un intenso deseo sexual entre algunas mujeres romanas. Debido a la creencia de que la eyaculación debilitaba el cuerpo, se consideraba que un hombre privado de sexo por tanto tiempo tendría un gran vigor que, sumándose al deseo acumulado, proporcionaría una pasión incomparable.[6] Retirar la fíbula de uno de estos hombres para mantener relaciones sexuales con él era algo que las mujeres romanas pagaban bien. Juvenal señaló en sus sátiras que “si a ella le gusta la música, de todos los que venden su voz al pretor ninguna hebilla quedará en su sitio,”[7] y en otro pasaje afirmó: “todas del histrión [actor] la hebilla a peso de oro pagan.”[8] Marcial también comentó en sus epigramas: “dime con franqueza, a los comediantes y a los citaristas, fíbula, ¿qué les reportas? – ‘que joden más caro.’”[9]

La infibulación también se empleaba como herramienta para controlar la sexualidad de los esclavos, y pese a lo horrible que nos pueda parecer, era considerado un método “humano” comparado con la alternativa más común: castrar. La infibulación podía emplearse para que los esclavos no tuvieran relaciones sexuales entre ellos, con sus dueños, o incluso para garantizar la exclusividad sexual a un ama celosa. Marcial también recoge un pasaje al respecto:

Tu esclavo se baña contigo, Celia, tapado con un suspensor de bronce. ¿Para qué, pregunto, si no es citarista, ni flautista de coro? No quieres, según creo, verle la picha. ¿Por qué, pues, te bañas con la gente? ¿Es que para ti todos nosotros somos espadones [eunucos]? Entonces, para que no parezcas tener celos, suéltale a tu esclavo la hebilla [fíbula].[10]

Ha habido discusión en torno a los distintos significados de la palabra fíbula, que en ocasiones podía ser también un tipo de funda o cinturón, completado o no con un broche que podía quitarse o ponerse a voluntad. Cuando la fíbula provenía de la imposición, sin embargo, a menudo se trataba de un anillo que sólo podía retirarse con la ayuda de un herrero. En otro pasaje de Marcial podemos leer que: “…si entremedias te tropiezas con un joven sodomita, liberado ya de su pedagogo, y cuyo pene turgente ha desfibulado el herrero, lo llevas contigo.”[11]

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HGyDC se especializa en Historia de género

Estimados lectores:

Les anuncio que voy a realizar cambios importantes en Hombres, género y debate crítico (HGyDC), eso incluye la bitácora, la página de Facebook, Twitter y Patreon

La versión corta

HGyDC va a especializarse en historia de género (global, aunque haciendo más hincapié en la historia de España), con también un acercamiento a sociedades no occidentales contemporáneas, y en último lugar otros temas, particularmente los relacionados con discursos actuales sobre masculinidad.

La proporción sería aproximadamente así:

  • 70% Historia
  • 20% Sociedades contemporáneas no occidentales
  • 10% otros temas

La cuenta de Facebook sólo cambiará en cuanto a mis entradas, no las de Anxo Dópico (AD), quien continuará con su propia línea de publicaciones. Además, seguiré trabajando para promocionar el libro Deshumanizando al varón, tanto en mis espacios como en otros.

Dado que voy a tratar menos temas pero en mayor profundidad, planeo adquirir libros, pues  hay información muy valiosa que no se encuentra en internet (y mi cometido será traerla). Para ello he reconfigurado la antigua cuenta de Patreon y la he cambiado de un proyecto limitado (Deshumanizando al varón) a un proyecto regular con el que recibir ingresos para esas adquisiciones. 

Si el proyecto les interesa pueden apoyarlo en Patreon.

La versión larga

Cuando comencé la bitácora en 2013, apenas había espacios sobre los temas que trataba: un desafío a los mitos más extendidos sobre la narrativa de género y la otra cara de la moneda en cuanto a los problemas masculinos. Como apenas había nadie más, trataba todo tipo de temas: historia, legislación, psicología, sociología, inmigración, noticias y tendencias del momento, etc. 

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Deshumanizando al varón (fragmento). La integridad genital

Esta entrada corresponde al capítulo “El hombre y el sexo” del libro Deshumanizando al varón, disponible en Amazon.es y Amazon.com (Latinoamérica).

La circuncisión constituye un microcosmos de las múltiples barreras internas y externas instaladas por la narrativa de género para minimizar y excluir los problemas del varón. Dichas barreras no se basan en el conocimiento, sino en prejuicios fuertemente instalados que se sustentan no sólo en una inclinación a infravalorar el sufrimiento masculino, sino en la desinformación que se filtra desde instituciones internacionales como la Organización Mundial de la Salud hasta el ciudadano por medio del periodismo. El doble estándar en cuanto al rechazo de los cortes masculino y femenino arroja así luz sobre los múltiples obstáculos que a menudo nos encontramos para tratar otros problemas del varón.

Aunque habría sido preferible valorar la circuncisión masculina por sus propias características sin hacer referencia a la femenina, a menudo se utiliza esta última para minimizar o despreciar la primera. Es necesario, por tanto, desterrar algunos mitos que surgen de la comparación entre ambas. A continuación trataré la severidad de ambos cortes, su letalidad, su uso para represión sexual, la supuesta imposición masculina (incluyendo la negativa al matrimonio) y el impacto para la salud, sin olvidar el trato mediático diferenciado que experimentan ambas.[1]

Un problema a la hora de comparar las circuncisiones masculina y femenina es que ninguna de ellas es monolítica. Abu-Sahlieh Aldeeb describió las distintas modalidades para ambos sexos:

Hay cuatro niveles de gravedad en la circuncisión femenina: extirpación del prepucio, extirpación del prepucio y de parte, o de todo, el clítoris, extirpación del prepucio y de parte, o de todo, el clítoris con extirpación parcial o total de los labios menores, extirpación de parte o de la totalidad de los genitales externos con sutura de los mismos y la consiguiente estrechez de la abertura vaginal. Este último grado, llamado infibulación, afecta entre el 15% y el 20% de las mujeres circuncidadas. La circuncisión femenina, en cualquiera de sus cuatro grados, es practicada anualmente en cerca de dos millones de mujeres, fundamentalmente africanas y musulmanas (…).

La circuncisión masculina también se puede dividir en cuatro niveles de gravedad: extirpación parcial o total de la piel del pene que sobresale del glande (llamada prepucio), extirpación del prepucio y del revestimiento interno del mismo (tal y como la practican los judíos), extirpación total de la piel del pene y, a veces, del escroto y del pubis (practicada por algunas tribus de África y Arabia del sur), y abrir el conducto urinario desde el escroto hasta el glande, de modo que se crea una abertura que semeja la vagina femenina. Llamada subincisión, este tipo de circuncisión se practica todavía por los aborígenes australianos. La circuncisión masculina, en cualquiera de sus cuatro variedades, se practica en unos trece millones de niños cada año, fundamentalmente musulmanes y judíos.[2]

Si bien el tipo más extremo de la circuncisión femenina (el menos frecuente, con un 10% de los casos según la OMS)[3] es más atroz que cualquier modalidad masculina, los tipos III y IV de la circuncisión masculina son más graves que los tipos femeninos I y II, aunque también mucho menos prevalentes. Ello no quiere decir, sin embargo, que las modalidades menos agresivas sean necesariamente menos lesivas o letales. Por ejemplo sólo en la Provincia Oriental del Cabo (Sudáfrica) desde 1995 hasta 2015 han muerto 969 varones[4] en rituales de circuncisión que podríamos denominar “clásica” o de tipo II. Según Dr. Dingeman J. Rijken hay otros fallecidos que no recogen las estadísticas, y el número de penes amputados se calcula que dobla al de muertes.[5] No olvidemos también la incluso mayor cantidad de infecciones, que pueden llevar a deformidades del pene.[6]

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La politización de la salud masculina: al servicio de la narrativa de género

La Organización Panamericana de la Salud, afiliada a la OMS, ha sugerido que la “masculinidad tóxica” es responsable de que en Latinoamérica los hombres vivan 5,8 años menos que las mujeres.

Si bien podemos objetar el uso términos políticamente cargados y vagamente definidos como “masculinidad tóxica”, es razonable indicar que los hombres participan en conductas de riesgo en mayor medida que las mujeres, y que ello podría tener un impacto en su menor esperanza de vida (aunque sería difícil medir cuánto). Uno de los problemas, sin embargo, es que se pretende convencer a los lectores de que la “masculinidad tóxica” o “el machismo” es la causa única o principal de toda la diferencia en la esperanza de vida, como se insinúa en la imagen de cabecera y se indica de forma explícita en esta otra:

“…una masculinidad mal entendida o “tóxica”, rebaja en casi seis años la esperanza de vida de los hombres en el continente.”

El informe fue difundido por numerosos medios, incluyendo algunos tan conservadoras como La Razón.

Paralelamente, en España el diario El País y Cadena Ser organizaron el evento “La Nueva Masculinidad”, que se centró también en la salud masculina y responsabilizaba a la masculinidad tradicional de la falta de prevención y cuidado en los hombres, dejándonos este titular:

Que tanto el informe de la OMS como el evento de El País hayan coincidido en torno al 19 de noviembre, Día Internacional del Hombre, no es casualidad. La creciente popularidad de esta fecha, que Naciones Unidas y diversos medios relegan cada año en favor del Día Internacional del Retrete, se ha vuelto difícil de revertir, y pareciera que ahora existe un interés por mantener el control de la narrativa.

Llegados a este punto alguien podría objetar que quizá se trate de un interés genuino por la salud masculina y que no hay nada inherentemente dañino en pedir a los hombres que no tomen riesgos innecesarios o adopten más medidas de prevención. En este artículo, sin embargo, mostraré por qué hay un mayor interés en cimentar una narrativa política que por la salud masculina analizando tres áreas: la falsedad de los datos presentados, la exclusión de factores ajenos a la masculinidad para explicar la brecha vital y la incapacidad de contemplar explicaciones alternativas para las mayores conductas de riesgo masculinas.  

La falsedad de los datos

Vamos a comenzar con la afirmación de Juan Guillermo Figeroa, académico en el Colegio de México y experto en salud y masculinidad:

Una de las cosas que nos hemos dado cuenta al estudiar la salud de los hombres es que se mueren más veces por prácticas aprendidas que por enfermedades. Los datos revelan que hay una mayor temeridad; una búsqueda intencionada de situaciones de riesgo por el hecho de ser hombres (…).

Lo cierto es que mirando los datos de cualquier país puede comprobarse rápidamente que las causas externas (incluyendo la agresión), no son la primera causa de muerte, ni la segunda. En España aparecen en sexto lugar (p. 2).

Por otra parte, en México, las enfermedades también matan a muchos más hombres que las agresiones, pese a tratarse de un país con mayores índices de violencia (p. 33).

Podría afirmarse que en realidad se refiere al autocuidado, pero el autor realiza una distinción clara entre “hacerse el macho” y “enfermedad” para contraponerlas y alarmar al lector. Se trata, en suma, de una mentira absolutamente innecesaria.

Sin embargo, no es la única que he encontrado. El informe de la Organización Panamericana de la Salud también afirma que dos de las tres principales causas de mortalidad masculina en Latinoamérica son la violencia y los accidentes de tráfico (p. 7).

Como hemos visto en el caso de México, país fuertemente golpeado por el narcotráfico, hay otras causas más importantes. Y si miramos a la región en general con los datos más recientes de la propia organización, vemos que la realidad también es otra. Aunque homicidios y accidentes de transporte cobran mayor importancia, no son dos de las tres causas principales, sino dos de las seis primeras, lo cual es suficientemente alarmante como para que no haya necesidad de exagerarlo:

Página de la Organización Panamericana de la Salud. Cifras del año más reciente disponible (2014).
No se incluyen los datos de USA ni de Canadá

Que no se respeten los datos es una mala señal, pero incluso cuando los datos son ciertos, encontramos un fuerte sesgo en su interpretación.

La exclusión de factores ajenos a la masculinidad

Aunque los datos sean incorrectos, todavía se podría argüir que la diferencia entre hombres y mujeres en varias causas de muerte siguen siendo pronunciadas, y por tanto la crítica a la “masculinidad tóxica” tiene su razón de ser. El problema, en este caso, es que se asume que toda la brecha corresponde a esta única causa sin explorar otras posibilidades.

Tomemos como ejemplo las muertes por accidentes de tráfico. Los documentos aquí tratados no encuentran otra explicación que la temeridad masculina. No se tiene en cuenta que los hombres realizan la mayor parte de la conducción, viajes más largos y son mayoría en las profesiones relacionadas con el transporte. Por tanto, aunque elimináramos la “masculinidad tóxica”, seguiríamos teniendo más muertes masculinas en esta categoría.

En cuanto al cuidado de la propia salud, se emplea para explicar muchas de las brechas difíciles de determinar. No podemos saber hasta dónde influye, pero al partir de la premisa de que los sexos son iguales, se expone como la única o principal causa. El problema, claro está, es que los sexos no son iguales. Anteriormente El País había recogido entre sus noticias un estudio que destacaba cómo las mujeres vivían más que los hombres, o sobrevivían, hasta en escenarios extremos, particularmente en sus primeros años. Artículo que se les debió olvidar cuando celebraron su evento sobre la Nueva Masculinidad.

Si vamos directamente a la fuente, encontramos diversas causas biológicas que propiciarían una mayor resistencia femenina: su segundo cromosoma X, el efecto antiinflamatorio y protector de vasos sanguíneos de los estrógenos, o los efectos inmunosupresores de la testosterona. Como afirman los autores del estudio:

La investigación también ha proporcionado evidencia de una aparente ventaja femenina en la protección del sistema inmunológico entre los humanos: la incidencia de muchas enfermedades infecciosas bacterianas, virales, parasitarias y fúngicas (por ejemplo, leptospirosis, esquistosomiasis, brucelosis, rabia, leishmaniosis, tuberculosis pulmonar, hepatitis A, meningococo e infecciones neumocócicas y gripe estacional) es sustancialmente mayor en hombres que en mujeres no menopáusicas. Esto sugiere que la progesterona y la testosterona tienen principalmente efectos inmunosupresores, mientras que los estrógenos mejoran las defensas inmunes y actúan como antioxidantes. Además, las enfermedades autoinmunes son más frecuentes en mujeres que en hombres, al igual que una respuesta inmune más fuerte a las vacunas. Estos hallazgos llevaron a los investigadores a concluir que la baja inmunocompetencia masculina contribuye a las diferencias sexuales en la mortalidad, pero los mecanismos a través de los cuales las hormonas sexuales tienen un efecto en las respuestas inmunes en humanos no se han dilucidado completamente.

Por supuesto las diferencias biológicas tampoco podrían explicar toda la brecha vital. Algo que no he visto explorarse adecuadamente es hasta que punto la expresión de ciertos tipos de masculinidad suponen un mecanismo para sobrellevar los rigores de trabajos decididamente duros, particularmente cuando otras oportunidades son limitadas. Leyendo sobre las sirgueras y cargueras vascas del siglo XIX, que realizaban trabajos de gran intensidad física, encontré un pasaje apuntaba en esa dirección (p. 835, el resaltado es mío):

Desdichadas mujeres, pobres seres femeninos, desventuradas obreras, eran algunos de los epítetos que se les adjudicaban a las cargueras, que con sus cantes indecorosos y dicharachería libre, vestidas con inmundos harapos, degradadas hasta lo sumo, sin pudor, sin vergüenza, mujeres inmoralmente hombrunas, de formas extravagantes, de aspectos grotescos, que ríen y charlan y gesticulan y blasfeman, acometen la rudísima tarea que ha matado en ellas en flor todas la nobles afecciones inherentes al bello sexo.

En el mismo documento Olga Macías añade que:

Se completaba este atroz retrato aseverando que muchas de estas mujeres no eran madres ni esposas, porque la dura vida que llevaban les había incapacitado para ello, sin olvidar, por supuesto, las lacras del alcohol y del vicio.

En suma este trabajo tradicionalmente masculino que se había extendido a las mujeres debido a las guerras carlistas, las había “transformado” en hombres, haciéndolas exhibir comportamientos que los textos aquí criticados tildarían de “masculinidad tóxica”.

Sea como sea, ignorar factores biológicos o ambientales (incluyendo los culturales) para señalar el machismo o la masculinidad como único culpable representa un innegable sesgo.

La mayor toma de riesgos en el varón y sus causas

Nuevamente, se podría apuntar que incluso si la masculinidad no explica toda la brecha, mientras la mayor toma de riesgos se cobre un mayor número de vidas sería legítimo denunciar la “masculinidad tóxica”. El problema, otra vez, es que la mayor toma de riesgos tiene un origen evolutivo y no puede circunscribirse a un fenómeno puramente cultural.

Un argumento desarrollado en favor del origen evolutivo lo podemos encontrar en el trabajo de Roy F. Baumeister, que culminaría en el libro Is there anything good about men? (¿Hay algo bueno en los hombres?). Baumeister argumenta que la toma de riesgos es clave en el éxito reproductivo masculino, mientras que las mujeres no tienen los mismos incentivos biológicos: aunque una mujer hubiera conquistado el mismo territorio que Genghis Khan, no le habría supuesto el mismo número de hijos.

Por otra parte, tampoco se considera la hipótesis de la mayor variabilidad masculina, que situaría a un mayor número de hombres que de mujeres en extremos de inteligencia, habilidad y otras características que podrían sobrerrepresentar a los hombres en niveles de criminalidad. Como afirmó en 2005 el entonces presidente de la Universidad de Harvard Larry Summers (el resaltado es mío):

Parece que en muchos atributos humanos como la altura, el peso, la inclinación al crimen, el coeficiente intelectual, habilidad matemática [o] habilidad científica, hay una evidencia relativamente clara de que sin importar cuál es la diferencia de media –que puede ser debatida– existe una diferencia en la desviación estándar, y la variabilidad de población masculina y femenina.

Ahora bien, es cierto que la cultura puede reforzar o limitar las inclinaciones biológicas, pero incluso factores culturales relevantes son omitidos para explicar el desarrollo de la masculinidad cuando resultan incómodos. Por ejemplo un reciente estudio sugirió que las madres se muestran más favorables a la expresión de tristeza por parte de las niñas que de los niños, mientras que los padres no mostraban un sesgo claro.

Por otra parte, la preferencia femenina por el varón agresivo (no universal, pero sí prevalente) también juega un papel importante en el comportamiento masculino. Aunque obviamente preferencia sexual y discriminación no son iguales, emplear el prisma de la discriminación por un momento puede ayudarnos a entender por qué hay hombres que toman mayores riesgos incluso cuando no tienen dicha inclinación. En un mercado donde no se pudiera denunciar la discriminación de un empresario por motivos arbitrarios (no hay a quién apelar), cualquier candidato intentaría eliminar rasgos que lo llevaran a ser discriminado, y realzaría aquellas características que sí se valoraran. De hecho, se hace en la actualidad incluso cuando leyes para castigar la discriminación están presentes.

Si bien criticar la preferencia sexual femenina por parte de este tipo de instituciones me parecería una injerencia inaceptable, además de inútil, incluirla como un factor en la toma de riesgo masculina es algo que podría valorarse, pero al romper el tabú de la impotencia e indefensión femenina es dudoso que alguna vez aparezca.

Los tres problemas que hemos analizado hasta ahora probablemente tienen su origen un aspecto de la metodología del informe:

También se realizó una consulta a 32 personas expertas en el tema de masculinidades y salud del hombre originarias de 12 países a través de la Encuesta Masculinidades y Salud (MyS). Esta información se sistematizó y se integró en los distintos apartados del documento.

Dado que el campo de las masculinidades tiene más de político que de científico, el sesgo era predecible.

Cuando sobran reproches y falta compasión

No podía concluir este artículo sin mencionar la parte más obvia: cómo se reprocha a los hombres para que dejen de actuar como estúpidos en lugar de acercarse a ellos para reafirmarles que su labor en sociedad es valorada, su vida es valiosa y por tanto no es deseable que la pongan en riesgo. Un reproche en el que no cabe la compasión y por tanto difícilmente calará en muchos hombres, que se pondrán a la defensiva advirtiendo que aquí no hay una preocupación sincera por su bienestar. Por citar un ejemplo, varios países latinoamericanos ofrecen a las mujeres jubilarse antes que los hombres pese a su mayor esperanza de vida, y los documentos aquí mencionados no lo señalan ni una sola vez.

Imaginen que la salud femenina se tratara de forma similar, culpando al “marianismo” de una reducción en la esperanza de vida femenina. Si se señalara a la mujer para afirmar, de forma directa o indirecta, que deje de hacerse la sacrificada para aumentar sus años de vida y deje de aferrarse al poder que ejerce en el área doméstica, ignorando factores externos, todos nos daríamos cuenta rápidamente de que no estaríamos ante un discurso sincero.

Centrarse en el “machismo” o la “masculinidad tóxica” supone relegar a un segundo plano otros asuntos que se mencionan en los escritos que he criticado, como un mayor acceso al sistema de salud, o una mayor inversión para combatir el cáncer de próstata. Además de otros factores que pueden influir en los índices de suicidio, como las condiciones en que se encuentran muchos hombres tras el divorcio, pues recordemos por ejemplo que el número de hombres divorciados que se suicidan es ocho veces superior al de las mujeres divorciadas.

En definitiva, un interés genuino por la salud masculina no falsearía datos, excluiría factores o rechazaría otras interpretaciones válidas. Eso no es lo que estamos presenciando, que sólo puedo explicar por el interés en mantener una narrativa de género cuyas fisuras son cada vez más evidentes.