Cierre permanente de la bitácora

Estimados lectores, con mucho pesar les anuncio que la actividad en esta bitácora llega a su fin.

La pandemia ha eliminado el poco tiempo que tenía disponible para escribir artículos, y subir estos últimos ha sido realmente difícil. Podría publicar con menos frecuencia o continuar terminada la pandemia, pero he decidido contra ello y terminar definitivamente por una razón: los artículos no están teniendo el impacto que esperaba. En parte esto se debe a que la era de los blogs ya ha pasado y ahora la conversación se ha trasladado a las redes sociales (donde se favorecen las imágenes y la brevedad) y Youtube, que por cuestiones técnicas y de tiempo no me es posible hacer, además de que no soy un buen orador.

Hasta enero he decidido paralizar mi actividad tanto en la bitácora como en las redes sociales. Entonces evaluaré qué hacer, pero en este momento estoy pensando cesar toda la actividad de forma permanente. En caso de regresar, probablemente me limitaré a publicar alguna breve reflexión o algún extracto del libro en las redes sociales, pero en cualquier caso la bitácora Hombres, género y debate crítico llega a su fin.

Cuando comencé esta andadura en 2013 mi blog era una de las pocas voces disidentes, pero por fortuna desde hace algunos años ya no es el caso, de modo mi ausencia no cambiará demasiado. También he de remarcar que son siete años, y el tiempo pasa factura. O en otras palabras, estoy también algo quemado. Todavía tengo algunos planes pendientes que quiero hacer tras la pandemia: un artículo académico y una traducción al inglés de Deshumanizando al varón. Una vez terminados éstos, me gustaría también dedicarme a otros proyectos personales, pero ya no estarán relacionados con esta temática (quiero terminar una obra de ficción que comencé hace años).  

Por supuesto aunque cese mi actividad pública en las redes, todavía pueden contactarme por privado para lo que necesiten. Las mejores vías son el formulario de contacto de la bitácora o un mensaje privado en mi cuenta de Twitter.

Gracias por leerme y por su participación en este espacio durante todos estos años.

Daniel Jiménez

La opresión de la mujer nativa en el discurso colonial europeo

¿[Acaso] no eres bonita? ¡Desvélate!” Cartel colonial francés distribuido durante la Guerra de Argelia (1958)

En el programa colonial, era la mujer a quien se otorgaba la misión histórica de agitar al hombre argelino. Convirtiendo a la mujer, ganando su adhesión a los valores extranjeros, liberándola de su estatus, se conseguía al mismo tiempo obtener poder real sobre el hombre y adquirir medios prácticos y efectivos para desestructurar la cultura argelina.[1]

Frantz Fanon

En un artículo anterior sobre la Unión Soviética describí lo que Sergei Kukhterin llamó “la alianza entre el Estado y la mujer”: una forma en que el Estado abrió el espacio doméstico para poner bajo su control el comportamiento masculino y supeditarlo a sus intereses.[2] Aunque la maniobra parecía inusual, lo cierto es que no era completamente nueva. Los imperios coloniales emplearon el discurso de la liberación femenina para desestabilizar y controlar los territorios colonizados, además de justificar su dominio. En este artículo nos centraremos en tres casos: Argelia bajo la ocupación francesa y Egipto e India bajo el gobierno británico.

Desvelando Argelia

Frantz Fanon, uno de los líderes del Frente de Liberación Nacional, resumió la doctrina política colonial francesa con estas palabras: “Si queremos destruir la estructura de la sociedad argelina, su capacidad de resistencia, lo primero que debemos hacer es conquistar a sus mujeres. Debemos ir y encontrarlas tras los velos en que esconden y en las casas donde los hombres las mantienen fuera de vista.”[3]

Para Fanon, la estrategia no habría sido fruto de un repentino interés en los derechos de la mujer, sino de un trabajo coordinado entre los departamentos árabes, los sociólogos y los etnólogos de lo que se llamó “asuntos nativos”, tras descubrir que bajo un aparente patriarcado se escondía una importante esencia “matriarcal.”[4] También hubo otras consideraciones, como por ejemplo que el vecino Túnez había avanzado en cuanto a los derechos de la mujer una vez terminada su etapa colonial, haciendo que el papel “civilizador” de Francia pareciera cada vez más cuestionable.[5]

El gobierno de ocupación francés comenzó así una campaña que describía a las mujeres argelinas como humilladas, degradadas y deshumanizadas por sus hombres a fin de “confinar al argelino en un círculo de culpabilidad,”[6] mientras se presentaba como su salvador frente a la barbarie nativa a través de una campaña de propaganda en la que participaron trabajadores sociales y organizaciones caritativas. Se invitó así a las mujeres argelinas a tener un papel crucial para transformar su destino, y las pocas que accedieron a hacerlo fueron tratadas como pequeñas celebridades en la metrópoli, empleándolas como símbolos que justificaban el dominio francés.[7]

La “liberación” de la mujer se identificó con la eliminación del velo, término que también se empleó para designar muchos tipos de pañuelos islámicos.[8] Llegaron incluso a existir ceremonias de desvelamiento, donde las mujeres (en su mayoría sirvientas bajo amenaza de despido, prostitutas o mujeres pobres llevadas contra su voluntad) eran desveladas bajo el grito de “¡Viva la Argelia francesa!”[9]

Fanon, claro está, no era un observador neutral del conflicto argelino. Sin embargo su descripción es consistente con el relato de historiadores posteriores. Elizabeth Perego, por ejemplo, describe cómo en 1958 la argelina Monique Améziane se dirigió a una multitud para hablar de su deseo de emancipación, quitándose públicamente el velo en un intento de convencer a las mujeres argelinas de que debían seguirla para liberarse. Aunque por supuesto, bajo la tutela francesa. Lo que también describe Perego es cómo esta mujer lo hizo contra su voluntad. Tras intentar sin éxito que otras argelinas declararan públicamente su lealtad al gobierno francés mediante el gesto simbólico de desvelarse, las autoridades francesas amenazaron a Améziane con ejecutar a su hermano de no cumplir con su petición.[10]

Y por supuesto no podemos olvidar las torturas y violaciones cometidas por soldados franceses a mujeres argelinas. Torturas que tenían connotaciones “modernizadoras”: desde la electrocución, hasta violar empleando una botella de Coca-Cola, pasando por utilizar los velos para atar a las mujeres. Paralelamente a estos horrores, el gobierno francés emitió una película propagandística sobre la opresión de la mujer argelina. Matthew Connely señaló al respecto que “si hay un villano en la obra no es específicamente el Frente de Liberación Nacional, que ni siquiera se menciona, sino “muchos musulmanes” (…) que insisten en el control total y la obediencia absoluta, cuyas mujeres son tratadas poco mejor que el ganado.”[11] Como indica Perego, esta contradicción (o hipocresía) se podía encontrar en el entonces coronel Jacques Massu y su esposa Suzanne. Mientras el primero supervisaba la tortura y violación de las argelinas, su esposa participó en la fundación del Movimiento de Solidaridad Femenina para ayudarlas.[12]

El mayor problema para el discurso francés sería sin duda la aparición de luchadoras argelinas en el FLN, particularmente cuando manipularon el prejuicio del velo, quitándoselo para burlar la vigilancia francesa y realizar actividades logísticas sin levantar sospechas.[13] Se calcula que durante el conflicto, al menos 11.000 mujeres participaron activamente en la guerra.[14] Sin embargo, una vez terminado, fueron confinadas al hogar y el nuevo gobierno argelino no realizó reformas significativas en cuanto a sus derechos. Quizá porque como afirmó Fanon “vemos una general actitud de rechazo hacia los valores del colonizador, incluso cuando estos valores son objetivamente merecedores de ser elegidos.”[15]

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