Hombres y mujeres en la Unión Soviética (II). Del ocaso patriarcal al renacimiento tradicionalista

Vasili Efanov, Un encuentro inolvidable, 37 de 1936, óleo sobre lienzo, 270 x 391cm, 1936-37

Pueden encontrar el primer artículo de la serie, Hombres y mujeres en la Unión Soviética (I). La anarquía sexual, pulsando sobre el enlace.

…durante años en nuestra difícil y heroica historia, no pudimos prestar atención a los derechos y necesidades específicas de las mujeres que surgen de su papel como madre y ama de casa, y su indispensable función educativa con respecto a los niños. Comprometidas en la investigación científica, trabajando en obras de construcción, en la producción, en los servicios y participando en actividades creativas, las mujeres ya no tienen tiempo suficiente para realizar sus tareas cotidianas en el hogar, la crianza de los hijos y la creación de un buen entorno familiar. Hemos descubierto que muchos de nuestros problemas, en el comportamiento de los niños y jóvenes, en nuestra moral, cultura y producción, son en parte causados por el debilitamiento de los lazos familiares y una laxa actitud hacia sus responsabilidades. Constituye un resultado paradójico de nuestro deseo sincero y políticamente justificado de hacer que las mujeres sean iguales a los hombres en todo. Ahora, en el curso de la Perestroika, hemos comenzado a superar esta deficiencia. Por eso mantenemos acalorados debates en la prensa, en las organizaciones públicas, en el trabajo y en el hogar, sobre la cuestión de qué debemos hacer para que las mujeres puedan regresar a su misión puramente femenina.

-Mijaíl Gorbachov, Perestroika.[1]

En la Rusia actual los detractores del aborto han crecido un 33% durante los últimos años, siendo las mujeres mayoría entre quienes consideran que el procedimiento no debería emplearse bajo ninguna circunstancia. La propuesta para excluir del código penal ciertas formas de violencia doméstica fue iniciativa de dos parlamentarias. Un grupo cosacas se manifestó a favor del castigo impuesto a Pussy Riot, y la denuncia de los estudios de género como una herramienta de Occidente para debilitar a la nación también ha sido emitida por mujeres.[2]

Aunque estos episodios no pueden generalizarse a la población del país, incluso la literatura académica admite que el feminismo en Rusia tiene un alcance muy limitado.[3] Las razones habitualmente expuestas son el retrato del feminismo como un movimiento ajeno a la cultura rusa y su asociación con las formas más radicales que pueden encontrarse en Occidente.[4] Y si bien estas explicaciones pueden ser correctas, existen razones más profundas ligadas a la historia de la Unión Soviética que nos ayudan a entender por qué muchas mujeres rusas muestran un rechazo tan intenso.

La alianza entre el Estado y la mujer

La primera entrada de esta serie describió cómo las medidas para instaurar la igualdad entre hombres y mujeres tuvieron efectos tan destructivos que en 1944 El Edicto para la Familia retiró la validez del matrimonio “de hecho”, prohibió las demandas de paternidad (mayoritariamente efectuadas por mujeres), reintrodujo la categoría de ilegitimidad y transfirió el divorcio a los juzgados. Sin embargo, el estatus del hombre como cabeza de familia había terminado, y con la incorporación masiva de la mujer al trabajo asalariado, la realidad de las relaciones de género en la Unión Soviética nunca volvería a ser la misma.

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La politización de la salud masculina: al servicio de la narrativa de género

La Organización Panamericana de la Salud, afiliada a la OMS, ha sugerido que la “masculinidad tóxica” es responsable de que en Latinoamérica los hombres vivan 5,8 años menos que las mujeres.

Si bien podemos objetar el uso términos políticamente cargados y vagamente definidos como “masculinidad tóxica”, es razonable indicar que los hombres participan en conductas de riesgo en mayor medida que las mujeres, y que ello podría tener un impacto en su menor esperanza de vida (aunque sería difícil medir cuánto). Uno de los problemas, sin embargo, es que se pretende convencer a los lectores de que la “masculinidad tóxica” o “el machismo” es la causa única o principal de toda la diferencia en la esperanza de vida, como se insinúa en la imagen de cabecera y se indica de forma explícita en esta otra:

“…una masculinidad mal entendida o “tóxica”, rebaja en casi seis años la esperanza de vida de los hombres en el continente.”

El informe fue difundido por numerosos medios, incluyendo algunos tan conservadoras como La Razón.

Paralelamente, en España el diario El País y Cadena Ser organizaron el evento “La Nueva Masculinidad”, que se centró también en la salud masculina y responsabilizaba a la masculinidad tradicional de la falta de prevención y cuidado en los hombres, dejándonos este titular:

Que tanto el informe de la OMS como el evento de El País hayan coincidido en torno al 19 de noviembre, Día Internacional del Hombre, no es casualidad. La creciente popularidad de esta fecha, que Naciones Unidas y diversos medios relegan cada año en favor del Día Internacional del Retrete, se ha vuelto difícil de revertir, y pareciera que ahora existe un interés por mantener el control de la narrativa.

Llegados a este punto alguien podría objetar que quizá se trate de un interés genuino por la salud masculina y que no hay nada inherentemente dañino en pedir a los hombres que no tomen riesgos innecesarios o adopten más medidas de prevención. En este artículo, sin embargo, mostraré por qué hay un mayor interés en cimentar una narrativa política que por la salud masculina analizando tres áreas: la falsedad de los datos presentados, la exclusión de factores ajenos a la masculinidad para explicar la brecha vital y la incapacidad de contemplar explicaciones alternativas para las mayores conductas de riesgo masculinas.  

La falsedad de los datos

Vamos a comenzar con la afirmación de Juan Guillermo Figeroa, académico en el Colegio de México y experto en salud y masculinidad:

Una de las cosas que nos hemos dado cuenta al estudiar la salud de los hombres es que se mueren más veces por prácticas aprendidas que por enfermedades. Los datos revelan que hay una mayor temeridad; una búsqueda intencionada de situaciones de riesgo por el hecho de ser hombres (…).

Lo cierto es que mirando los datos de cualquier país puede comprobarse rápidamente que las causas externas (incluyendo la agresión), no son la primera causa de muerte, ni la segunda. En España aparecen en sexto lugar (p. 2).

Por otra parte, en México, las enfermedades también matan a muchos más hombres que las agresiones, pese a tratarse de un país con mayores índices de violencia (p. 33).

Podría afirmarse que en realidad se refiere al autocuidado, pero el autor realiza una distinción clara entre “hacerse el macho” y “enfermedad” para contraponerlas y alarmar al lector. Se trata, en suma, de una mentira absolutamente innecesaria.

Sin embargo, no es la única que he encontrado. El informe de la Organización Panamericana de la Salud también afirma que dos de las tres principales causas de mortalidad masculina en Latinoamérica son la violencia y los accidentes de tráfico (p. 7).

Como hemos visto en el caso de México, país fuertemente golpeado por el narcotráfico, hay otras causas más importantes. Y si miramos a la región en general con los datos más recientes de la propia organización, vemos que la realidad también es otra. Aunque homicidios y accidentes de transporte cobran mayor importancia, no son dos de las tres causas principales, sino dos de las seis primeras, lo cual es suficientemente alarmante como para que no haya necesidad de exagerarlo:

Página de la Organización Panamericana de la Salud. Cifras del año más reciente disponible (2014).
No se incluyen los datos de USA ni de Canadá

Que no se respeten los datos es una mala señal, pero incluso cuando los datos son ciertos, encontramos un fuerte sesgo en su interpretación.

La exclusión de factores ajenos a la masculinidad

Aunque los datos sean incorrectos, todavía se podría argüir que la diferencia entre hombres y mujeres en varias causas de muerte siguen siendo pronunciadas, y por tanto la crítica a la “masculinidad tóxica” tiene su razón de ser. El problema, en este caso, es que se asume que toda la brecha corresponde a esta única causa sin explorar otras posibilidades.

Tomemos como ejemplo las muertes por accidentes de tráfico. Los documentos aquí tratados no encuentran otra explicación que la temeridad masculina. No se tiene en cuenta que los hombres realizan la mayor parte de la conducción, viajes más largos y son mayoría en las profesiones relacionadas con el transporte. Por tanto, aunque elimináramos la “masculinidad tóxica”, seguiríamos teniendo más muertes masculinas en esta categoría.

En cuanto al cuidado de la propia salud, se emplea para explicar muchas de las brechas difíciles de determinar. No podemos saber hasta dónde influye, pero al partir de la premisa de que los sexos son iguales, se expone como la única o principal causa. El problema, claro está, es que los sexos no son iguales. Anteriormente El País había recogido entre sus noticias un estudio que destacaba cómo las mujeres vivían más que los hombres, o sobrevivían, hasta en escenarios extremos, particularmente en sus primeros años. Artículo que se les debió olvidar cuando celebraron su evento sobre la Nueva Masculinidad.

Si vamos directamente a la fuente, encontramos diversas causas biológicas que propiciarían una mayor resistencia femenina: su segundo cromosoma X, el efecto antiinflamatorio y protector de vasos sanguíneos de los estrógenos, o los efectos inmunosupresores de la testosterona. Como afirman los autores del estudio:

La investigación también ha proporcionado evidencia de una aparente ventaja femenina en la protección del sistema inmunológico entre los humanos: la incidencia de muchas enfermedades infecciosas bacterianas, virales, parasitarias y fúngicas (por ejemplo, leptospirosis, esquistosomiasis, brucelosis, rabia, leishmaniosis, tuberculosis pulmonar, hepatitis A, meningococo e infecciones neumocócicas y gripe estacional) es sustancialmente mayor en hombres que en mujeres no menopáusicas. Esto sugiere que la progesterona y la testosterona tienen principalmente efectos inmunosupresores, mientras que los estrógenos mejoran las defensas inmunes y actúan como antioxidantes. Además, las enfermedades autoinmunes son más frecuentes en mujeres que en hombres, al igual que una respuesta inmune más fuerte a las vacunas. Estos hallazgos llevaron a los investigadores a concluir que la baja inmunocompetencia masculina contribuye a las diferencias sexuales en la mortalidad, pero los mecanismos a través de los cuales las hormonas sexuales tienen un efecto en las respuestas inmunes en humanos no se han dilucidado completamente.

Por supuesto las diferencias biológicas tampoco podrían explicar toda la brecha vital. Algo que no he visto explorarse adecuadamente es hasta que punto la expresión de ciertos tipos de masculinidad suponen un mecanismo para sobrellevar los rigores de trabajos decididamente duros, particularmente cuando otras oportunidades son limitadas. Leyendo sobre las sirgueras y cargueras vascas del siglo XIX, que realizaban trabajos de gran intensidad física, encontré un pasaje apuntaba en esa dirección (p. 835, el resaltado es mío):

Desdichadas mujeres, pobres seres femeninos, desventuradas obreras, eran algunos de los epítetos que se les adjudicaban a las cargueras, que con sus cantes indecorosos y dicharachería libre, vestidas con inmundos harapos, degradadas hasta lo sumo, sin pudor, sin vergüenza, mujeres inmoralmente hombrunas, de formas extravagantes, de aspectos grotescos, que ríen y charlan y gesticulan y blasfeman, acometen la rudísima tarea que ha matado en ellas en flor todas la nobles afecciones inherentes al bello sexo.

En el mismo documento Olga Macías añade que:

Se completaba este atroz retrato aseverando que muchas de estas mujeres no eran madres ni esposas, porque la dura vida que llevaban les había incapacitado para ello, sin olvidar, por supuesto, las lacras del alcohol y del vicio.

En suma este trabajo tradicionalmente masculino que se había extendido a las mujeres debido a las guerras carlistas, las había “transformado” en hombres, haciéndolas exhibir comportamientos que los textos aquí criticados tildarían de “masculinidad tóxica”.

Sea como sea, ignorar factores biológicos o ambientales (incluyendo los culturales) para señalar el machismo o la masculinidad como único culpable representa un innegable sesgo.

La mayor toma de riesgos en el varón y sus causas

Nuevamente, se podría apuntar que incluso si la masculinidad no explica toda la brecha, mientras la mayor toma de riesgos se cobre un mayor número de vidas sería legítimo denunciar la “masculinidad tóxica”. El problema, otra vez, es que la mayor toma de riesgos tiene un origen evolutivo y no puede circunscribirse a un fenómeno puramente cultural.

Un argumento desarrollado en favor del origen evolutivo lo podemos encontrar en el trabajo de Roy F. Baumeister, que culminaría en el libro Is there anything good about men? (¿Hay algo bueno en los hombres?). Baumeister argumenta que la toma de riesgos es clave en el éxito reproductivo masculino, mientras que las mujeres no tienen los mismos incentivos biológicos: aunque una mujer hubiera conquistado el mismo territorio que Genghis Khan, no le habría supuesto el mismo número de hijos.

Por otra parte, tampoco se considera la hipótesis de la mayor variabilidad masculina, que situaría a un mayor número de hombres que de mujeres en extremos de inteligencia, habilidad y otras características que podrían sobrerrepresentar a los hombres en niveles de criminalidad. Como afirmó en 2005 el entonces presidente de la Universidad de Harvard Larry Summers (el resaltado es mío):

Parece que en muchos atributos humanos como la altura, el peso, la inclinación al crimen, el coeficiente intelectual, habilidad matemática [o] habilidad científica, hay una evidencia relativamente clara de que sin importar cuál es la diferencia de media –que puede ser debatida– existe una diferencia en la desviación estándar, y la variabilidad de población masculina y femenina.

Ahora bien, es cierto que la cultura puede reforzar o limitar las inclinaciones biológicas, pero incluso factores culturales relevantes son omitidos para explicar el desarrollo de la masculinidad cuando resultan incómodos. Por ejemplo un reciente estudio sugirió que las madres se muestran más favorables a la expresión de tristeza por parte de las niñas que de los niños, mientras que los padres no mostraban un sesgo claro.

Por otra parte, la preferencia femenina por el varón agresivo (no universal, pero sí prevalente) también juega un papel importante en el comportamiento masculino. Aunque obviamente preferencia sexual y discriminación no son iguales, emplear el prisma de la discriminación por un momento puede ayudarnos a entender por qué hay hombres que toman mayores riesgos incluso cuando no tienen dicha inclinación. En un mercado donde no se pudiera denunciar la discriminación de un empresario por motivos arbitrarios (no hay a quién apelar), cualquier candidato intentaría eliminar rasgos que lo llevaran a ser discriminado, y realzaría aquellas características que sí se valoraran. De hecho, se hace en la actualidad incluso cuando leyes para castigar la discriminación están presentes.

Si bien criticar la preferencia sexual femenina por parte de este tipo de instituciones me parecería una injerencia inaceptable, además de inútil, incluirla como un factor en la toma de riesgo masculina es algo que podría valorarse, pero al romper el tabú de la impotencia e indefensión femenina es dudoso que alguna vez aparezca.

Los tres problemas que hemos analizado hasta ahora probablemente tienen su origen un aspecto de la metodología del informe:

También se realizó una consulta a 32 personas expertas en el tema de masculinidades y salud del hombre originarias de 12 países a través de la Encuesta Masculinidades y Salud (MyS). Esta información se sistematizó y se integró en los distintos apartados del documento.

Dado que el campo de las masculinidades tiene más de político que de científico, el sesgo era predecible.

Cuando sobran reproches y falta compasión

No podía concluir este artículo sin mencionar la parte más obvia: cómo se reprocha a los hombres para que dejen de actuar como estúpidos en lugar de acercarse a ellos para reafirmarles que su labor en sociedad es valorada, su vida es valiosa y por tanto no es deseable que la pongan en riesgo. Un reproche en el que no cabe la compasión y por tanto difícilmente calará en muchos hombres, que se pondrán a la defensiva advirtiendo que aquí no hay una preocupación sincera por su bienestar. Por citar un ejemplo, varios países latinoamericanos ofrecen a las mujeres jubilarse antes que los hombres pese a su mayor esperanza de vida, y los documentos aquí mencionados no lo señalan ni una sola vez.

Imaginen que la salud femenina se tratara de forma similar, culpando al “marianismo” de una reducción en la esperanza de vida femenina. Si se señalara a la mujer para afirmar, de forma directa o indirecta, que deje de hacerse la sacrificada para aumentar sus años de vida y deje de aferrarse al poder que ejerce en el área doméstica, ignorando factores externos, todos nos daríamos cuenta rápidamente de que no estaríamos ante un discurso sincero.

Centrarse en el “machismo” o la “masculinidad tóxica” supone relegar a un segundo plano otros asuntos que se mencionan en los escritos que he criticado, como un mayor acceso al sistema de salud, o una mayor inversión para combatir el cáncer de próstata. Además de otros factores que pueden influir en los índices de suicidio, como las condiciones en que se encuentran muchos hombres tras el divorcio, pues recordemos por ejemplo que el número de hombres divorciados que se suicidan es ocho veces superior al de las mujeres divorciadas.

En definitiva, un interés genuino por la salud masculina no falsearía datos, excluiría factores o rechazaría otras interpretaciones válidas. Eso no es lo que estamos presenciando, que sólo puedo explicar por el interés en mantener una narrativa de género cuyas fisuras son cada vez más evidentes.

Diez razones para cambiar la narrativa. De la opresión masculina al intercambio de estatus por protección entre los sexos

boxing 2

Imaginen a un boxeador imbatible. Aparenta ser fuerte, pero no entrena demasiado. Se sabe que usa sustancias prohibidas y por ello ha recibido numerosas críticas, aunque nunca le ha supuesto ser descalificado. Algunos lo adoran, otros lo detestan, pero todos aceptan que es el mejor… porque nunca ha tenido un rival que le haya plantado cara.

Actualmente la creación y persistencia de los roles de género se interpreta bajo el paradigma de la opresión masculina: una imposición que beneficia unidireccionalmente al hombre. Sin embargo, al examinar la problemática del varón en áreas como las muertes laborales, el suicidio, la brecha penal y discriminaciones legales en el servicio militar obligatorio, las leyes contra la trata o las políticas migratorias, resulta cada vez más difícil aceptar la premisa de este beneficio unilateral. La réplica que lo achaca a la cultura patriarcal parece un vendaje improvisado para enmendar esta contradicción y resulta poco convincente, pero a falta de otras explicaciones tiende otorgársele validez. No importa cuán flojo sea un boxeador, resultará victorioso si no tiene un oponente al que enfrentarse.

Este artículo defenderá justamente un modelo alternativo que puede explicar mejor el contraste entre la elevada posición del hombre, su mayor mortandad en muchos escenarios y el silencio en torno a problemas específicos de su sexo: se trata del intercambio sexual de estatus por protección, que no sería libre y personal sino un intercambio institucionalizado. El sistema de roles de género perjudicaría y beneficiaría a ambos sexos en diversas áreas al proporcionar de forma general un mayor estatus al hombre y una mayor protección a la mujer.

Este modelo no debe identificarse como una causa inmediata para los distintos tipos de desigualdad, sino como un hilo narrativo que ayuda a conectar la discriminación tanto masculina como femenina, y que puede suponer un factor o causa lejana en ciertos casos. Cada tipo de discriminación tiene sus propias causas inmediatas, que sería necesario abordar para encontrar soluciones adecuadas.

He de advertir que como cualquier otro modelo, no lo abarca todo, pues la realidad es demasiado compleja, e intentar forzarla para ajustarse a las propias ideas perjudica a la larga la búsqueda de la verdad. Dicho esto, el modelo parte de una fuerte base, pues no sólo reconcilia la existencia de los problemas masculinos y femeninos más comunes, sino que explica las contradicciones del discurso de género imperante, que demanda (como es justo) una equiparación de estatus entre los sexos, pero no termina de renunciar a una protección especial para la mujer invocando mayor vulnerabilidad.

Ahora tenemos al segundo luchador en el cuadrilátero dispuesto a batirse en combate, ¿pero tiene lo necesario para desbancar al campeón? A continuación señalaré diez áreas donde podemos ver este intercambio de estatus por protección, incluyendo casos históricos. Se incorporan junto a ellas artículos relacionados con fuentes que sustentan las afirmaciones realizadas.

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Masculinidad: el nuevo origen del mal

El Origen Del Mal Multiple Seleccion

La imagen que encabeza este artículo fue inicialmente ideada para las redes sociales, pero nunca llegué a publicarla porque a veces los mensajes sencillos, aunque con su grano de verdad, tienden a simplificar demasiado. En las religiones abrahámicas el pecado original no fue tanto el origen del mal (que correspondería a la rebelión de Satanás), como el origen de todos los males. La tradición budista es tan diversa que resulta complicado realizar afirmaciones contundentes, y el deseo se originaría a su vez en la ilusión del yo y la ignorancia de las cuatro verdades nobles.

Mi intención, en cualquier caso, era plasmar la idea de que en las religiones tradicionales no se adscribía una connotación sexual específica al mal (y por extensión a los males del mundo) que sí se realiza en el discurso de género actual. Algunas interpretaciones del relato bíblico pudieron atribuir una mayor culpa a Eva de la expulsión del Paraíso, pero el mal y el pecado nunca fueron configurados como un valor fundamentalmente femenino, sino humano. De hecho la Biblia señala consistentemente a Adán cuando se refiere al pecado original, y la Iglesia Católica suele referirse a él como “el pecado de Adán”. Por ejemplo en el Catecismo de la Iglesia Católica se recoge (el resaltado es mío):

Siguiendo a San Pablo, la Iglesia ha enseñado siempre que la inmensa miseria que oprime a los hombres y su inclinación al mal y a la muerte no son comprensibles sin su conexión con el pecado de Adán y con el hecho de que nos ha transmitido un pecado con que todos nacemos afectados y que es “muerte del alma” (403).

¿Cómo el pecado de Adán vino a ser el pecado de todos sus descendientes? Todo el género humano es en Adán sicut unum corpus unius hominis (“Como el cuerpo único de un único hombre”) (Santo Tomás de Aquino, Quaestiones disputatae de malo, 4,1). Por esta “unidad del género humano”, todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la justicia de Cristo (404)

Y la propia Biblia también relaciona fundamentalmente a Adán, más que a Eva, con el pecado original:

Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. Pues antes de la ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado. No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir (Romanos 5:12-14)

Mas ellos, cual Adán, traspasaron el pacto; allí prevaricaron contra mí (Oseas 6:7)

Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados (1 Corintios 15:22)

La constante referencia a Adán desde luego no excluye a Eva, sino que señala al primero como representante de la humanidad. El pecado y el mal no eran ni masculinos ni femeninos, sino humanos.

Aclaradas estas cuestiones preliminares, en la presente entrada mostraré cómo el discurso de género actual se aleja de premisas que sitúan el mal como algo propio del ser humano para confinarlo a la masculinidad y, por extensión, a los hombres.

El “pecado original” en el discurso de género

La caída del ser humano de un estado de gracia para ser arrojado a un mundo de dolor y sufrimiento también tiene una contrapartida laica en el discurso de género. La feminista Gloria Steinem es quien nos ofreció el relato más colorido:

Hace mucho tiempo, muchas culturas de este mundo eran parte de la era ginocrática. La paternidad no había sido descubierta y se pensaba… que las mujeres daban fruto como los árboles -cuando estaban maduras. El nacimiento era misterioso. Era vital. Y era envidiado. Las mujeres eran adoradas por ello, eran consideradas superiores por ello (…) Los hombres se encontraban en la periferia -un cuerpo intercambiable de trabajadores, adoradores del centro femenino, el principio de la vida.

El descubrimiento de la paternidad, la causa sexual y el efecto del alumbramiento, fue un cataclismo para la sociedad como, por así decirlo, el descubrimiento del fuego o la división del átomo. Gradualmente la idea de la propiedad masculina del niño tomó fuerza (…).

La ginocracia también sufrió invasiones periódicas de tribus nómadas (…). El conflicto entre cazadores y cultivadores era en realidad el conflicto entre culturas dominadas por el varón y culturas dominadas por la mujer (…). Las mujeres gradualmente perdieron su libertad, misterio y posición superior. Durante cinco mil años o más, la era ginocrática había florecido en paz y productividad. Lentamente, en varias etapas y en diferentes partes del mundo, el orden social fue dolorosamente revertido. Las mujeres se convirtieron en una clase subordinada, marcada por sus visibles diferencias.”

No fue la única. Dentro del mundo hispanohablante Coral Herrera también describió con su artículo “La revolución patriarcal y el fin de las diosas” el colapso de un modelo femenino que terminó sumiendo a la humanidad en la violencia.
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¿Crisis de la masculinidad o devaluación de la utilidad masculina?

Masculinidades en crisis 2

La expresión “crisis de la masculinidad” ha sido empleada para referirse a las transformaciones experimentadas por el hombre ante los cambios sociales ocurridos en las últimas décadas. Suele retratarse de forma simplista como el resultado de una batalla entre los sexos donde la mujer resultó vencedora, despojando al hombre de su liderazgo como cabeza de familia y sumiéndolo en un estado de confusión. Ritxar Bacete, autor en el área de las nuevas masculinidades, lo describe así:

Los hombres estamos en crisis. La idea obsoleta que tenemos de lo que significa ser hombre se está resquebrajando cuestionada por un cambio positivo, el de la liberación y el empoderamiento de las mujeres. En un proceso de revolución pacífica, ellas han logrado ponernos delante el espejo y esto nos ha hecho dudar de lo que somos realmente. Y de lo que queremos llegar a ser.[1]

…Son ellas, las mujeres, los movimientos feministas, las que han socavado los cimientos del sistema patriarcal, las que han cambiado las relaciones, las que han señalado críticamente esta “masculinidad hegemónica dominante” en la que se ha basado la sociedad y aunque siguen quedando demasiados vestigios, el viejo tablero ya no sirve.[2]

Luis Bonino, otro conocido autor en este campo, también retrata la adaptación masculina a los cambios recientes como un proceso mental interno provocado por la nueva realidad de las relaciones de género:

Lo que sí es verdad es que actualmente hay una gran crisis, pero de legitimación del modelo social de masculinidad tradicional. Dicha crisis quita validación a muchas “verdades” masculinas, entre ellas la de la “naturalidad” de la subordinación de la mujer, lo que genera no una crisis pero sí inquietud y desconcierto a muchos varones.[3]

El profesor de la Universidad Complutense Antonio Agustín García García intenta dotar a esta “crisis” de mayor profundidad histórica, pero termina describiéndola principalmente como una evolución interna.[4] Incluso un artículo publicado en Harvard Business Review no entra a valorar causas externas más allá de la emancipación femenina.[5]

Cuando la “crisis de la masculinidad” es retratada por la prensa, no sólo se describe con triunfalismo como una victoria de la mujer sobre el hombre, sino que se jacta de la torpeza de este último para enfrentarse a los nuevos retos. Como se afirmó en el artículo “Masculinidades en crisis” publicado por el diario El País: “Ellas se incorporan a los ámbitos y clichés ocupados tradicionalmente por hombres; ellos son incapaces de asemejarse a lo que las mujeres representan.”[6]

¿Pero nos encontramos realmente ante una “crisis de la masculinidad”?

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